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FÓRUM DE BARCELONA | Diálogos

Cada año se producen cerca de 90 atentados suicidas, la mayoría por motivos religiosos

En la década de 1980 se producían 4,7 ataques terroristas suicidas por año. En la de 1990, esta cifra se incrementó hasta 16. Y, en la primera década del siglo XXI, son 90 personas las que, cada año, deciden matarse matando. Los atentados suicidas representan sólo el 3% del total de ataques terroristas, pero acumulan la mitad de las víctimas mortales. Previamente a 2001, la mayoría de estos atentados suicidas no lo eran por motivos religiosos, pero en la actualidad lo son 7 de cada 10. Además, estos ataques incrementan cada vez más sus efectos a escala global, tanto en el campo político como en el social y el económico.

Todos estos datos han sido recopilados por Scott Atran, director del Centre de Recherche Scientifique de París y coordinador de un grupo de investigación sobre terrorismo suicida que trabaja para la OTAN. Atran ha presentado sus resultados en el diálogo del Fórum El cerebro social, en el que él y otros expertos de varios campos científicos (psiquiatría, psicología y filosofía) han analizado la mente y las motivaciones de los "mártires suicidas".

¿Es el terrorista que se inmola alguien pobre y desesperado, con tendencias autodestructivas y nada que perder? Pese a ser la creencia generalizada, nada más lejos de la verdad. El perfil del terrorista suicida responde, según Atran, al de alguien con estudios superiores y sin problemas económicos. Es más, tal y como afirma Adolf Tobeña, catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Barcelona, "no son seres deprimidos, sino que se sienten felices y optimistas porque creen en su causa. Basta con mirar sus retratos previos a su atentado; se les ve contentos y vestidos con sus mejores ropas para la ocasión".

Entonces, ¿qué impulsa a alguien con educación superior y sin problemas económicos a morir matando? Por una parte la religión, la creencia de que las convicciones propias son superiores y por tanto deben ser aceptadas por toda la humanidad, aunque sea a la fuerza, según Atran. Pero, por otra parte, está el extraordinario nivel de compromiso social del terrorista suicida con su comunidad. El kamikaze está dispuesto a sacrificar todo lo que tiene, incluso la vida, si con ello considera que ayudará a mejorar las condiciones de vida de sus semejantes.

Y el fanatismo religioso sabe cómo explotar este altruismo extremo. Como afirma el líder musulmán Yussuf Al-Qaradhawi, "el que se suicida se mata en beneficio propio, pero el que comete martirio lo hace por el bien de su religión y de su nación... el muyahid está lleno de esperanza".

Atran también afirma que, "pese a que el Gobierno de Bush insiste en que los terroristas son seres que viven en la ignorancia, sin valores morales y que odian la libertad", estudios suyos realizados entre personas que apoyan las acciones de grupos yihadistas demuestran todo lo contrario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de julio de 2004