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Los jueces que tenemos

Cuando el juez De Pedro empezó a ejercer, la Guardia Civil aún detenía rojos por los pueblos de Castilla. Un día, el comandante de puesto le llevó a uno que, además de comunista, era registrador de la propiedad, y el juez, intrigado por un personaje tan curioso, le invitó a dos huevos fritos antes de ponerle en libertad. Ahora, cuando el juez José Luis de Pedro, presidente del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León, está a punto de jubilarse, una de sus hijas da los primeros pasos en la carrera judicial, y son estas dos historias representativas de lo que fue, sigue siendo o ya no es el oficio de administrar justicia en España. Sin ir más lejos, cuando De Pedro, el padre, empezó a ejercer, las togas eran sólo cosa de hombres, y ahora, en cambio, el 65% de los alumnos de la Escuela Judicial son mujeres, como su hija.

En una dictadura, el juez tiene que ser blando para suavizar las bestialidades del dictador. En la democracia se necesitan jueces suaves en las formas y rigurosos en el fondo.

'No somos muy fotogénicos, y además casi nunca hemos tenido un buen fotógrafo'. Así explica José Luis de Pedro, desde su despacho en Burgos, una de las principales características del gremio que no ha cambiado en este tiempo: la animadversión del juez a situarse frente al espejo de la opinión pública. El juez siempre ha preferido hablar por escrito y en papel de oficio, y muy pocos son, aunque muy conocidos, los que gustan de expresarse a viva voz y a través de un micrófono. Aun así, algunos de los casi 4.000 jueces españoles han aceptado hablar con este periódico de su profesión, de sus problemas... y también de sus miedos. El asesinato, el pasado día 7 de noviembre en Bilbao, del juez José María Lidón ha conmocionado a la profesión hasta tal punto que más de un juez admite en privado haberse hecho la misma pregunta: ¿merece esto la pena?

'Imagínese', dice un magistrado de Sevilla, 'a uno de los jueces que llegan ahora a la carrera. Acaban de invertir 11 años de su vida en alcanzar su objetivo: cinco años estudiando derecho, cuatro o más preparando las oposiciones y dos en la Escuela Judicial de Barcelona. Once años de su vida para luego tener que vivir escoltado todo el día, mirando en los bajos de su coche, siempre con miedo, y todo por 300.000 pesetas al mes. ¿Merece la pena?'.

La imagen del juez

En 1982, siendo juez de la Audiencia de Bilbao, a Juan Alberto Belloch, fundador y cabeza visible de la asociación progresista Jueces para la Democracia, le abordó un ciudadano por la calle y le preguntó: 'Y ustedes, ¿cuándo se van a presentar a las elecciones?'.

A pesar de la popularidad que entonces disfrutaban, ninguno de aquellos jueces tenidos por rojos representaban ni mucho menos el estereotipo de la profesión. Es más, un estudio sociológico realizado entre los casi 1.800 jueces y magistrados de aquella época arrojaba el siguiente retrato robot: hombre (el 90%), de unos 50 años, casado con una mujer de clase acomodada, católico practicante, hijo del cuerpo, que se proclamaba apolítico, aspirante a llegar al Supremo, miembro de la Asociación Profesional de la Magistratura, que confiaba 'mucho' en el Rey, 'bastante' en el Gobierno -menos en los diputados, senadores o alcaldes- y 'poco' en los políticos en general. No figuraba el dato de 'reservado', pero los jueces consultados por este periódico reconocen que nunca la profesión fue un vivero de relaciones públicas. 'Recuerdo que al lugar por donde los jueces solían pasear en Soria, la gente lo bautizó como el paseo de los tristes'.

Con menos guasa que José Luis de Pedro, y hasta con cierta dosis de justificación, otros de los jueces consultados justifican ese carácter reservado, ensimismado según algunos y ególatra a decir de los más críticos, que exhiben por tradición los portadores de la justicia. 'Tenga usted en cuenta', dice un miembro del Poder Judicial, 'que el juez es la única persona que dispone sobre la vida y la hacienda de las personas, y eso, a qué negarlo, imprime carácter'. 'Es más', añade la misma fuente, 'el juez es la única persona que ostenta un poder del Estado individualmente; el resto, es colectivo. No te manda a la cárcel el Poder Judicial, te manda un juez, y eso, quiero insistir, ¿no cree usted que imprime carácter?'.

Hay también razones prácticas, y prácticamente insalvables, para un comportamiento así. Lejos del bullicio de la gran ciudad donde todo se diluye, hay multitud de pueblos o capitales de provincias pequeñas donde las idas y venidas de nadie, y menos las de un juez, pasan inadvertidas. 'Y es entonces cuando surge el problema', explica una juez de instrucción de Galicia, 'de con quién vamos a tomar café o a cenar sin que algo aparentemente tan trivial llame la atención. Si quedamos con un abogado, hablarán; si con el alcalde, también; si con... Al final terminamos saliendo a cenar los de siempre: el fiscal, el forense, el secretario del juzgado. Un juez debe estar siempre pendiente del qué dirán, para luego no tener que ir por ahí dando explicaciones'. Ahí está el caso de un juez de Canarias que fue expedientado en 1987 por disfrazarse de mosquetero durante unos carnavales.

Ahora las cosas son algo distintas. Además de la incorporación masiva de mujeres -ya son más de la mitad-, se ha producido un retroceso en el protagonismo del juez con respecto a aquellos años. Esto, que a algunos les parece un síntoma de salud, a otros no les termina de agradar. 'No existe la mística de antes', dice un juez progresista de aquellos tiempos ya apartado del estrado. 'Ahora muchos de los que acceden a la carrera pueden ser jueces como podrían ser notarios, registradores o técnicos de la Administración'. No lo ven así, en cambio, los propios estudiantes de la Escuela Judicial, sita en Barcelona desde 1997. Según una encuesta entre los 297 alumnos del presente curso -194 mujeres y 103 hombres-, las razones fundamentales que les impulsaron a elegir la carrera son vocacionales. El amor al derecho, la independencia e imparcialidad de su trabajo y su función garante de los derechos fundamentales figuran muy por encima de otras razones como el servicio público sin más o la estabilidad en el empleo. Hay quien, como el juez De Pedro, considera que la actitud del juez puede venir marcada por los tiempos que le toque vivir: 'Mire, durante una dictadura, el juez tiene que ser blando para suavizar las bestialidades del dictador. Por contra, en la democracia, el juez debe aplicar la ley y no retrasarla. Ahora se necesita a jueces más educados y más correctos con la gente, más suaves en las formas y más rigurosos en el fondo'.

La eterna lentitud

Es uno de los viejos problemas de la justicia en España. Según explica José Juan Toharia, catedrático de sociología del derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, 'desde comienzos de los años noventa, la idea predominante en España es que la justicia funciona mal'. Lo curioso del asunto es que, según Toharia, 'el nivel de independencia, de imparcialidad, de responsabilidad y sobre todo de competencia de los jueces es considerado más que razonable' por la población. Y entonces, ¿de dónde viene fundamentalmente la mala imagen?

La respuesta es, por breve, dos veces buena: 'La mala imagen de la justicia viene de su lentitud en resolver casos y en hacer cumplir las sentencias', zanja Toharia basándose en una encuesta del propio Consejo General del Poder Judicial. ¿No trabajan los jueces? Según Javier Martínez Lázaro, todo lo contrario. 'Si en 1975 se resolvían 600.000 asuntos al año', explica, 'ahora son ya seis millones los asuntos que pasan por los juzgados. Son 1,3 millones las sentencias que se ponen anualmente. No, el nivel de eficiencia no es ni mucho menos malo'. ¿Y entonces?

Hay quien achaca el problema a varias causas. Por un lado, faltan medios, tanto humanos como técnicos. 'En Alemania', dice un magistrado, 'hay 26.000 jueces para 80 millones de ciudadanos; en Portugal, 2.000 para 10 millones, y en España no hay ni 4.000 jueces para 40 millones de habitantes... Haga usted la cuenta y verá lo mal que salimos'. En segundo lugar del problema, según casi todos los análisis, está la propia función: 'En cada proceso hay dos partes, e invariablemente una de las dos sale descontenta, por cuanto casi siempre se recurre, y un juicio lleva a otro'. ¿Cómo evitar esto? La piedra filosofal se llama intermediación. El único problema es que se trata de un mineral difícil de encontrar en España. Según Jesús Ernesto Peces Morate, magistrado del Tribunal Supremo, aunque la ley lo establece, 'aquí el juez árbitro no existe'.

Y se explica: 'En España existe tradición de proceso escrito. Hay jueces que creen que si intentan mediar pierden imparcialidad. Pero nada más lejos de eso. La mediación del juez, aceptada por las dos partes, zanja el asunto. En cambio, los pleitos son a su vez generadores de pleitos'. El magistrado Peces Morate no cree que con un número mayor de jueces se solucione el asunto de la lentitud -'a más jueces, más pleitos'- y recuerda que los retrasos están unidos a la justicia desde la más remota antigüedad. 'No es un problema exclusivo de España', añade. 'Al estar el proceso basado en un procedimiento fundamentalmente escrito, al juez le envuelve inmediatamente un cúmulo de papeles'.

Según Enrique López López,portavoz del Consejo General del Poder Judicial, el problema está localizado y ya es hora de arremeter contra él. 'Estamos', dice, 'en pleno proceso de modernización. Esperemos que la mejora de las leyes procesales provoque que la justicia vaya mucho más rápida. Además se está invirtiendo más en infraestructura, en medios informáticos. La fase del análisis ya ha pasado, estamos en un momento ejecutivo. Queremos fomentar la productividad sin que la calidad desaparezca'.

La amenaza de ETA

'Ayer', comentaba hace unos días un juez de Madrid, 'me dijo la policía que ya no podía bajar por la noche a pasear al perro ni ir los domingos solo a comprar el periódico'. El asesinato de Lidón marca un antes y un después en la vida de los jueces, aunque siempre existió ETA, siempre el miedo y siempre una constancia: 'No he visto decisiones judiciales adoptadas desde el miedo', dice un magistrado con amplia experiencia en juzgados de Euskadi.

'El miedo', añade, 'ha existido desde siempre. Hace ya 20 años, cuando yo llegué a Bilbao, los jueces vivíamos en pisos como si estuviéramos haciendo el servicio militar, dejando a la familia en el lugar de procedencia. Me acuerdo de que un día salí al balcón y los compañeros me metieron hacia dentro inmediatamente. Decían que me podían matar desde el monte Artxanda utilizando un rifle con mira telescópica. El miedo a ETA siempre fue una obsesión, pero ahora, claro está, es distinto'.

A Javier Martínez Lazaro, vocal del Consejo General del Poder Judicial, no le parece extraño que los jueces que trabajan en Euskadi estén preocupados por su seguridad: 'Allí existe una sociedad cautiva por el miedo, y los jueces no son héroes. Es razonable que tengan miedo ante una banda asesina con tanta capacidad de matar. Pero, aun así, lo que ellos notan más es que no se les protege institucionalmente, no de forma suficiente. Ahí está la razón del frío que ellos manifiestan sentir. Si quien representa a los ciudadanos no te transmite el calor de los ciudadanos... Hay que arropar a los jueces como a todos los que sufren'.

El predominio de la mujer

Cuando murió Franco ya no estaba prohibido legalmente que las mujeres accedieran a la carrera, aunque sí de facto. 'A las mujeres', dice una fiscal andaluza, 'nos aconsejaban vehemente y muy eficazmente que no nos presentáramos al examen de juez, y que optáramos en su lugar a una fiscalía'. El oficio de juez se seguía considerando cosa de hombres. No quedaba bonito una mujer corriendo los riesgos que a un juez se le supone: tomar declaración a los delincuentes, mandar a la policía, levantar cadáveres en las noches de guardia...

Aunque todo eso ha cambiado, tampoco ahora la mayoría de mujeres se refleja, sin embargo, en puestos de responsabilidad. Muy pocas presiden audiencias provinciales; algunas más son fiscales jefes, pero ninguna se ha sentado todavía en el Tribunal Supremo. Si se tiene en cuenta que hasta después de muerto Franco ninguna mujer fue juez y que para llegar al Supremo se exigía una antigüedad de 20 años -ahora 15-, hasta ahora resultaba sencillamente imposible. Aunque, a lo peor, la razón está más en lo que dice Javier Martínez Lázaro: 'A la mujer se le exige mucho más que al hombre. Hay hombres que valen y otros que no, pero a cualquiera de ellas se le exige mucho más que a los hombres que valen'.

Lo curioso es que los sectores más progresistas de la judicatura se sienten algo decepcionados con la aportación de las mujeres. Según dijo en cierta ocasión la juez Manuela Carmena, 'la irrupción de la mujer en la judicatura no ha provocado un cambio progresista, tolerante, renovador, no autoritario...'.

Un cambio de talante que, al no producirse, ha provocado cierta decepción a un lado y otro de la ley. Manuela Carmena recuerda a una mujer gitana que, al ver cómo una mujer mandaba a la cárcel a su hijo, exclamó confundida: 'Pero, señora juez, ¡si usted también es madre!'.Cuando el juez De Pedro empezó a ejercer, la Guardia Civil aún detenía rojos por los pueblos de Castilla. Un día, el comandante de puesto le llevó a uno que, además de comunista, era registrador de la propiedad, y el juez, intrigado por un personaje tan curioso, le invitó a dos huevos fritos antes de ponerle en libertad. Ahora, cuando el juez José Luis de Pedro, presidente del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León, está a punto de jubilarse, una de sus hijas da los primeros pasos en la carrera judicial, y son estas dos historias representativas de lo que fue, sigue siendo o ya no es el oficio de administrar justicia en España. Sin ir más lejos, cuando De Pedro, el padre, empezó a ejercer, las togas eran sólo cosa de hombres, y ahora, en cambio, el 65% de los alumnos de la Escuela Judicial son mujeres, como su hija.

'No somos muy fotogénicos, y además casi nunca hemos tenido un buen fotógrafo'. Así explica José Luis de Pedro, desde su despacho en Burgos, una de las principales características del gremio que no ha cambiado en este tiempo: la animadversión del juez a situarse frente al espejo de la opinión pública. El juez siempre ha preferido hablar por escrito y en papel de oficio, y muy pocos son, aunque muy conocidos, los que gustan de expresarse a viva voz y a través de un micrófono. Aun así, algunos de los casi 4.000 jueces españoles han aceptado hablar con este periódico de su profesión, de sus problemas... y también de sus miedos. El asesinato, el pasado día 7 de noviembre en Bilbao, del juez José María Lidón ha conmocionado a la profesión hasta tal punto que más de un juez admite en privado haberse hecho la misma pregunta: ¿merece esto la pena?

'Imagínese', dice un magistrado de Sevilla, 'a uno de los jueces que llegan ahora a la carrera. Acaban de invertir 11 años de su vida en alcanzar su objetivo: cinco años estudiando derecho, cuatro o más preparando las oposiciones y dos en la Escuela Judicial de Barcelona. Once años de su vida para luego tener que vivir escoltado todo el día, mirando en los bajos de su coche, siempre con miedo, y todo por 300.000 pesetas al mes. ¿Merece la pena?'.

La imagen del juez

En 1982, siendo juez de la Audiencia de Bilbao, a Juan Alberto Belloch, fundador y cabeza visible de la asociación progresista Jueces para la Democracia, le abordó un ciudadano por la calle y le preguntó: 'Y ustedes, ¿cuándo se van a presentar a las elecciones?'.

A pesar de la popularidad que entonces disfrutaban, ninguno de aquellos jueces tenidos por rojos representaban ni mucho menos el estereotipo de la profesión. Es más, un estudio sociológico realizado entre los casi 1.800 jueces y magistrados de aquella época arrojaba el siguiente retrato robot: hombre (el 90%), de unos 50 años, casado con una mujer de clase acomodada, católico practicante, hijo del cuerpo, que se proclamaba apolítico, aspirante a llegar al Supremo, miembro de la Asociación Profesional de la Magistratura, que confiaba 'mucho' en el Rey, 'bastante' en el Gobierno -menos en los diputados, senadores o alcaldes- y 'poco' en los políticos en general. No figuraba el dato de 'reservado', pero los jueces consultados por este periódico reconocen que nunca la profesión fue un vivero de relaciones públicas. 'Recuerdo que al lugar por donde los jueces solían pasear en Soria, la gente lo bautizó como el paseo de los tristes'.

Con menos guasa que José Luis de Pedro, y hasta con cierta dosis de justificación, otros de los jueces consultados justifican ese carácter reservado, ensimismado según algunos y ególatra a decir de los más críticos, que exhiben por tradición los portadores de la justicia. 'Tenga usted en cuenta', dice un miembro del Poder Judicial, 'que el juez es la única persona que dispone sobre la vida y la hacienda de las personas, y eso, a qué negarlo, imprime carácter'. 'Es más', añade la misma fuente, 'el juez es la única persona que ostenta un poder del Estado individualmente; el resto, es colectivo. No te manda a la cárcel el Poder Judicial, te manda un juez, y eso, quiero insistir, ¿no cree usted que imprime carácter?'.

Hay también razones prácticas, y prácticamente insalvables, para un comportamiento así. Lejos del bullicio de la gran ciudad donde todo se diluye, hay multitud de pueblos o capitales de provincias pequeñas donde las idas y venidas de nadie, y menos las de un juez, pasan inadvertidas. 'Y es entonces cuando surge el problema', explica una juez de instrucción de Galicia, 'de con quién vamos a tomar café o a cenar sin que algo aparentemente tan trivial llame la atención. Si quedamos con un abogado, hablarán; si con el alcalde, también; si con... Al final terminamos saliendo a cenar los de siempre: el fiscal, el forense, el secretario del juzgado. Un juez debe estar siempre pendiente del qué dirán, para luego no tener que ir por ahí dando explicaciones'. Ahí está el caso de un juez de Canarias que fue expedientado en 1987 por disfrazarse de mosquetero durante unos carnavales.

Ahora las cosas son algo distintas. Además de la incorporación masiva de mujeres -ya son más de la mitad-, se ha producido un retroceso en el protagonismo del juez con respecto a aquellos años. Esto, que a algunos les parece un síntoma de salud, a otros no les termina de agradar. 'No existe la mística de antes', dice un juez progresista de aquellos tiempos ya apartado del estrado. 'Ahora muchos de los que acceden a la carrera pueden ser jueces como podrían ser notarios, registradores o técnicos de la Administración'. No lo ven así, en cambio, los propios estudiantes de la Escuela Judicial, sita en Barcelona desde 1997. Según una encuesta entre los 297 alumnos del presente curso -194 mujeres y 103 hombres-, las razones fundamentales que les impulsaron a elegir la carrera son vocacionales. El amor al derecho, la independencia e imparcialidad de su trabajo y su función garante de los derechos fundamentales figuran muy por encima de otras razones como el servicio público sin más o la estabilidad en el empleo. Hay quien, como el juez De Pedro, considera que la actitud del juez puede venir marcada por los tiempos que le toque vivir: 'Mire, durante una dictadura, el juez tiene que ser blando para suavizar las bestialidades del dictador. Por contra, en la democracia, el juez debe aplicar la ley y no retrasarla. Ahora se necesita a jueces más educados y más correctos con la gente, más suaves en las formas y más rigurosos en el fondo'.

La eterna lentitud

Es uno de los viejos problemas de la justicia en España. Según explica José Juan Toharia, catedrático de sociología del derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, 'desde comienzos de los años noventa, la idea predominante en España es que la justicia funciona mal'. Lo curioso del asunto es que, según Toharia, 'el nivel de independencia, de imparcialidad, de responsabilidad y sobre todo de competencia de los jueces es considerado más que razonable' por la población. Y entonces, ¿de dónde viene fundamentalmente la mala imagen?

La respuesta es, por breve, dos veces buena: 'La mala imagen de la justicia viene de su lentitud en resolver casos y en hacer cumplir las sentencias', zanja Toharia basándose en una encuesta del propio Consejo General del Poder Judicial. ¿No trabajan los jueces? Según Javier Martínez Lázaro, todo lo contrario. 'Si en 1975 se resolvían 600.000 asuntos al año', explica, 'ahora son ya seis millones los asuntos que pasan por los juzgados. Son 1,3 millones las sentencias que se ponen anualmente. No, el nivel de eficiencia no es ni mucho menos malo'. ¿Y entonces?

Hay quien achaca el problema a varias causas. Por un lado, faltan medios, tanto humanos como técnicos. 'En Alemania', dice un magistrado, 'hay 26.000 jueces para 80 millones de ciudadanos; en Portugal, 2.000 para 10 millones, y en España no hay ni 4.000 jueces para 40 millones de habitantes... Haga usted la cuenta y verá lo mal que salimos'. En segundo lugar del problema, según casi todos los análisis, está la propia función: 'En cada proceso hay dos partes, e invariablemente una de las dos sale descontenta, por cuanto casi siempre se recurre, y un juicio lleva a otro'. ¿Cómo evitar esto? La piedra filosofal se llama intermediación. El único problema es que se trata de un mineral difícil de encontrar en España. Según Jesús Ernesto Peces Morate, magistrado del Tribunal Supremo, aunque la ley lo establece, 'aquí el juez árbitro no existe'.

Y se explica: 'En España existe tradición de proceso escrito. Hay jueces que creen que si intentan mediar pierden imparcialidad. Pero nada más lejos de eso. La mediación del juez, aceptada por las dos partes, zanja el asunto. En cambio, los pleitos son a su vez generadores de pleitos'. El magistrado Peces Morate no cree que con un número mayor de jueces se solucione el asunto de la lentitud -'a más jueces, más pleitos'- y recuerda que los retrasos están unidos a la justicia desde la más remota antigüedad. 'No es un problema exclusivo de España', añade. 'Al estar el proceso basado en un procedimiento fundamentalmente escrito, al juez le envuelve inmediatamente un cúmulo de papeles'.

Según Enrique López López,portavoz del Consejo General del Poder Judicial, el problema está localizado y ya es hora de arremeter contra él. 'Estamos', dice, 'en pleno proceso de modernización. Esperemos que la mejora de las leyes procesales provoque que la justicia vaya mucho más rápida. Además se está invirtiendo más en infraestructura, en medios informáticos. La fase del análisis ya ha pasado, estamos en un momento ejecutivo. Queremos fomentar la productividad sin que la calidad desaparezca'.

La amenaza de ETA

'Ayer', comentaba hace unos días un juez de Madrid, 'me dijo la policía que ya no podía bajar por la noche a pasear al perro ni ir los domingos solo a comprar el periódico'. El asesinato de Lidón marca un antes y un después en la vida de los jueces, aunque siempre existió ETA, siempre el miedo y siempre una constancia: 'No he visto decisiones judiciales adoptadas desde el miedo', dice un magistrado con amplia experiencia en juzgados de Euskadi.

'El miedo', añade, 'ha existido desde siempre. Hace ya 20 años, cuando yo llegué a Bilbao, los jueces vivíamos en pisos como si estuviéramos haciendo el servicio militar, dejando a la familia en el lugar de procedencia. Me acuerdo de que un día salí al balcón y los compañeros me metieron hacia dentro inmediatamente. Decían que me podían matar desde el monte Artxanda utilizando un rifle con mira telescópica. El miedo a ETA siempre fue una obsesión, pero ahora, claro está, es distinto'.

A Javier Martínez Lazaro, vocal del Consejo General del Poder Judicial, no le parece extraño que los jueces que trabajan en Euskadi estén preocupados por su seguridad: 'Allí existe una sociedad cautiva por el miedo, y los jueces no son héroes. Es razonable que tengan miedo ante una banda asesina con tanta capacidad de matar. Pero, aun así, lo que ellos notan más es que no se les protege institucionalmente, no de forma suficiente. Ahí está la razón del frío que ellos manifiestan sentir. Si quien representa a los ciudadanos no te transmite el calor de los ciudadanos... Hay que arropar a los jueces como a todos los que sufren'.

El predominio de la mujer

Cuando murió Franco ya no estaba prohibido legalmente que las mujeres accedieran a la carrera, aunque sí de facto. 'A las mujeres', dice una fiscal andaluza, 'nos aconsejaban vehemente y muy eficazmente que no nos presentáramos al examen de juez, y que optáramos en su lugar a una fiscalía'. El oficio de juez se seguía considerando cosa de hombres. No quedaba bonito una mujer corriendo los riesgos que a un juez se le supone: tomar declaración a los delincuentes, mandar a la policía, levantar cadáveres en las noches de guardia...

Aunque todo eso ha cambiado, tampoco ahora la mayoría de mujeres se refleja, sin embargo, en puestos de responsabilidad. Muy pocas presiden audiencias provinciales; algunas más son fiscales jefes, pero ninguna se ha sentado todavía en el Tribunal Supremo. Si se tiene en cuenta que hasta después de muerto Franco ninguna mujer fue juez y que para llegar al Supremo se exigía una antigüedad de 20 años -ahora 15-, hasta ahora resultaba sencillamente imposible. Aunque, a lo peor, la razón está más en lo que dice Javier Martínez Lázaro: 'A la mujer se le exige mucho más que al hombre. Hay hombres que valen y otros que no, pero a cualquiera de ellas se le exige mucho más que a los hombres que valen'.

Lo curioso es que los sectores más progresistas de la judicatura se sienten algo decepcionados con la aportación de las mujeres. Según dijo en cierta ocasión la juez Manuela Carmena, 'la irrupción de la mujer en la judicatura no ha provocado un cambio progresista, tolerante, renovador, no autoritario...'.

Un cambio de talante que, al no producirse, ha provocado cierta decepción a un lado y otro de la ley. Manuela Carmena recuerda a una mujer gitana que, al ver cómo una mujer mandaba a la cárcel a su hijo, exclamó confundida: 'Pero, señora juez, ¡si usted también es madre!'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de diciembre de 2001

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