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Entrevista:VICENTE PUCHOL | Novelista

'En realidad, una novela es una vida'

Valenciano de entreguerras, Vicente Puchol es un caso singular en nuestra narrativa. Pulcro, exigente, hombre de una gran cultura, tiene la suerte de no depender de su producción literaria para vivir, de modo que escribe lo que quiere, ajeno a las estridencias de mercado, y un poco cuando quiere. Es autor de novelas tan insólitas en nuestro panorama editorial como Crates emancipa a Crates (1981), El Gran Danés (1983, con el que obtuvo el Premio de la Crítica de Valencia), o Germánico (1989). Ahora acaba de publicar Alguien soñó sobre una piel de toro, una ficción sembrada de personajes históricos que es, en el fondo, una defensa pesimista de la libertad.

Tampoco es tan exacto que Vicente Puchol escriba cuando quiere, porque la verdad es que lo hace casi siempre. 'Al terminar mi trabajo, con el que me gano la vida, casi lo único que deseo es escribir', dice casi con los ojos, resguardados por unas gafas enormes, para añadir que 'por fortuna, dispongo de bastantes horas libres, así que más bien a media tarde, cumplidas las obligaciones, escribir es para mí un placer de una intensidad que a veces me desborda. No es ya que me rejuvenezca, que también, sino que ahí yo me reconozco'. En cierto modo, lo peor es tener que publicar, que a veces requiere de ciertos trabajos para un autor que ya no es joven y nunca fue un best-seller. 'Pero, claro', comenta el autor, 'un proceso es el de la gestación de la obra, que suele ser lento, y otro el de su edición. Pero es el público lector el que cierra el círculo, de lo contrario la creación queda abortada. Si no publicas, no existes como novelista. Y también en ese territorio quiero permanecer'.

'Escribir es para mí un placer de una intensidad que me desborda. Ahí es donde me reconozco'

En esta novela, que recuerda vagamente el título de una célebre película de Milos Forman, se propone Vicente Puchol 'utilizar materiales históricos para construir una ficción, lo que no es exactamente la intención de hacer novela histórica, sino de reflexionar sobre algunas circunstancias de nuestro pasado fabulando situaciones y mencionando expresamente a algunos personajes históricos'. El asunto, dicho con brevedad, es que a una inexistente ciudad-estado del norte de África, Villadite, fundada en el siglo XVI por todos los acusados de heterodoxia que España iba expulsando de sus fronteras, acude en 1938 un hombre de confianza de Indalecio Prieto para negociar ayuda a la República y, sobre todo, para establecer las condiciones que podrían llevar hacia la paz. 'La idea', dice el autor, 'menos estrafalaria de lo que parece, es que el grueso de los expulsados de nuestra historia oficial fundaron un estado que era así como el negativo de lo que ocurría en España, de modo que eran republicanos, felices y casi libertarios, y que uno de los muchos enviados de la República, cuando se vio claro que el alzamiento alentaba una guerra de exterminio, recurre a ese espejismo como posibilidad de acabar con la masacre'.

Y toda esa paráfrasis, para qué, bien puede preguntarse el lector de este apretado volumen de 400 páginas. 'Bueno', sugiere Vicente Puchol, 'no deja de tener interés recordar que en España hemos padecido el periodo más prolongado de oscurantismo de todos los países europeos, y eso en una medida y con un desafuero que todavía es de actualidad. Una ficción de este tipo me permite reconstruir literariamente esa desgracia'. 'Porque al final', añade, 'lo que queda es la literatura, así que uno puede jugar con la verosimilitud de sucesos de los que se sabe poco pero que pudieran haber sido como después uno los cuenta'.

En cualquier caso, tiene claro el autor que su escritura, como negocio, es ruinoso. 'Yo no sé quién va a leer esto', dice sin tristeza, 'supongo que los amigos y los especialistas. Pero, mira, es un libro que debía existir y buscar su sitio entre otros. En realidad, una novela es como un vida, y requiere de tiempo denso para crearla y de lectores para disfrutarla'. 'En lo que a mí respecta', concluye, 'no voy a facilitar la tarea del lector de digestión rápida que se atraganta con una historia de más de 140 páginas. Ese tipo de lector, y lo digo con todo respeto, está siendo halagado en la obstinación de su insuficiencia'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de diciembre de 2001