Sitges presenta 'Kill Bill', una brillante revisión de Tarantino del cine de acción

El filme es una espectacular recreación del cine popular de los sesenta

Fue la película más deseada. Y Kill Bill, el esperado regreso a la dirección de Quentin Tarantino, no dejó a nadie indiferente ayer en su presentación en la 36ª edición del Festival de Cine de Sitges. Brillantísima revisitación de las películas de acción de los sesenta, en especial las de Hong Kong y las de gánsteres japoneses, Kill Bill tiene todas las características del cine del americano: violencia coreográfica, largos tiempos muertos en los que la mirada no puede alejarse de la pantalla y una mezcla genérica tan hábil como personalísima.

Al lado de Kill Bill, la versión cinematográfica de la popular serie televisiva Los hombres de Harrelson, S.W.A.T., también presentada en el festival, se queda en una pálida, desconcertantemente aburrida peripecia de machotes en uniforme. Completó la jornada una nadería francesa, Le farmacien de garde, que cuenta la improbable historia de un terrorista ecológico y un policía que lo persigue, pero que acaba enamorado de sus ocultos atractivos.

Lo que cuenta Kill Bill es bien poca cosa: la historia de una venganza, la que emprende Uma Thurman contra la organización de criminales que, el día de su boda, mata a su marido y a todo el cortejo nupcial y la da por muerta. La idea es mostrar cómo, cuatro años y seis meses después del episodio, la renacida asesina busca uno por uno a sus ex cómplices para eliminarlos.

Pero lo que ocurre siempre con Tarantino, sin duda alguna el más dotado de los cineastas posmodernos, es que lo que en otro sería sólo ironía desprejuiciada o pura copia de originales olvidados, se convierte en él en homenaje de respeto y admiración por los filmes que han construido su memoria de cinéfilo y en discurso personal, en producto construido con artesanal paciencia y lleno de momentos de restallante originalidad. No hay más que ver cómo emplea la música para acompañar la acción, o cómo introduce otra historia en forma de manga animado, que deja literalmente con la boca abierta.

Aún hoy, a tantos años de Reservoir dogs, no hay otro director occidental que planifique y mueva la cámara como él; que tenga los golpes de inesperada originalidad que recorren las tripas de sus sofisticadas, violentas y coreográficas ficciones; que haga de la banal operación de ir al cine un apasionado regreso a las palomitas y el asombro de nuestra infancia. Tiene un problema la película, y es que, como tan sabiamente administraban los viejos directores de los seriales de las décadas de 1920 y 1930, la falsa clausura de su relato deja en el aire interrogaciones que afectan a todo lo que se ha visto y que anticipan una continuación mucho más apasionante aún que esta primera parte... por la que habrá que esperar.

Todo lo contrario que S.W.A.T., traslación a la gran pantalla de las hazañas de las fuerzas de intervención especial de la policía de Los Ángeles, ahora comandadas por un negro (Samuel L. Jackson) y entre las que se cuenta Colin Farrell. Dirigida por Clark Jackson, la película se pierde en vericuetos acerca de cómo se formó el cuerpo para centrarse en un caso, el que enfrenta a sus miembros con un -dicen, pero no lo vemos- peligroso hampón... francés (Olivier Martínez), que, como se sabe, son los nuevos malos oficiales del cine americano. Rutinaria, herida por un guión desestructurado, sólo el último, e hiperviolento, enfrentamiento en pleno Hollywood Bulevard llenará las expectativas del adicto a este tipo de productos.

Uma Thurman, en un fotograma de <i>Kill Bill</i><b>, de Quentin Tarantino.</b>
Uma Thurman, en un fotograma de <i>Kill Bill</i><b>, de Quentin Tarantino.</b>

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 29 de noviembre de 2003.

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