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Los coletazos de Zahovic

Genio y figura, Zlatko Zahovic, de 31 años, sigue dando lustre a la fama de jugador polémico, con un carácter endemoniado, que le ha acompañado toda su carrera. Lo dejó escrito una vez más en su último partido esta temporada, en Portugal, cuando fue expulsado por insultar al árbitro auxiliar en el derby lisboeta entre su equipo, el Benfica, y el Sporting.

La dilatada trayectoria de Zahovic ha estado tan jalonada por los conflictos como por su poderosa zurda, con la que se convirtió hace unos años en el jugador más respetado de la Liga portuguesa, así como en la bandera de su selección desde que Eslovenia se independizara en 1991.

Sus mejores años, sin embargo, pasaron de largo. Sus últimas tres campañas han sido una cuesta abajo imparable: primero en el Olympiakos, griego, del que salió por piernas; después, en el Valencia, y ahora, en el Benfica, en el que no ha sido el futbolista desequilibrante que deslumbró en el Oporto. Ha marcado seis goles en 21 partidos y disputado 1.482 minutos, por lo que ha contribuido a que el club se quede fuera de Europa por segunda vez en su historia.

La decadencia futbolística de Zahovic ha estado marcada por las deficiencias físicas y las lesiones. Su esqueleto -mide 1,80 metros y pesa 76 kilos- no parece acompañarle para alargar su carrera. Tampoco su tendencia a engordar ni su poca afición a los entrenamientos.

Con todo, Zahovic es una figura de culto en Eslovenia, el encargado de tirar del carro, tanto en la clasificación para la anterior Eurocopa como para el inminente Mundial. Marcó cuatro goles en Holanda y Bélgica 2000, uno de ellos a España. Pero sus desaveniencias con Katanec, el seleccionador, han sido una constante, aunque ahora su relación es buena. Zahovic se permitió recientemente el lujo de regañar a la afición eslovena cuando ésta se quejaba del mal partido de su selección ante Croacia (0-0): "¿Pero qué se ha creído la gente que somos nosotros, los campeones del mundo?".

Nació y se crió en Maribor, una estación invernal a los pies de los Alpes. Nunca jugó en su propio país, puesto que se marchó al Partizán de Belgrado, en el que coincidió con Mijatovic. De allí a Portugal, el país en el que se convirtió en uno de los zurdos -como interior izquierdo o media punta- más interesantes de Europa. Primero en el Vitoria de Guimaraes y después en el Oporto, su época dorada: ganó dos Ligas entre 1996 y 1999 y formó un ataque demoledor junto a Drulic y Jardel.

El Olympiakos tiró la casa por la ventana en 1999 para contratarle: 10,22 millones de euros y un sueldo de más de 1,8 millones anuales. Allí se enfrentó con el entrenador, sus compañeros y la hinchada, que un año después le envió amenazas de muerte por Internet antes de un partido de la Liga de Campeones contra el Valencia.

Por el Valencia de Cúper su paso fue muy discreto, incapaz de ganarse la titularidad, y se le recordará siempre por fallar un gol cantado en la prórroga de la final de la Liga de Campeones ante el Bayern Múnich en 2001. También erró el penalti que lanzó en la tanda decisoria. Razones más que suficientes para que el club lo empaquetara en dirección al Benfica mediante un trueque por Marchena. "Cúper sólo quería defender y no tener la pelota, y eso no es bueno para mí", se justificó en su marcha. "Zahovic no supo superar la competencia que tuvo aquí", explicó el secretario técnico, Javier Subirats.

Admirador de Robert de Niro y de la trilogía de El Padrino, de Coppola, Zahovic es recordado en el vestuario de Mestalla como "un buen chaval" que iba un poco a la suya y con escaso grado de integración. Se relacionó sobre todo con Djukic, con quien hablaba en serbocroata.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de mayo de 2002