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COLUMNA

Para volar

Buscando la felicidad a toda costa el joven neófito quiso trascender los sentidos para atrapar la espiritualidad por el rabo e impulsado por este afán de perfección visitó el templo del Buda de Jade en Shanghai. En el jardín, a la sombra de un magnolio estaba sentado un monje ciego extremadamente anciano, que, según sus cálculos, debería de tener más de cuatro mil años de sabiduría. Por el atrio discurría una procesión de novicios rapados con batas de color azafrán haciendo sonar unas esquilas de cobre y la brisa de primavera olía a flores carnosas. El joven se acercó a aquel monje milenario, quien al sentir su presencia dispuso hacia él sus córneas blancas como huevos de torcaz. Bajo un cántico monocorde que llegaba desde el altar de Buda abigarrado de cirios y ofrendas, el neófito preguntó a aquel oráculo qué debía hacer para ser feliz. El monje se tomó tiempo para rumiar su inspiración que parecía llegarle desde el fondo de los siglos. Luego le dirigió estas palabras. 'A tu espíritu le sobran algunos elementos. Deséchalos si quieres volar lleno de placer hacia la suprema armonía'. Sólo cuando ya era un hombre maduro aquel joven entendió el significado de este mensaje. Un día estaba tratando de montar un equipo de música con sus propias manos siguiendo al pie de la letra el manual de instrucciones. Al terminar de articular todas las piezas del aparato descubrió que le sobraba un cable. No obstante, el equipo sonaba perfectamente. Desmontó de nuevo el mecanismo para iniciar la operación desde el principio. Al final de esta segunda prueba vio que no sólo le sobraba el cable, sino también un enchufe y dos tornillos; en cambio, el aparato sonaba mejor todavía. Lo intentó por tercera vez. Ahora había otras piezas importantes que no le servían y a medida que iba ahorrando elementos la sensibilidad del sonido era más depurada. De pronto comprendió la enseñanza de aquel monje ciego de Shanghai. A su edad ya había aplicado aquella doctrina a su propio cuerpo. Se había operado de la vesícula, le habían cortado parte de la aorta, había prescindido de la próstata e incluso de un riñón, había perdido siete kilos de grasa. Y, en efecto, se sentía así mucho más entero. Tal vez si ahora la aplicaba a su espíritu y desechaba traumas, complejos de culpa, neuras y fracasos podría volar ligero y lleno de placer hasta alcanzar la armonía de todos los sueños, llevando en la espalda las dos únicas piezas necesarias, las más difíciles de ensamblar, que son las alas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de noviembre de 2002