Columna
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¿Frivolidad?

Yo no creo que la palabra exacta para definir las extrañas declaraciones que Maragall viene haciendo desde que es presidente de la Generalitat Catalana sea la de frivolidad (compulsiva), pero sus críticos catalanes aseguran que siempre fue algo bohemio en sus expresiones. Yo asistí -de eso hace ya muchos años- a una recepción que nos ofreció en el Ayuntamiento de Barcelona a un nutrido grupo de escritores catalanes, valencianos y baleáricos de la AELLC, y, ante nuestro estupor llamó a la lengua artefacte cuya misión era comunicarse, y casi nos afeó que le tuviésemos tanto apego a la lengua común en detrimento del castellano. Al día siguiente, los periódicos de Barcelona trinaban contra esa frivolidad.

Pues bien, frívolas son sus declaraciones sobre el despilfarro que según su opinión los valencianos hacemos del agua y frívolas sus últimas declaraciones a propósito de la reciente detención en Francia del jefe de ETA. Y digo frívolas, porque me parece un modo elegante de referirme a algo que podría llegar a ser muy preocupante si su partido y sus socios no consiguen que sujete su bohemia cada vez que necesita atraer la atención hacia una megalomanía política que parecía ya amortizada con los Juegos Olímpicos del 92.

Quizás las declaraciones de Maragall hubieran tenido algún sentido cuando la colaboración de Francia en la lucha anti-terrorista estaba mediatizada por una doctrina oficial en el país vecino (generada en los primeros años setenta) según la cual los efectivos militares o políticos del MLNV presuntamente en territorio francés pudieran ser considerados refugiados políticos oficiosos a tenor de que luchaban contra una Dictadura con la que la República Francesa, por cierto, tenía relaciones diplomáticas, colaboración económica y buena vecindad política. La siempre incompleta colaboración de Francia en la lucha anti-terrorista fue motivo durante casi dos décadas de honda preocupación en la opinión pública española y en cuantos Gobiernos se sucedieron desde Suárez hasta hoy.

Pero curiosamente yo no recuerdo que Maragall, ni nadie en su sano juicio, acusase entonces a Francia de hacer más o menos según qué Gobierno hubiere aquí; y, sin embargo, siguiendo el hilo de la construcción de una colaboración cada vez más intensa y mejor coordinada, los éxitos han ido sucediéndose más allá del color político de los Gobiernos de allí y de aquí.

¿Qué pretendía Maragall con esta otra frivolidad? ¿Justificar la presencia de Francia en el desfile militar del Pilar, en lugar de EE UU? ¿Calentar motores para afrontar con ventaja ante sus incómodos socios de gobierno los actos de homenaje que se rendirán en Barcelona a la memoria de Lluís Companys? O, quizás, ¿creerse él mismo, y con él buena parte de ese progresismo estúpido que cedió en casi todo frente al franquismo reformista en la transición por la prisa de tocar poder y colocarse, que la lucha continúa (¡compañero!) treinta años después de haber escenificado una reconciliación falsa y tramposa, a la que nos arrastraron a muchos que exigíamos más dignidad en el negocio, y a los que ahora quieren épater?

Castigamos a EE UU (por malos) a no ir al desfile...; hermanamos a la División Azul con la Leclerq...; no se nos invita a Normandía...; pero, mientras, España vuelve a ser una unidad de destino en lo universal y nos vamos a pastorear el diálogo entre civilizaciones, por esos mundos de Dios...

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¡Y para estas bobadas nos jugamos la piel contra Franco!

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