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FÚTBOL | Segunda jornada de Liga

La Real todavía no es lo que era

El Celta, fiel a su estilo rácano, arranca un empate a base de humildad y esfuerzo

Habrá que esperar para ver a la Real del año pasado, dinámica y explosiva, veloz e imaginativa, a la Real esplendorosa, adjetivo al que José Agustín Goitisolo le dio un atributo poético que no tenía, al pasar por exagerada y cursi. Pues sí, la Real era esplendorosa la pasada campaña, es decir reflejaba un esplendor en la hierba que eclipsó incluso a los reyes del firmamento.

REAL SOCIEDAD 1 - CELTA 1

Real Sociedad: Westerveld Rekarte Jauregi, Schurer, Aranzabal; Karpin, Xabi Alonso, Aranburu (Alkiza, m. 73), De Pedro (Barkero, m. 73); Lee Chung Soo y Kovacevic.

Celta: Pinto; Ángel, Sergio, Cáceres, Sylvinho; Luccin, José Ignacio (Vagner, m. 73), Juanfrán (Jesuli, m. 54); Edú, Jandro (Jesuli, m. 54), y Catanha (Miloevic, m. 54).

Goles: 1-0. M. 37. Centro apurado desde la derecha de Karpin que Kovacevic cabecea picado.

1-1-. M. 63. Centro desde la derecha que empalma Milosevic.

Árbitro: Teixeira Vitienes. Amonestó a Kovacevi, Catanha y Karpin.

Unos 25.000 espectadores en Anoeta.

Pero no, la Real todavía está en prácticas de segundo curso. Ante el Celta, un equipo rocoso, que ha cambiado la seda por la escayola y otorga a futbolistas como José Ignacio el papel de protagonista, se encontró con una lección no aprendida: ¿Qué hacer en el campo cuando no se tiene el balón en los pies? Pues no se sabe, porque Xabi Alonso no ha encontrado su clarividencia natural, porque Karpin se ofrece en menor medida y así, siguiendo y siguiendo, el equipo se acaba descosiendo, alejándose a lo largo y a lo ancho, y, por lo tanto, procurándose menos ocasiones de gol de las que acostumbraba.

Pero con una basta. Es lo que determina a un equipo grande. Más aún, cuando la ocasión es mediana: un centro apurado, obligado por las circunstancias, de Karpin y un remate magnífico, más por técnico que por bello, de Kovacevic, todo un seguro de gol que lleva dos tantos en dos partidos. Allí no había gol, pero Kovacevic, como buen delantero, escarbó y encontró la veta: un cabezazo encogido, sobrecogido, pero ajustado a la portería, justamente lejos de Pinto. El gol clásico de un ariete típico.

Hasta entonces, el Celta había hecho lo que Lotina quiere: apretar en todas las líneas, robar el balón y manejarlo con agua pero sin jabón. Era un Celta limpísimo, aún cuando sudoroso, que se hizo con el jabón y lo metió en el bolsillo condenando a la Real a un fútbol sucio, de esos que en otro tiempos se llamaba de trote cochinero. El balón era del Celta, pero, a decir verdad, no le servía para nada. Hay un momento para la imaginación, por encima de la pizarra, pero eso es cuestión de Mostovoi y está lejos del alcance de los futbolistas que puso en liza Lotina en Anoeta. Basta con ver a Juanfran de extremo izquierda para interpretar las penurias ideológicas y de plantilla. Con lo que no contaban ambos equipos era con la pegada, un asunto ajeno a la estrategia, a la pizarra, a los dibujos tácticos y demás milongas que abundan en el fútbol. Marcó Kovacevic en una jugada sin peligro y le devolvió la moneda Milosevic en otro centro ingenuo, de esos que los delanteros de postín saben aprovechar a poco que se despiste un defensa (léase, Aranzabal).

Y lo curioso es que en el partido no había pasado nada, es decir que todo estaba al gusto de Lotina, trabado, esforzado, disputado en las zonas templadas del campo donde cualquier error tiene arreglo. En el imperio de Luccin, de José Ignacio, de la tropa de aguerridos que sin quitarles un pelo de mérito jamás venderán una entrada para pasar la tarde.

Poco más hizo la Real que poner un poco de corazón cuando Milosevic les sorprendió con un trueno inesperado. Lo cierto es que ni el Celta pensó nunca que la Real le hiciera un gol, ni la Real se preocupó con la posibilidad de que los vigueses se lo marcaran. Tan sobrados estaban el uno sobre el otro que los goles les cayeron como un capricho federativo, como si el cero a cero que otorga de salida se hubiera convertido, por efecto del IVA, en uno a uno, a Dios gracias.

Porque siguió sin pasar nada, salvo asomos por el área, equipos deslavazados, pero entregados, futbolistas ambiciosos pero ofuscados. Empate y gracias, por ambas partes. Lo justo, pero no lo bello. Lo triste. Lo aburrido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de septiembre de 2003