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LA VENTANA DE MILLÁS

La radiografía

Aquella mañana acompañé a mi madre a la consulta. Estaba realmente nerviosa. Cogimos el autobús y durante el trayecto me apretó la mano demasiado fuerte, como nunca había hecho, hasta hacerla sudar. Sentada encima de ella logré escuchar los fuertes latidos del corazón. Para mí era un día normal. Había salido del colegio y estaba pensando en cómo resolvería un problema de matemáticas que el profesor había planteado esa mañana. Al llegar a la consulta de un hospital muy grande de mi ciudad, nos sentamos en la sala de espera. Mi madre salió un segundo y se encendió un cigarrillo. Al cabo de media hora la llamaron. Entramos a la consulta y ella tomó asiento delante del médico. Un buenos días muy cordial y algunas palabras de sosiego. Entonces el médico se levantó y sacó una radiografía de un sobre marrón. La levantó y la colocó sobre una luz. No sé que parte del cuerpo era, pero por el centro la radiografía estaba oscura. Mi madre sacó sus gafas de sol y se las puso. Mientras el médico le hablaba pude ver algunas lágrimas caer por la mejilla. No entendía nada. El médico dijo que todo tenía solución. Al salir le pregunté a mi madre qué le ocurría. Me agarró con sus dos manos y me dijo que la radiografía estaba quemada. Terminó de hablar y la abracé. Sabía que me estaba mintiendo.

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