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Crítica:'LIED' | Manuel Cid

Sentir la brisa al pasar

El fútbol lo invade todo. Asómbrense. Uno de los espectadores incondicionales del ciclo de lied del teatro de la Zarzuela comentaba en el descanso, a propósito del tenor Manuel Cid: "Bueno, y a este señor ¿dónde lo colocamos: entre los zidanes o entre los pavones?", haciendo referencia, entiendo, a que a este ciclo acuden o las primeras figuras del mundo del canto o los españoles emergentes. El tenor sevillano no entra, desde luego, en esta elección por ninguna de las dos opciones. Mejor dicho, está al margen de estas clasificaciones.

Es un veterano al que la organización de los ciclos ha querido homenajear en su décimo aniversario por la sencilla razón de que es una de esas rara avis españolas que han cultivado el universo del lied. Como Victoria de los Ángeles, que ya estuvo en la primera edición; como Teresa Berganza, que iba de espectadora anteayer. Cid es, evidentemente, una institución, un clásico en el sentido peyorativo del término.

X Ciclo de Lied

Manuel Cid (tenor) con Josep Maria Colom (piano). Obras de Schubert, Strauss, Duparc, Ravel y Guastavino. Fundación Caja Madrid. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 23 de febrero.

Estuvo tenso durante una buena parte del recital, pero en un determinado momento sonó un móvil con retranca, es decir, de esos que no paran nunca, y el tenor se desahogó en voz alta lamentándose de las toses y los teléfonos. Tuvo efecto terapéutico y, a partir de ahí, Manuel Cid cantó de maravilla. Antes también, pero con cierta timidez o agarrotamiento, especialmente durante la primera parte con Schubert o Strauss. Cogió confianza con Duparc, alcanzó altas cotas artísticas con las canciones de Don Quijote a Dulcinea, de Ravel, y bordó la media docena de canciones de Carlos Guastavino, con una dicción y un fraseo impolutos, llenando de sentido cada palabra, es más, cada sílaba, cada vocal, cada consonante: "Sintiendo la brisa al pasar", como dice una de las letras de las canciones de Guastavino.

Serenidad

Canta Manuel Cid desde la serenidad. Tiene mucho de profesor en el cuidado del matiz. No juega con la espectacularidad, sino con el rigor, y así el recital tiene una parte importante de lección impartida. Los medios vocales no están en su punto de más alta brillantez, pero Cid los utiliza con inteligencia, con parsimonia, sin afectación.

Josep Maria Colom le acompaña al piano: una maravilla de sutileza, de sensibilidad. Su Duparc, su Ravel, su Guastavino, fueron de antología. Y, en efecto, no cabía hablar de zidanes o pavones, pero Cid y Colom eran una tercera vía que no siempre las llamadas figuras han superado claramente.

Fue un recital relajado, sosegado, de un gusto exquisito, que engrandece, en idea y realización, la filosofía que sustenta estos ciclos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de febrero de 2004