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Las claves del cuaderno azul

Al bajar de la nube del semestre europeo, Aznar se ha encontrado con que las encuestas emitían señales alarmantes. El Gobierno había perdido autoridad. Los más diversos sectores sociales daban signos de malestar. El partido acusaba nerviosismo. Y Zapatero, desde su proverbial discreción, empezaba a capitalizarlo. Aznar ha reaccionado con la intención de restaurar su absoluta autoridad sobre el partido y recuperar la iniciativa política para llegar sin traumas hasta el día después de su reinado. De nada servirían los esfuerzos del presidente por labrarse un lugar de honor en la historia si, al retirarse, la derecha volviera a la división y a las querellas de familias.

1. EL 'SÍNDROME DE GAULLE'

El Gobierno había perdido autoridad. Diversos sectores sociales emitían signos de malestar. El partido acusaba nerviosismo. Y Zapatero empezaba a capitalizarlo

'Yo me ocupo de España, son mis ministros los que se ocupan de los españoles', podría decir Aznar parafraseando a De Gaulle. La política internacional es la gran pasión y la gran perdición de los presidentes. Les gusta tanto codearse con los grandes de este mundo que se olvidan de los problemas de los ciudadanos que los eligieron. Mal camino: en un régimen presidencialista -y el español lo es- no se puede confiar todo a los empleados. Los ciudadanos quieren sentir que papá presidente se ocupa de ellos. No les gusta que esté más pendiente de Bush que de las pensiones. Cuestión de celos. Deberían estar orgullosos de que su presidente compartiera tertulia con los superpoderosos hombres del G-8. Pues no, no le eligieron para que cultivara su vanidad, sino para que bajara las hipotecas y los impuestos, mejorara la sanidad y la educación, hiciera las ciudades más seguras, redujera el paro y acabara con el terrorismo.

2. EL SEMESTRE EUROPEO

Ha sido espectacular el semestre europeo. Empezó triunfal y acabó con la sensación de que el Gobierno entraba en aquella zona en que todo se vuelve en contra. El balance de la presidencia fue modesto. Por eso, Piqué baja unos cuantos escaños en el escalafón. De Argentina a Marruecos, de Gibraltar a Oriente Próximo; tanto viaje, tanta foto, han servido en la práctica de bien poco.

El momento cenital fue a principios de año: con la celebración del euro y con la ascensión de Aznar a los cielos en el congreso del PP, un espectáculo de culto a la personalidad difícilmente repetible en democracia. Aznar había hecho el milagro de unificar a la derecha española y el sacrificio de irse antes de tiempo, porque el hombre, que es muy desconfiado, temió que si alargaba más podría acabar pringado como su antecesor, porque el poder corrompe y uno no puede responder por todos los que le rodean. Milagro y sacrificio bien merecían un homenaje. Y la opinión pública tragó la vergonzante imagen del exceso. Uno recuerda todavía a los tres aspirantes oficiales a la sucesión -Rato, Rajoy y Mayor- haciendo bromas en el escenario como si de los bufones del presidente se tratara.

Después, Aznar siguió en órbita, dando vueltas por medio mundo porque la presidencia europea era una gran oportunidad para preparar su futuro. En España, la inflación subía, la economía no arrancaba, los sindicatos amenazaban, los sectores corporativos se quejaban, los nacionalistas vascos desafiaban. Pero Aznar estaba para otras cosas.

3. LA HERIDA DE LA HUELGA

Tanto fue así que su olfato político no detectó la huelga general. Primero pensó que era un farol; después, que Comisiones Obreras no seguiría, lo cual le permitiría arrinconar a UGT y al PSOE en una esquina de la piel de toro. Cuando los sindicatos pasaron a los hechos creyó que la gente no estaba con ellos y que la huelga se ahogaría plantando cara con el decretazo. Como ya había ocurrido con las manifestaciones de la cumbre de Barcelona, Aznar se convirtió en el mejor propagandista de la huelga. Su mal carácter, su manera soberbia de dirigirse a los ciudadanos, este estilo que hemos dado en llamar arrogancia, operó como banderín de enganche de los sindicatos. Y la huelga fue. Una huelga de mitad para arriba, bastante inferior a la de 1988, pero sensiblemente mayor que la de 1994. Ante la evidencia, lo peor es negarla. La huelga no había sido, decían. Si las cosas son cuando se producen sus efectos, habrá que decir que la huelga no fue el 20-J, sino el 9 de julio: sin haber existido se llevó a dos ministros por delante.

La herida de la huelga ha sido grave: Aznar, en el apogeo de su carrera, no podía esperar que los sindicatos le devolvieran al nivel de Felipe González, del que creía haber escapado para siempre. Pues no: Aznar también tendrá su huelga general y no habrá historia que la borre. El semestre triunfal tenía coda: una crisis ministerial por sorpresa para parar la hemorragia que se le había abierto al Gobierno. Acabada la presidencia europea, gozados los fastos del G-8, Aznar, al volver a la patria cotidiana, ha visto que el suelo se movía y ha decidido actuar y hacerlo con urgencia. Cambia el Gobierno y pone a Zaplana para que utilice todas sus artes a fin de que los sindicatos vuelvan al redil de la concertación.

4. LA SOLEDAD

La política es el don de la oportunidad. ¿Ha sido oportuno Aznar? Su aparato de propaganda dice que la maniobra es genial porque desactiva el debate del estado de la nación y le devuelve la iniciativa política. Pero ello significa reconocer que el balance era poco presentable y otorgar a Zapatero una condición de enemigo peligroso que se le negaba aún el día antes por la tarde, cuando Aznar aseguraba que la alternativa no se veía por ninguna parte. En cambio, el momento escogido tiene un inconveniente: engrandece la huelga general -ni Méndez ni Fidalgo podían soñar en haber provocado tal estruendo- y refuerza a los sindicatos, a los que antes se había querido machacar conforme al artículo primero del librillo thatcherista. Probablemente las claves hay que encontrarlas en otra parte: la soledad y el desbarajuste en el partido. O, si queremos ponerle nombre y apellidos, Pujol y Álvarez Cascos. Y también el desafío peneuvista.

5. LA AFRENTA CATALANA

Al regresar a la Tierra, Aznar se encuentra afrontando en soledad una coyuntura súbitamente complicada por el malestar creciente en la economía, por la confusa gestión de la inmigración, por el renacimiento del síndrome de inseguridad, por el órdago institucional de los nacionalistas vascos. La montaña es demasiado alta para subirla solo y con tensiones en el equipo. Aznar no olvidará fácilmente la neutralidad activa (o imparcialidad decantada) del Gobierno catalán durante la huelga general. Aznar quiso devolver la jugada a Pujol con la afrenta máxima: llevarse a Miquel Roca de ministro, cuando los nacionalistas estaban preparando sus elecciones, ritualizando el tradicional desmarque del PP. No es razonable que Aznar creyera en la viabilidad de su propuesta, porque significaría desconocer el abecé del mundo convergente. Roca nunca le podrá hacer una jugada como ésta a Pujol. Y evidentemente dijo: 'No'. Aznar debe aceptar que ya no podrá contar con Pujol y los suyos hasta pasadas las elecciones catalanas. Queda entre ellos ahora la pugna por el calendario electoral, que la experiencia francesa hace pensar que, a veces, puede ser determinante. El orden de las elecciones puede alterar el resultado.

6. OPERACIÓN CHIRAC

Sin el acompañamiento de Pujol, a Aznar sólo le faltaba que en el partido se empezara a romper filas. El aviso de un combatiente de la primera hora, Álvarez Cascos, sobre el modo de elegir a los candidatos adquirió el carácter de señal de alarma. Aznar tenía que recordar que ya había vuelto de su viaje a la galaxia internacional. Y que aunque se vaya, sigue siendo el que manda. Aunque para ello haya tenido que tragarse dos veces el orgullo. Llamó a Ruiz-Gallardón para pedirle el favor envenenado de que le salve Madrid, porque en las encuestas los madrileños le sitúan en valoración a 15 puntos por encima del segundo pepero clasificado. Y cambió de Gobierno, rompiendo con su prurito de mantener lo esencial de sus equipos la legislatura entera. No habrá sido fácil para Aznar pedir ayuda al único hombre del partido que ni en la euforia de la mayoría absoluta se entregó al culto del presidente. Pero era el mejor modo de explicarles a Cascos y Arenas que los candidatos los escoge él y nadie más. Si Ruiz-Gallardón gana, el problema será para el sucesor de Aznar, y si Ruiz-Gallardón pierde, será Ruiz-Gallardón el derrotado: Aznar cumplió su deber, poner al que decían que era el mejor. Ruiz-Gallardón aceptó, sin entusiasmo, porque sabía que no podía decir que no; pero, como buen político, ha hecho pronto de la necesidad virtud. 'Operación Chirac', dicen sus colaboradores: de la alcaldía a la presidencia. En esta carrera, Ruiz-Gallardón sabe que puede contar con Rato, con Álvarez Cascos y con Lucas.

7. EL PRECIO DE LA RENUNCIA

'Todos dentro para que nadie se mueva', podría ser el lema de la renovación del Gobierno. Sólo Jaime Mayor queda fuera, pero éste no es un peligro para los planes del presidente. Al contrario, su presencia en el partido permite que no se hagan lecturas precipitadas, como, por ejemplo, dar por hecho que Rajoy es el delfín.

Aznar, por tanto, como dice un candidato que no llegó a ser ministro, arma un Gobierno para llegar hasta el final de la legislatura. Y aplaza, hasta cinco o seis meses antes del límite, la elección de su sucesor. Las municipales y autonómicas adquieren de esta forma valor de primarias, es decir, una enorme importancia política. Aznar, sin embargo, tiene un problema: todo el mundo sabe que no se volverá a presentar. Hay una ley no escrita de la política que dice que el que se va pierde un poco de poder cada día mientras se acerca el final. El ritual de despedida fue oficiado en el congreso del PP. Ahora ya todo es cuenta atrás.

Para superar este handicap, Aznar emite signos que inducen a pensar que el número de candidatos potenciales a la sucesión aumenta. Cuanto mayor sea el número de los que compiten, más grande será el poder del presidente que no está en la carrera. Algunos dicen que Javier Arenas va al Gobierno para ganar autoridad como secretario general. Pero el partido exigirá mucha dedicación en tiempos de cambio de líder y de preparación de las campañas electorales encadenadas que empiezan en la próxima primavera, y Jaime Mayor tendrá mucho más tiempo que el ministro para estar en la calle Génova. Donde hay alguien con poder, colocar a otro que lo contrarreste: ésta es la vieja técnica que el presidente aplica con destreza para dominar mejor a los suyos.

8. LA CLAVE VASCA

¿A Arenas se le refuerza o se le quita de en medio? Aquí aparece la cuestión vasca. Los dos primeros objetivos de este Gobierno, como han dejado claro las primeras manifestaciones, son el desafío del PNV y los sindicatos. Arenas quería ser ministro, aunque le hubiese gustado un ministerio de mayor relumbrón. Puesto que no lo ha tenido se aferra a conservar la secretaría general del partido. Pero está en Administraciones Públicas porque Aznar quiere una primera línea fuerte ante el PNV. Acebes, Michavila, Arenas es la alineación de choque. Con una consigna: guardar las formas verbales, pero actuar sin concesiones.

9. EL EFECTO RAJOY

Se atribuye a Mariano Rajoy este sensato juicio: 'Hoy día es muy difícil hacer grandes proyectos políticos, es mucho mejor estar por ahí'. Rajoy está por ahí. Y, de momento, le cunde. Aunque hubiese preferido tener tiempo para completar su balance en Interior. Por ejemplo, culminando el aumento de sueldo de los cuerpos de policía. Pero Aznar necesitaba su buen hacer para dar cohesión a la acción de gobierno y conducir la comunicación política del Gobierno en esta fase decisiva. El estilo de Rajoy está en los antípodas del malencarado estilo de Aznar. ¿Quiere Aznar un portavoz que compense sus propios excesos o acabará Rajoy contaminado del jefe? Le saca de Interior, que es un ministerio maldito en casi todos los Gobiernos menos en los del PP, donde es vía de promoción segura. Rajoy, recurriendo mucho menos a la batalla ideológica que Jaime Mayor, ha tenido excelentes resultados en la lucha antiterrorista. Es verdad -y no se dice a menudo- que los comandos de ETA acaban cayendo siempre, pero antes tardaban años y últimamente tardan días, e incluso algunos caen antes de cometer los atentados. Es un hecho, en el haber de Rajoy.

Rajoy, en el Gobierno; Mayor, en el partido. La lucha sucesoria parece reducida a este duelo. Ambos tienen los instrumentos para seguir creciendo políticamente hasta el final de la legislatura. Pero estando Aznar de por medio hay que considerar otras variables. Y aquí aparece en juego el círculo íntimo, con Acebes como referencia. Es el favorito de Aznar, dicen. Falta inclinar las relaciones de fuerzas a su favor.

10. LA ORFANDAD PROSPECTIVA

Pero todo esto son especulaciones, como lo son las que se derivan del juego de parejas que se está visualizando en el área pepera (Rajoy-Pastor, Acebes-Michavila, Rato-Gallardón, las hermanas De Palacio), que demuestra que cada cual va tejiendo sus alianzas pensando en el futuro pospresidencial. Porque Aznar está presente, pero el PP empieza a vivir un estrés de orfandad prospectiva. Desde el congreso de enero, el PP se ha sentido abandonado por el presidente. Aznar ascendió a los cielos y pasó a pensar en la historia. Lleva tiempo buscando el acontecimiento por el que pueda ser recordado. No fue posible el fin de ETA que la tregua hizo soñar, no es posible Gibraltar; a la falta de un hecho sonado no le queda a Aznar otro remedio que buscar una promoción internacional mientras va fijando los detalles de su biografía autorizada. En el PP cundió la sensación de que se alejaba, de que ya no pensaba en el partido, sino en sí mismo. Por eso el aterrizaje ha sido estrepitoso. Era necesario que todo el mundo se enterara de que volvía a estar aquí. Y aquí está, para evitar que se desvanezca el hecho insólito que le puede dar el lugar que busca en la historia: haber conseguido unificar la intratable derecha española. Aznar no se puede permitir que el día después el PP tenga una derrota que le devuelva a la autodestructiva guerra de familias de la que el presidente le rescató. Sería su fracaso póstumo.

11. EL MAL ESTILO

Pero la remodelación adolece del mal estilo democrático del presidente. Su peculiar modo de hacer y deshacer con las personas sin miramiento alguno. Su gusto enfermizo por el secretismo manipulador que coloca a un país en la ignorancia completa sobre a quién deberá elegir como presidente dentro de dos años. Zaplana es un presidente de comunidad electo. ¿No denota cierto desprecio al poder autonómico dejar Valencia en la interinidad para llevárselo como ministro? ¿Es normal en democracia que un presidente mueva a una serie de cargos electos por simple interés partidario? Es éste un vicio de nuestro sistema presidencialista que Aznar ha llevado al límite. El papel de los dos grandes partidos como única vertebración política de España es muy importante. En ellos, el jefe tiene todo el poder. Si este jefe es además presidente del Gobierno, su poder ya es absoluto. Y hace y deshace con los demás como le viene en gana. Aznar más que nadie. Nunca ha admitido el más leve contrapoder ni en el partido ni en el Gobierno.

12. UN GOBIERNO AZNARISTA

Una vez ha puesto orden, Aznar podrá volver a recrearse en su pasión por la política internacional. Ana de Palacio, mujer trabajadora y de mal genio, le garantiza la eficacia y discreción de quien sabe que el verdadero ministro de Exteriores es el propio presidente.

'Esta jornada deja desacreditados a los sindicatos delante de la sociedad', dijo Zaplana el día de la huelga general. Ahora, como ministro de Trabajo, dice que va a abrir el diálogo con los sindicatos. Los líderes sindicales van acumulando con cierta sorna las cartas de invitación al diálogo que han recibido del Gobierno: Aznar, Rato, Arenas, y ahora una llamada de Zaplana. 'Alguien nos tendrá que aclarar cuál es la que vale', dicen.

Ninguna de las huelgas contra el PSOE tuvo tantos efectos políticos como ésta. Pío Cabanillas no olvidará el mal madrugar que tuvo aquel día. Y a Aparicio no le queda más remedio que aceptar con resignación pagar los platos rotos por algo en lo que él no creía. En la sombra de la remodelación, Rato y Montoro siguen liderando el equipo económico. Aznar, dicen, sabe que Rato está quemado, pero entraron juntos y saldrán juntos; ambos saben demasiado. Piqué se apaga, pero a un catalán que se entrega de pies y alma, Aznar no le puede echar directamente a la calle. Rajoy, la imagen y la gestión del Estado; Acebes, el poder político. Son las dos piezas claves de un Gobierno que la prensa oficial presenta como aznarista por encima de todas las cosas. De momento, el objetivo es recuperar la iniciativa para que el Ejecutivo llegue sano y salvo al final de la legislatura. Algunos ya lo dan por conseguido. Es peligroso en política decidir el resultado antes de que empiece el partido. Si no, pregunten a Cabanillas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de julio de 2002

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