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Reportaje:

A casa, de paquete

Un hombre burla los sistemas de seguridad aérea en una caja de madera

Extrañamente, Charles McKinley pensó que lo único que le haría falta para el viaje era un teléfono móvil. Nunca se le ocurrió que, metido en un cajón de madera y facturado como paquete para cruzar EE UU en avión de carga, un teléfono móvil sólo era un síntoma más de una evidente insensatez. Al margen de que no hubiera cobertura.

El tal McKinley ha tenido la suerte de vivir para contarlo, porque la bodega del avión en el que viajó, encerrado en una caja de menos de un metro cúbico de espacio, estaba presurizada y climatizada. Ahora reconoce que la idea de ahorrarse un billete de avión viajando como paquete era, en el mejor de los casos, "la cosa más tonta que he hecho en mi vida", reconoce desde la cárcel.

McKinley decidió viajar de Nueva York a Dallas en un avión de carga para ahorrarse el billete

No está entre rejas por la estupidez de su trayecto, sino por problemas anteriores con la justicia. Tenía pendientes cheques sin fondos y otras minucias delictivas detalladas en un largo currículo policial.

Todo empezó el día en el que McKinley, de 25 años, se vio angustiado por la morriña. Vivía en el Bronx, en Nueva York, pero echaba de menos su barrio en los suburbios de Dallas (Tejas). Quería volver a casa, pero le dolía pagar un billete de avión. Según lo cuenta él, se le encendió una bombilla sobre la cabeza cuando un amigo le dijo que podía intentar facturarse como paquete. Que la idea partiese de un amigo es un extremo enteramente sin confirmar.

Buscó un cajón de madera en la empresa para la que trabajaba, cliente habitual de una compañía de transporte aéreo. Falsificó una factura para indicar que la caja contenía dos ordenadores para ser entregados urgentemente en una dirección que, casualmente, coincidía con la de sus padres en Dallas. Llamó a la empresa de transporte para que recogieran el paquete, cogió su teléfono móvil, se metió dentro, cerró la tapa y a esperar.

Desde el momento en el que la empresa recogió el paquete hasta que lo entregó en destino transcurrieron 15 horas repartidas en tres vuelos distintos. La caja medía un metro de ancho, 91 centímetros de altura y sólo 38 de profundidad.

Un camión recogió el paquete en Nueva Jersey y lo llevó a la zona de carga del aeropuerto JFK en Nueva York. De allí volvió en otro camión a un aeropuerto de Nueva Jersey para finalmente ser embarcado en la bodega de un avión de la empresa Kitty Hawk Cargo. El aparato no hizo un vuelo precisamente directo, sino casi turístico: fue de Nueva Jersey a un aeropuerto junto a las cataratas del Niágara; de allí a Fort Wayne, en Indiana, y finalmente a Dallas. Obviamente, McKinley nunca sabía en dónde había aterrizado cada vez que su avión tomaba tierra.

Una vez en Dallas, un conductor de una empresa de reparto metió el paquete en un camión y lo llevó a la dirección de la factura, que era la casa de los padres del polizón. Justo cuando los padres salían a recogerlo, el hombre vio relucir un par de ojillos por un resquicio entre las maderas de la caja. McKinley, entumecido pero consciente de que le habían pillado en el último momento de su travesía, rompió la caja y salió. "Pero, hombre, ¿qué haces metido en ese paquete?", le preguntó su padre. "Venir a casa", respondió el hijo.

La empresa para la que trabajaba el individuo antes de convertirse en un envío humano -y ser posteriormente despedido- pagó una factura de 550 dólares por el transporte del paquete, más de lo que cuesta un billete en primera clase entre Nueva Jersey y Tejas.

Su imprudencia creó inmediatamente un debate político en el Capitolio. Un congresista demócrata, Ed Markey, ya ha pedido una investigación que explique cómo es posible que en la víspera del 11-S alguien pueda volar en EE UU escondido en el interior de un Boeing 727. "Tenemos suerte de que fuera un turista y no un terrorista", dijo Markey. Ahora, los fiscales de Nueva Jersey y Tejas estudian la manera de hacer pagar a McKinley por su temeridad, pero reconocen que no ha cometido delito alguno más allá del fraude en la factura. El fiscal Bill Hill es quien lo ha explicado de la manera más sencilla: "Las únicas leyes que ha violado este hombre son las de la estupidez".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de septiembre de 2003