Columna
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Reportero

Detrás del cineasta había un escritor y todo un periodista potencial. No se pueden entender las películas de Billy Wilder sin su eficacia para construir historias, sin su habilidad con la palabra, sin una capacidad insólita de exprimir los gags más allá de lo previsible, en ese terreno donde al final sólo refulge el talento. El vivaz cineasta de ojos inquietos y lengua fulminante, que murió el jueves en Los Ángeles a los 95 años, fue periodista en su Viena natal y en el Berlín de entreguerras. Dicen que hubiera sido un gran reportero. Estaba dotado de tres cualidades: la lucidez, el gusto por el oficio y la observación, exactamente las mismas que le llevarían a la cima en Hollywood. Cuenta Claudius Seidl que al ofrecerse al periódico vienés Die Stunde, un redactor le preguntó qué experiencia tenía, y respondió: 'Ninguna, pero soy un buen observador'. Observó con escepticismo, respetando la inteligencia del espectador. Y supo hacer autocrítica, con el mundo del cine, en El crepúsculo de los dioses y en Fedora, con el mundo del periodismo, en El gran carnaval y en Primera Plana, huyendo del moralismo y la conmiseración. 'We are the press, we never pay' (Somos la prensa, nunca pagamos) afirma con una crueldad estremecedora en El gran carnaval el tremendo Chuck Tatum que interpreta Kirk Douglas, ese reportero que explota sin escrúpulos el rescate de un hombre accidentado para ganar páginas en los medios ávidos de sensación. Nunca se hizo ilusiones sobre la condición humana, nunca la condenó. Gente corriente o no, los personajes de sus películas se engañan, se justifican, buscan inútilmente la felicidad. Por eso siguen vivos y pertenecen más a la historia que a la arqueología de nuestra cultura. Sin el C. C. Baxter (Jack Lemmon) y la Fran Kubelik (Shirley MacLaine) de El apartamento, sin la Sugar Kane (Marilyn Monroe) y el Joe y el Jerry (Curtis y Lemmon) de Con faldas y a lo loco, sin el C. R. Mac Namara (James Cagney) de Uno, dos, tres, sin el Hildy Johnson y el Walter Burns (Lemmon y Matthau) de Primera plana, sin el Don Birnam (Ray Milland) de Días sin huella, entenderíamos peor el siglo XX. Billy Wilder los incorporó al gran reportaje de la humanidad.

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