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Crónica:JUANMA ITURRIAGA | TIROS LIBRES | BALONCESTO

Apropiación indebida

Shaquille O'Neal ha declarado hace un par de días que va a seguir ganando el título de la NBA hasta que se haga viejo y decida marcharse. Una perla más de las muchas que llegan desde la NBA, donde no es raro asistir durante la temporada a variados cruces de declaraciones, provocaciones entre jugadores, amenazas deportivas más o menos veladas. Cierto que en una primera lectura puede parecer simple y llanamente una banda de egocéntricos bravucones pasados de testosterona, pero en el fondo lo que buscan y consiguen es que la atención, cuando se juega y cuando descansa el balón, recaiga en ellos. Es una forma de decir al mundo: somos los jefes, los ídolos, los que llevamos gente a los pabellones. No somos marionetas en manos más o menos hábiles de nuestros entrenadores. En definitiva, tenemos entidad propia. Y así logran que los Lakers sean de O'Neal y Kobe Bryant, los Jazz de Malone, los Kings de Webber o los Magic de McGrady. Hubo un tiempo en el que ésto también ocurría por aquí, que los jugadores importantes y carismáticos lograron que sus equipos se identificasen plenamente con ellos, hasta conseguir dotarles de un segundo apellido. Se hablaba del Barça de Epi, Solozábal o Norris, el Madrid de F.Martín, Petrovic o Sabonis, el Tau de Laso y Arlauckas, el Estudiantes de Herreros, Azofra, Winslow y Pinone. Poco a poco, estas denominaciones se han ido perdiendo y ahora los entrenadores son los amos del cotarro. Estamos en la era del Barça de Aito, el Tau de Ivanovic, el Madrid de Scariolo o el Unicaja de Maljkovic.¿Dónde quedan los que deberían ser los auténticos primeros actores de esta función?¿A nadie le importa que estén totalmente tapados por la personalidad, la ambición o el protagonismo de sus técnicos? Sabemos perfectamente lo que piensan y opinan los entrenadores (no siempre es lo mismo) pero detrás de sus legítimos egos (siempre que sean bien encauzados) no aparece nadie. Da la sensación que todos están cómodos en esta situación, unos en primera línea y los deportistas en la segunda fila de trincheras, donde ciertamente se está menos expuesto, lo que no deja de ser una perversión al orden lógico y natural. Lo peor es que nos hemos acostumbrado a esta situación y ya no nos sorprende esta sustracción de las personalidades de los jugadores y el acaparamiento por parte de sus técnicos de la esencia y el alma del equipo. Mal asunto. Cuando el foco se desvía hasta la banda, cuando el que no debería dejar de ser un secundario pasa o sustrae el papel principal, algo no funciona correctamente. Si no es un caso claro de apropiación indebida...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de abril de 2002