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COLUMNA

Amor

He dedicado gran parte de mi tiempo a la actividad económica y a los empresarios que la protagonizan. Es una realidad a menudo ingrata pero apasionante. No siempre nos enfrentamos a lo que Josep Pla llamaba "homenots", sino a seres humanos con sus pretensiones, sus debilidades y sus condicionamientos. Cuando nos aproximamos a un tema con todos sus matices, la realidad supera a cualquiera de las versiones que se barajan.

Jean Giraudoux afirmaba que en un determinado momento de su historia "mucho más que su razón, lo que Francia busca es su época". Quienes ya estamos de vuelta de muchas cosas y llevamos sobre nosotros las cicatrices de algunos lances, afortunadamente incruentos, sabemos que los acontecimientos casi nunca son como los cuentan. Hay una parte de los hechos que aflora, otra que se resiste a emerger y otra más, que difícilmente se muestra, si no es con el paso del tiempo, que casi todo lo cura.

La sanidad, junto con la enseñanza y la cultura, en su sentido más amplio, van a concentrar los grandes debates del futuro. La política de las nimiedades, que tantas energías ha consumido recientemente, va a quedar relegada al segundo plano, del que nunca debió haber salido. La economía, que no es otra disciplina que la de adecuar los recursos a las necesidades, nos aboca a otro desafío, que se ha desatado en los últimos tiempos, que es la dificultad de conseguir una vivienda digna, a precios aceptables, para los nuevos demandantes de alojamiento. La inflación y la avaricia lo pueden estropear todo.

Y en este contexto la Comunidad Valenciana se enfrenta a retos decisivos, acerca de los cuales existe en estos momentos una notable confusión. Es muy probable que la receta para solventar los conflictos se deba nutrir de la estrategia del amor, la entrega, la renuncia y la solidaridad. El amor siempre sorprende y surge cuando menos se espera. Es la eclosión de la generosidad que abre horizontes a una nueva esperanza. Giraudoux también decía que "las grandes civilizaciones han muerto con una consciencia tanto más espantosa cuanto que los supervivientes responsables de ellas eran su acabado y frenético producto".

No podemos establecer, a modo de solución, una forma de proceder en la que una élite, más o menos poderosa, sea la que determine la trayectoria a seguir, como si se tratara de una casta o una oligarquía. Ha de ser, más bien, el resultado de un conjunto de voluntades compartidas que nos permitan asomarnos al futuro con tolerancia y amplitud de miras. Juego limpio, por resumirlo en dos palabras.

Nos encontramos al final de una transición en la que los comportamientos cerebrales y autoritarios carecen de razón de ser. Una época en que los hábitos empresariales están cambiando, hasta el punto que aquellas figuras hieráticas que pretendían imponer su ley, ya no lo pueden hacer sin caer en el artificio o en la tiranía.

La tarea que ha sido reservada, para quienes deseen aceptar el compromiso de orientar la nueva economía y a los empresarios del futuro, es un constante ejercicio de amor hacia el medio ambiente, por la igualdad, la equiparación, la razón, la inteligencia, el respeto, para con la cultura, la justicia, la equidad y la verdad. Unicamente desde la realidad transparente es posible la proyección de una sociedad avanzada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de abril de 2005