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Reportaje:ESCAPADAS | Castillo de Peñafiel

Proa al Duero

Esta fortaleza del siglo XI, sede del Museo del Vino de Valladolid, ofrece enormes vistas, catas y conciertos

Alguien dijo, no recordamos quién, que el primero que comparó a una mujer con una flor fue un poeta; el segundo, un cursi, y el tercero, un imbécil. No tres, sino tres veces mil, se ha aplicado la metáfora navío de piedra a ciudades tan poco marineras como Segovia y Compostela; a las catedrales de Bourges y México DF; a los castillos de Montemor-o-Velho y Medellín... Y también al de Peñafiel.

Mas en este caso no es metáfora hueca, pues está fondeado en una auténtica ribera, la del Duero, y encima de bodegas cuya sola mención (Protos, Alión, Pago de Carraovejas...) nos hace salivar y sentir mareos. Un navío de piedra es en un mar de vino. Corría el año 1013 cuando el conde Sancho García expulsaba para siempre a los moros de esta colina y, clavando su lanza en la cima, pronunciaba las palabras que aún figuran en el escudo de la vecina villa: "Desde hoy, ésta será la peña más fiel de Castilla".

Desde la torre del homenaje, de 34 metros de altura, se aprecia un vasto panorama

Tres siglos después, el infante don Juan Manuel hubo de buscar un hueco, mientras escribía El conde Lucanor, para remozar el viejo castillo de Penna Fidele, que se caía a pedazos. Pero no fue hasta 1456, bajo el dominio de don Pedro Girón, maestre de Calatrava, cuando alcanzó su aspecto definitivo, su afilado perfil de barco guerrero varado en el horcajo de los ríos Duratón y Duero: 210 metros de eslora por 20 de manga mide este navío de piedra -blanca caliza de Campaspero, la misma que relumbra en la catedral de Valladolid- que, los que saben de arte, dicen que es de estilo ojival germánico.

Como los petroleros -los modernos, no los que naufragan en nuestras costas-, posee un doble casco o recinto amurallado, el exterior con una sola puerta defendida por dos cubos y el interior con cortinas de muralla que se apoyan sobre 30 torres redondas. En la proa, o ángulo norte, se abre el patio que albergaba los aljibes y los almacenes.

Mientras que por la parte de popa, en el patio sur, se hallaban las caballerizas y las guarniciones. En este último patio, antaño apestoso a estiércol y a sobaquina soldadesca, hoy se alza la impoluta estructura de acero y madera del Museo del Vino, obra del arquitecto Roberto Valle.

Medio millón de visitas ha recibido, desde que abrió en diciembre de 1999, el que, para nuestro gusto, es un museo frío -mucha pantalla de ordenador y poco objeto de valor-, cuyo mayor aliciente es la posibilidad que se ofrece, por un módico sobreprecio, de catar cuatro vinos de Valladolid: un blanco de Rueda, un rosado de Cigales, un tinto joven de la Ribera del Duero y un crianza de la misma denominación, que es el que más gusta a todos -incluido el enólogo que los comenta-, a juzgar por lo limpia que queda la cuarta copa.

Otro aliciente son los conciertos de jazz y música tradicional que se celebran algunas noches de verano en la terraza del museo, cubierta principal de este transatlántico mesetario que se mece en brazos de Baco.

Como telón de fondo -o, apurando la metáfora náutica, como puente de mando-, se yergue la torre del Homenaje, una ingente mole de muros de tres metros y medio de espesor y 34 metros de altura que permite dominar un vasto panorama. La tradición dice que se ven siete valles, pero nosotros -será que aún estamos sobrios- sólo contamos tres: Duratón, Botijas y Duero. Lo que ve sin discusión, porque está al pie del castillo, es el casco antiguo de Peñafiel, con sus cuatro iglesias -espectacular, la arquería mudéjar de San Pablo- y su medieval plaza del Coso. También conocida como Corro de los Toros -pues para correrlos fue concebida-, esta plaza rectangular está rodeada por 48 casas con balcones de madera llenos de arabescos. Aquí sigue vigente la servidumbre de balcón, por la que el dueño de la casa está obligado a dejar asomarse al suyo a un señor que lo mismo ni le habla, pero cuyos tataradeudos compraron tal derecho. Siempre, claro está, que haya festejos, como ahora mismo, a mediados de agosto, los hay.

Dormir en la fábrica

- Cómo ir. Peñafiel dista 180 kilómetros de Madrid yendo por la A-1 hasta Aranda de Duero y luego por la N-122 hacia Valladolid.

- Qué ver. Castillo-Museo del Vino (teléfono 983 88 11 99): abierto todos los días, excepto lunes, de 11.30 a 14.30 y de 16.30 a 20.30; visita guiada, 2 euros; entrada al museo, 5 euros; cata, 12 euros.

Otras visitas en Peñafiel: plaza del Coso, Casa de la Ribera, Aula de Arqueología, Museo de Arte Sacro, iglesias de Santa María, San Pablo, San Miguel y Santa Clara; bodegas Pinna Fidelis y Zifar.

- Alrededores. En San Bernardo (a 15 km): monasterio cisterciense de Santa María de Valbuena (siglo XII). En Curiel de Duero (a cinco km): Museo Etnográfico y senderismo en el valle del Cuco.

- Comer. Don José (Tel. 983 88 01 58): manitas de lechazo y bacalao a la cazuela; precio medio: 15 euros. El Lagar de San Vicente (Tel. 983 87 31 56): lechazo asado y tablas mixtas de carne, pescado y marisco; 20 euros. Mauro (Tel. 983 87 30 14): el asador más renombrado de la villa; 25 euros. Molino de Palacios (Tel. 983 88 05 05): asados, caza y guisos caseros; 30-35 euros. Alabrasa (Tel. 983 88 01 23): mollejas de lechal con cebolla confitada al jengibre y solomillo de la Dehesa de la Granja; 30-35 euros.

- Dormir. Ribera del Duero (Tel. 983 88 16 16): cómodo hotel de 27 habitaciones en una fábrica de harinas de principios del siglo XX; doble, 67-74 euros. El Agapio (Olivares de Duero; Tel. 983 68 04 95): esta casa de labranza del siglo XVII ofrece siete acogedoras habitaciones, buen restaurante y paseos a caballo; 46 euros.

- Actividades. Naturduero (Tel. 605 09 75 79): rutas en piragua.

- Compras. Anágora (Derecha al Coso, 31): vino y regalos. Zaguán (Derecha al Coso, 45): artesanía, vino y productos ecológicos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 13 de agosto de 2004

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