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Cuando soy buena soy mejor | CULTURA Y ESPECTÁCULOS

Pena de vidas

Irak tardará lo que sea en gozar de una Constitución homologable a nuestra civilización, pero la pena de muerte ya va como la seda (antes también la tenían, pero se mataban al revés), por lo cual estamos alcanzando un nivel de democracia, tirando por lo humilde, parejo al de Texas o Florida. Ustedes se preguntarán cómo advierten los reos de aquel país la diferencia entre ser condenado a muerte o permanecer condenado a vida. Es un asunto sobre el que yo también he reflexionado, y me parece que lo que separa a un reo de muerte de un reo de vida es que el primero sabe de qué va a fallecer, cómo, dónde y cuándo, y por qué mano. Mientras que, los otros, cascan al albur. Es tanta la pena de vida en Irak, que ni el petróleo se atreve a salir de su agujero con la frecuencia y en la cantidad esperadas, con lo cual los precios, por las nubes; la inflación ni te cuento, y las pobres madres estadounidenses de clase media baja empiezan a considerar hacer la compra cerca de casa, para no usar el coche. Los únicos que salen son los terroristas, que salen tanto que, por fuerza, en algún atentado de terrorista seguro que ha tenido que encontrar la muerte un terrorista que se dirigía a perpetrar un atentado terrorista en el que habría podido diñarla otro terrorista. Y así sucesivamente.

Los únicos que salen son los terroristas, por fuerza en algún atentado de terrorista seguro que ha tenido que encontrar la muerte un terrorista

Mientras tanto, el presidente Bush, a quien tanto le duró el cuento de la ovejita (¿o era una chota?), permanece en su rancho leyendo, impasible, un tocho así de gordo sobre The Great Influenza: The Epic Store of the Deadliest Plague in History. Debe de ser para aprender a extenderse. O a salir de Crawford solapadamente, como un virus, por debajo de la puerta, evitando tropezar con Cindy Sheenan, la madre de uno de los soldados muertos en Irak, que sigue acampada a su vera con un grupo de manifestantes. Para Bush y Condoleezza todo va muy bien, y debe de ser verdad. Debe de ser que ni siquiera querían quedarse con el petróleo: les basta con que suban los precios y sus amiguitos les den la comisión.

Mas, atención. Todo lo que está arriba puede caer (ver Madonna, la poverina, que se descabalgó sin garbo y debió de quedarse con las espuelas por arracadas, como la fallera del pop), y todo lo que está abajo puede subir (ver Maradona, cómo me alegro), y con el petróleo quizá suceda lo mismo. Subir y bajar y, desde luego, caer, no son verbos que me guste conjugar en los corrientes días, metidos como estamos en lo que los franceses, que siempre encuentran le mot juste (por ejemplo, Dom Perignon, Chanel, Christian Dior), denominan la série noire de los accidentes aéreos. Corre por Le Monde un informe acerca de lo que las compañías pequeñas hacen para economizar y así vender muchos billetes baratos y sacar inmediatos beneficios... Ir cortos de gasolina, aparatos que pasan revisión en países de costumbres relajadas (suelen torturar también para terceros), sacar los aviones de cualquier parte, no tener flotilla ni personal de mantenimiento... Mejor me silencio.

Yo, por si acaso, siempre que me subo a un avión, con el primer whisky, pregunto si se han acordado de echar gasolina y cómo están las ruedas. No se rían, dispongo de testigos de que hace meses llegamos tarde (lo normal, media horita) a Madrid, porque se percataron de que llevaban una rueda pinchada. De modo que el otro día, de regreso a Barcelona, descompensada por tanto accidente alrededor (y eso que faltaban dos; toco madera para el futuro), le pregunté al sobrecargo por todo. El hombre, elegantísimo, se compadeció de mí y me pasó a business, con lo cual las copas me salían gratis, pero como la caída fuera de morro, pensé, tenía muy pocas probabilidades de contarlo.

Me sentó al lado del actor Pere Ponce, y yo tenía tanto miedo que se me cruzó la filmografía de Iñaki Miramón con la suya, y en vez de interesarme por sus nuevos trabajos para mi amigo Emilio Martínez-Lázaro lo hice por los ídems con Garci. Me respondió muy educado, y además no pude seguir errando, pues ése fue el momento en que me permitieron sentarme con los pilotos para que me calmara, suerte que estaban vivos. La caída a la chipriota: pobres, es mi pesadilla más recurrente, y si fue por falta de combustible la culpa va a ser de Bush y del capitalismo inhumano. Eso lo tengo muy claro.

Suerte que mi Dominic de Villepin va a introducir las energías alternativas. Es lo que deberíamos hacer en este país, para que no nos esquive el crudo. Yo, por si acaso, sólo vuelo con compañías de fuste, aquellas que en la publicidad no me tutean.

Puede que te caigas igual, pero es como la pena de muerte en Irak, que al menos hay una seriedad y una cosa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de agosto de 2005