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Crónica:LA CRÓNICA

Luces de Navidad

En un edificio Núñez de la Bonanova un portero con bata azul saca las bolsas de basura a la acera, al contenedor de la acera. Se detiene en la calle un BMW azul metálico con el GPS encendido de azul líquido y una pareja de ancianos cruza despacio el semáforo. Ella lleva en el brazo su abrigo de pieles. Aunque hace rato que el sol se ha puesto no se nota el frío esta tarde. En otro barrio, en Sarrià, en una portería de la calle de la Carabela La Niña, los vecinos han instalado el árbol de Navidad, y el árbol es giratorio y gira con las luces encendidas. Cerca, una pequeña zapatería muestra su escaparate deslumbrante y contenido, como el de una joyería. En la fachada de un concesionario de automóviles hay tres enormes papas noeles sujetos a unas escalas de cuerda blanca. La Navidad es un sitio al que agarrarse. Junto a las marquesinas, al lado de un anuncio de Moët, la gente espera el autobús sin impaciencia y cansada del ajetreo del día. Una mujer que ha acompañado a su madre no se despide de ella hasta que la ve encontrar asiento, y entonces le dice adiós desde el otro lado de la ventanilla. La Navidad es un tiempo de tregua que la gente le pide a la vida. La torre de Collserola está adornada con una larga hilera de luces blancas y continúa su viejo palpitar a razón de un latido por segundo. La Navidad es una corazonada que de pronto se desvanece. Hay una excavadora aparcada en un descampado de Pedralbes, y detrás los niños juegan al fútbol en un patio iluminado por reflectores. Una floristería desbordada de flores y de luces ha adornado sus escaparates con una cortina de diminutas bombillas navideñas blancas y rojas.

La gente vuelve a su casa todos los días, y por Navidad sueña que vuelve a otro lugar. Un viejo con gorra de visera y un diario gratuito en la mano remonta solitario una cuesta del Carmel. En la plaza de Salvador Allende dos ángeles tocan la trompeta y custodian la palmatoria eléctrica que ilumina esa parte del barrio. También han puesto sus adornos los bares. Sobre una máquina de tabaco se exhibe una cesta, envuelta en papel de celofán, llena de botellas, conservas y coronada con un jamón. Los parroquianos juegan a las cartas y anotan el curso de la partida en el dorso de un cartón de tabaco. Toman café para reconfortarse y beben alguna cerveza para distraerse. Unas navidades, pero esto fue en Carabanchel, el dueño de un bar se puso a tocar el acordeón detrás de la barra y su hija me sacó a bailar un pasodoble. La Navidad no es el tiempo perdido, es más bien el no tiempo. Otras navidades de hace muchos, muchos años, éstas en Barcelona, fuimos una nochebuena toda la familia, cantando villancicos con panderetas y zambombas, por las calles de Sant Adrià, y cruzamos el río Besòs por la pasarela y llegamos al barrio de La Catalana, y allí se sumaron los de La Catalana y continuamos hasta el barrio de La Pau, y allí se unieron los de La Pau, y dimos media vuelta y recalamos en el barrio de Llefià, en Badalona. La Navidad es un camino comarcal que lleva de un barrio a otro, y a veces de la cocina al sofá, y la Navidad es también un río hecho con papel de plata.

En Via Júlia, en Nou Barris, se ha montado un mercadillo navideño con puestecitos donde se venden figurillas de belenes (hay un Dalí caganer, valga la redundancia), y musgo, y corcho, y acebo, y poinsettias con sus grandes hojas rojas, y panderetas con lazos de papel de colores para niños, y zambombas para niños, porque ahora estas cosas son, sobre todo, para niños. Ah, y también hay diademas con los cuernos de los renos de Santa Claus. La Navidad es un trineo que vuela cargado de misiles. Un dependiente se ha colocado un gorro luminoso de Papa Noël y atiende a un matrimonio. Dos abuelos contemplan la feria sentados en un banco, cada uno con las manos apoyadas sobre su cayado. Uno dice: "Hay mucha gente hoy". Y el otro contesta: "¡Joeeer!". Y en la plaza de las Madres de Mayo los árboles están iluminados.

En la plaza Roja de Ciutat Meridiana dos niños juegan a pelota a oscuras. Junto a ellos, una pareja empuja el carrito donde va un televisor envuelto en trapos. En un balcón, la ropa tendida queda a un palmo del suelo. La Navidad es la quimera de una segunda oportunidad en un mundo sin igualdad de oportunidades. En otro balcón, en el 15º piso de un bloque de 16, en La Verneda, unas bombillas de colores iluminan la barandilla de hierro. De otro edificio, en la rambla de Prim, llega a la calle el canto de un pájaro de perdiz. Y en el cuarto piso de este bloque, una mujer apura un cigarrillo asomada a su ventana. Por entre las fachadas arqueadas del barrio de la Ribera un magrebí traspone la noche pedaleando en su bicicleta. En la plaza de Sant Agustí Vell las luces de Navidad se han apagado a las 21.30, pero la gente continúa saliendo a la calle para compartir la vida y también para disputársela. En el escaparate de una zapatería de la calle de Flassaders se muestran unos zapatos de 290 euros. La Navidad es una venda para tapar ojos y para tapar heridas. En el centro, en el portal de l'Àngel, una chica alza el brazo y le hace una fotografía digital a la multitud de personas y a la multitud de luces que abarrotan el paseo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de diciembre de 2004