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TOUR 2003 | Séptima etapa

El tradicional 'día de Virenque'

El popular ciclista francés ganó la etapa y vistió el 'maillot' amarillo y el de lunares de rey de la montaña

Morzine es un caos de callejuelas y callejones, un río por la mitad y cuestas por todos los lados. A Joseba Beloki, como a todos los ciclistas, pasada la meta, su masajista le dice dónde tiene el hotel, le da un empujón a la bicicleta y listo. Casi nunca se pierden, pero ayer Beloki, más dicharachero que nunca, se dejó liar por la prensa, se vio envuelto en el barullo y hacía 20 minutos que había acabado la etapa y no sabía dónde estaba. Y no tenía, como Di Luca, a Fornaciari al lado para cantarle Guantanamera. Poca gente se fijó en el hecho, pocos vieron al pequeño corredor de rosa, porque, ayer era el "día de Virenque" y todo lo que no fuera la mascota de la afición no era nada. Virenque ganó la etapa, pero Beloki puede que gane el Tour.

Richard Virenque comenzó a construir su personaje hace 11 años, cuando debutó en el Tour. Fue en la segunda etapa del Tour del 92, el que salió de San Sebastián. Se escapó camino de Pau, pasando por la Marie Blanque, con Javier Murguialday, hoy taxista en Salvatierra, y con él repartió beneficios en la meta: la etapa para el alavés, el maillot para el francés. Aquel día se hizo popular; desde entonces, sigue corriendo tras su imagen, tras el personaje en que se convirtió y le convirtieron. El indesmayable atacante, el corazón de león, la garra y la panache todo en uno, personificado en un sureño moreno y rizado de ojos negros.

Como un actor prisionero de un papel que tiene que interpretar cada año en el mismo teatro, llegado el Tour, llegada la montaña, Virenque clava sus ojos en un perfil, sigue con el dedo las líneas tortuosas de puertos y valles, pendientes verticales, fosas abisales, y convence a su cabeza de que le toca, de que su deber es escaparse en el primer puerto y tragar kilómetros y cuestas. Y, sobre todo, llegar hasta el final. Es tan fiel a su obligación que es como si el Tour hubiera instaurado un "día Virenque", el día en que el francés, el favorito de la afición, lanza su ataque lejano con el permiso de la superioridad -Indurain, unos años, Armstrong otros-, supera en solitario todos los obstáculos y reivindica el poder del ciclismo del riesgo y la audacia. Así hizo en 1994 (victoria en Luz Ardiden, Pirineos), 1995 (Cauterets, Pirineos, el día de la muerte de Casartelli), 1997 (Courchevel, Alpes), 2000 (Morzine, Alpes, cuando la caída de Heras), 2002 (Mont Ventoux). Y así lo volvió a hacer ayer, también en Morzine. Los años huecos se deberán achacar, a partes iguales, a años de nones y de hundimiento, el año negro del "caso Festina" que le dio de lleno en el pecho, el año de sanción... Y como no hay riesgo sin cálculo, ni cálculo sin beneficio, cada una de las cabalgadas le dio derecho a convertirse en Rey de la Montaña, título que ganó en 1994, 1995, 1996, 1997 y 1999. "Y ahora voy a por el sexto, a por el récord de Bahamontes y Van Impe", anunció. Lo de ganar el Tour es otra historia, es privativo de otro personaje. Del jefe. Del boss.

Virenque se escapó en el primer puerto, a 190 kilómetros de la meta. Respondió al ataque de un fogoso español, el madrileño Manzano, que quiso hacer honor a otra tradición, la de los ciclistas del Kelme, reventadores de tácticas preestablecidas, anárquicos y totales. Pero mediada la ascensión de Portes, Manzano pidió azúcar a su director y se desvaneció sobre la bicicleta -aunque no llegó a perder el conocimiento-, quizás por una crisis de hipoglucemia, y aterrizó en unas zarzas. En el hospital no le apreciaron síntomas de mayores males. Virenque siguió solo, alcanzó al grupo de primeros fugados, donde le esperaba su compañero Bettini, y con ellos se marchó. En La Ramaz, el puerto que se descubrió en la Dauphiné Libéré, y que tanto se respetaba, se desembarazó del último acompañante, el alemán Aldag, y ganó. Volvió a vestir el maillot amarillo, 11 años después, volvió a vestirlo a préstamo.

Y mientras , Armstrong, el frío, pasaba un escáner por el pelotón. Lo hizo en La Ramaz, adonde llegaron todos a la rueda de los más grandes de su equipo, de Hincapie, Padrnos, Ekimov, Landis y Peña, el líder destronado. Llevaron al pelotón a un ritmo mantenido, ni de caza batiente, ni de pereza. En La Ramaz, en el primer puerto de primera, batido por el viento, dejó el mando a su primera pareja española, Rubiera-Beltrán. Entre los dos fueron desnudando al pelotón. Les aguantaron una treintena -en el descenso se unieron más-, y se revelaron mal Simoni, Botero y Aitor González.

"No atacamos porque daba el viento de cara", dijo Beloki, que al final dio con un globero que le guió hasta el hotel. Quizás piensen hacerlo hoy en Alpe d'Huez, el escenario favorito de Armstrong, el jefe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de julio de 2003