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COLUMNA

Viajantes

El mundo de hoy nos obliga a familiarizarnos con un nuevo tipo de viajero o viajante: aquel que acude a los lugares en donde se discute acerca del botín. Donald Rumsfeld, ayer, meteórico, en Bagdad (como hace 20 años estuvo: también por negocios), dio las gracias en directo a la eficaz y cumplidora mano de obra. Colin Powell, no menos apresurado, inicia hoy en Madrid un rápido mariposeo comercial que le llevará a Albania, Líbano y Siria. Para los nuevos heraldos del Imperio, el planeta se ha convertido en un inmenso ajetreo de puente aéreo. Sumergidos en la atmósfera de sus naves, sarcófagos en donde se reseca lo que de humano aún tienen, sobrevuelan los mapas de la carne real, de los sentimientos perdidos y el llanto derramado, de las esperanzas y esfuerzos cotidianos. Ignoran. Por encima de todo, ignoran. Por eso pisan tanto.

Ni siquiera en Madrid, en donde encontrará a dos de sus aliados favoritos, el presidente Ignición Duradera y la ministra de Anacolutos Exteriores, dispondrá el general Powell del tiempo necesario para tomar una caña en una terraza de la plaza Mayor. ¿Cómo suponer que, en Damasco o Beirut, al secretario de Estado podrán alcanzarle los ecos de la dulce rutina necesaria?

Qué fácil es ahora bombardear, saquear, destruir; qué fácil es incluso reconstruir, de manera antinatural y uniformada, aquello que siempre se desconoció. Y, sin embargo, bastaría con que los siniestros viajantes de hoy se detuvieran unos días, acompañados por su mujer o su novia (Condoleezza, con su novio y su pitbull), para pasear tomados de la mano por la Corniche de Beirut, o para caminar perezosamente por Damasco, hacia la Ciudadela, y atravesar sin prisas la penumbrosa vivacidad del zoco El-Hamidiye y remolonear hasta la mezquita Omeya. Y detenerse a descansar en la terraza del café Nawfara, estrechar la mano del artista local que tiene colgados sus dibujos (seguramente, el elegante Shahin), y dejar correr las horas...

Quizá cuanto ahora ocurre se debe, sobre todo, a que nadie, en los altos lugares del poder, se detuvo y exclamó: "¿Bagdad? ¡Estáis locos! ¡Si mi mujer y yo estuvimos allí de luna de miel!".

Lo que hoy tenemos: viajantes rápidos de la destrucción masiva.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de mayo de 2003