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Centenariazo

La afición del Deportivo se llevó su estadio a Madrid y acabó cantando 'Cumpleaños feliz'

Se evocaba el Maracaná de 1950, y lo revivió Chamartín. La hinchada gallega lanzó la consigna para calmar el ansia previa al choque. "!Que bote, que bote, que bote Riazor!", bramaba en el fondo norte de Chamartín mientras los madridistas todavía buscaban su asiento. Y la magia de ese nombre envolvió el aire de la Castellana, donde sólo faltó que apareciese la torre de Hércules para desafiar el dominio de los rascacielos. Riazor es el nombre de un estadio y de una playa, el corazón de una ciudad que antes era mar y que ahora es mar y también fútbol. Con el color del océano como emblema, una muchedumbre atlántica atravesó los páramos de Castilla, se adentró en Madrid y el espíritu de Riazor reinó en el día del Centenario.

Algo anómalo, como fuera de lugar, se adivinaba ya en los prolegómenos. Estaba raro Chamartín con los cientos de banderas gallegas y toda aquella gente -más de 20.000- vestida de rayas azules y blancas ocupando todo un fondo del estadio. Cuando se recitó en gallego la alineación del Depor, arreciaron los gritos: "!Que bote Riazor!". Poco antes, los jugadores del Deportivo habían salido a calentar y los recibió un aullido de entusiasmo. "Al oírlo en ese momento, la gente metió por nosotros el primer gol", confesó Irureta acabado el partido. "Se me puso la piel de gallina", confirmó Tristán.

El destino quiso que el Depor empezase jugando en ese Riazor portátil, de cara al fondo que apuntaba al norte, justo en dirección a Galicia. Por allí llegaron los goles. La gente acompañó a Sergio en su formidable cabalgada y transmitió fuerzas a Diego Tristán para que rematase a la red. Tras marcar el segundo gol, Tristán se fundió con ellos. Se destapó el uniforme y mostró a la grada, como una ofrenda, la camiseta con la leyenda: "Riazor Blues en Tour. Invasión Madrid". Y Madrid, efectivamente, ya estaba invadido: para entonces, hasta los ultrasur se habían sentado, un síntoma de rendición. La hinchada gallega lo captó de inmediato y cedió a la tentación de hacer escarnio. Todo el fondo norte cantó el Cumpleaños feliz.

En el descanso, la hinchada ya parecía celebrar el título. Con el entusiasmo, tal vez olvidaron que Riazor también es sufrimiento. Y en la segunda parte llegó el miedo y la tensión, ese abismo fatal que, incluso en los mejores momentos, ronda siempre al Deportivo. Los ultrasur resucitaron tras el primer gol del Madrid y, por un instante, el pánico paralizó a los gallegos, que se quedaron clavados en el asiento. Fueron apenas unos minutos, aunque mucho más largos que toda la primera parte. El Deportivo, además, atacaba sobre la portería contraria, y el decorado del riazorazo veía cernirse la avalancha del Madrid. Hasta que en el tramo final del choque el fervor volvió a derrotar a la tensión.

El árbitro silbó el final y la grada blanquiazul se onduló entre corrientes de euforia. Todo el banquillo deportivista se echó al campo sin que nadie faltase a la fiesta: hasta el médico y el jefe de prensa se fundieron en un abrazo en mitad del césped. La policía contuvo el entusiasmo y evitó la invasión del campo, aunque los futbolistas, algunos de rodillas ante su gente, parecían desear que bajase la hinchada para darles las gracias uno por uno. Los futbolistas del Madrid vagaban cabizbajos por el centro del campo, a la espera del ritual de entrega de medallas en el palco. Djalminha se acordó de ellos, interrumpió el festejo y acudió a consolarlos. Acabó abrazándose a Hierro, con el que tantas veces se las ha gastado muy duras. Raúl devolvería el gesto más tarde y también se abrazó a Irureta.

Ya en el palco, el Rey detuvo al entrenador, le palmeó el rostro cariñosamente y le susurró algo. Luego Fran, el gran capitán, el gallego que ha encabezado el ascenso a la gloria del deportivismo, alzó la Copa y se la ofreció al presidente, Augusto César Lendoiro, quien le dio un beso. En esos momentos, hasta los rencores se disiparon: el portero suplente Nuno, quien en la víspera había reclamado su derecho a jugar la final, arrebató el trofeo a sus compañeros cuando regresaron al césped y se marcó un sprint en solitario que acabó de nuevo frente a la grada. El resto del Bernabéu ya estaba vacío, y el blanquiazul era el único color. Por la megafonía sonaba el himno del Depor. La transformación se había consumado: Chamartín era Riazor. "No", corrigió Irureta al final, "fue mejor que Riazor".

Valerón: "Ni en un sueño hubiese salido mejor"

Por un momento, el impasible Valerón pareció a punto de estallar. Durante todo el partido, había impuesto su geometría en el centro del campo y poco antes, había rematado al poste. Pero Irureta decidió cambiarle cuando la segunda parte aún no se había consumido la mitad de la segunda parte. Valerón, el que nunca protesta, torció el gesto y se fue cabizbajo. Tal vez por eso, su viejo compañero Molina -ya jugaron juntos en el Atlético de Madrid- se apresuró a rendirle homenaje concluido el choque. "Hoy se ha visto lo que vale. Es un jugador al que no se le valora porque tiene un carácter campechano. Y lo único que le importa es jugar al fútbol. Jugar por jugar".

A Valerón se le pasó el disgusto con la fiesta final y la juerga del vestuario. Cuando apareció ante la prensa, tenía el pelo aún mojado por el champán, que los futbolistas utilizaron para bañarse en el jacuzzi que habitualmente usan sus compañeros del Madrid. "Fue un partido perfecto", espetó Valerón, "ni en un sueño nos hubiese salido mejor".

Irureta justificó el cambio porque Valerón "se estaba quedando un poquito" y el Madrid le ganaba el centro del campo con la entrada de Solari. Comedido en su euforia, el técnico trató de mostrarse generoso con el derrotado - "el Madrid ha vuelto a dar un ejemplo de señorío y caballerosidad"-, aunque también resaltó: "En la primera parte, los hemos noqueado". No faltó, por supuesto, la inevitable alusión a la histórica cadena de fracasos del Deportivo en Chamartín, quebrada anoche definitivamente: "Al fin hemos salvado el maleficio. Y este estadio quedará inscrito en la memoria del club, que ha ganado aquí sus dos títulos de Copa del Rey".

Irureta recibiría más tarde la llamada personal del presidente del Gobierno, José María Aznar, que hace una semana confesó su madridismo, para felicitarle por el triunfo.

Los jugadores del Deportivo celebraron el título en un restaurante de Madrid, el Asador Donostiarra, el mismo que había reservado su rival por si ganaba, el santuario habitual de las celebraciones blancas. El Depor regresará hoy a A Coruña, donde toda la ciudad saldrá a la calle para recibirlos. El Depor es ahora el único equipo español que puede aspirar al triplete con el que soñaba el Madrid. Cuando se le recordaron a Irureta, el técnico pasó de puntillas. "Sólo puedo decir que intentaremos remontar en la Liga y en la Copa de Europa", se limitó a decir. Pero en sus jugadores ya crece la ambición. "Yo no me conformo con esto", sentenció Diego Tristán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de marzo de 2002

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