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Tribuna:

La tele ya tiene quien le escriba

Presentación y carta de ajuste de una serie de estudios de televisión editados conjuntamente por Gedisa y la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión. El pasado 29 de octubre hubo presentación por todo lo alto y nada más y nada menos que en el Palau de la Música Catalana, prueba evidente de que la televisión y el modernismo hacen buenas nupcias. En el convite había más voluntades que invitados, pero no faltaron ideas comunicativas e hipótesis de futuro sobre este cuerpo luminoso de la realidad que llamamos televisión.

A mí me parece bien que exista una comunidad interpretativa, con nombres tan inasequibles al desaliento como Lorenzo Vilches, Enrique Bustamante, Manuel Palacio o el mismísimo Gustavo Bueno, filósofo mundano para más señas. En cuanto todopoderosa vitrina que marca el paso de nuestra existencia, la televisión es 'un objeto sin términos opositivos', por recuperar las palabras de Barthes a propósito de la pacificación cultural: 'Objeto único, ya que no se opone a ningún otro; objeto eterno ya que no se rompe jamás; objeto tranquilo, en cuyo seno todo el mundo se reúne sin conflicto'.

No quiere decirse que sobre este pacífico territorio no hayan fertilizado análisis. Pero es un hecho que la mayoría de los gestos analíticos, ya sean recusadores o idílicos, sólo han servido para atesorar las propiedades de la máquina y engrasar mejor sus mecanismos. Al cabo, la fortaleza de la televisión se ha encargado de refutar muchos análisis críticos (algunos de ellos sometidos con el tiempo a verdadera artrosis: piénsese en la 'crítica trágica' de Adorno) y de sembrar a su alrededor un aire apacible, entre la aceptación incondicional y la ironía cínica.

Para corroborar esta inercia basta abrir los periódicos por la penúltima página. Una información espontánea nutrida de prolijas consignas sobre el consumo, o mejor aún, la consumación televisiva; una reseña argumental de programas, suave y sin altercados; finalmente,una suma de sucesos insignificantes, declaraciones de programadores y publicistas (la única tribu que se cree el tinglado de las audiencias y los shares, conceptos huecos sometidos a permanente ventriloquía), y una retahíla de cifras económicas columbrando entre los déficit millonarios del presente y las promesas millonarias de sinergias futuras. He aquí un mosaico chillón y colorista sobre la televisión relacionado antes con el gasto que con el uso para subrayar más, si cabe, su servidumbre cotidiana.

Se objetará que en este cuadro funambulista no queda excluida la crítica. Pero también ahí parece vislumbrarse la estela del propio dispositivo. En primera instancia porque sabe que quienes tiran de espada, o son idólatras camuflados o se trata de sombríos estilistas apegados al ejercicio del descontento. Y luego porque la televisión ha establecido un hilo conductor entre programas y receptores, de modo que toda crítica de contenido se enfrenta a su audiencia y al cuestionar el programa se denuncia al público popular que lo sanciona. 'La televisión quiere ser vista, pero no mirada y menos aún criticada', señalaba Serge Daney, otrora excelente comentarista televisivo desde las páginas del diario Liberation. En suma, el aparato siempre tiene el privilegio de disponer de la última palabra.

Sin duda, desaparece el conflicto cuando se produce una comunión de intereses entre la oferta y la demanda, cuando por razones diversas -incluso intimidatorias- se llega a un armonioso acuerdo entre la máquina y sus usuarios. La televisión nunca da la espalda, siempre viene de frente. Y al igual que la niña zombie de Poltergeist que desde el fondo luminoso de la pantalla puede ver a todos los que la buscan, asi la televisión mira a quienes la miran para preguntarles periódicamente cómo va todo y cerciorarse de su acoplamiento.

Cierto, está la información y el directo. En el acto del Palau de la Música se recordaron los últimos acontecimientos mundiales y el papel de los media. Ya sé que la televisión estuvo allí, porque siempre está allí, obsesionada por los ceremoniales mediáticos, aunque Dayan y Katz pensaran en las bodas de la realeza y los shows electorales, y no en las Torres Gemelas para su teoría de los media events.

Tal vez el profesor Gustavo Bueno me acuse de tener un trato infantil con la televisión. En calidad de filósofo anda últimamente con homilías y anatemas sobre el asunto. Pero puedo garantizar que el otro día vi a alguien que se tragaba un kilo de salchichas sin masticar y a una niña que cantaba La bien pagá y parecia la Carol Anne de Poltergeist. A un showman farandulero y de gestos cínicos que se dedicaba a buscar cópulas -conjunciones copulativas, más bien- entre una cadena de insignificancias y un cara a cara entre vendedores de siglas, programas y moralidades. Vi la 'historia de la propia vida' de no sé quién (tenía problemas de amores y herencias, como todos) y una ficción nacional de policías, ladrones, maestros rurales o niños pijos, que no sé muy bien por dónde iba la cosa. Me di cuenta, eso sí, de que todos los programas tenían dirección asistida, tracción incorporada y podían verse a plazos y sin entrada.

Y entonces recordé un cuento de Italo Calvino, El último canal, publicado en l984 en el diario italiano La República. Trataba de un hombre que buscaba en el zapeo entre canales una caricatura de su propio deseo, sin saber que el verdadero programa recorría las vías del éter en una banda de frecuencia que no conocía, y se perdía en el espacio sin que pudiera interceptarlo. Y una vez comprendida la inutilidad de su empeño, el hombre telespectador empezaba a blandir el mando a distancia hacia la ciudad, sus fluorescencias y sus rascacielos, para terminar siendo tildado de demente -y terrorista- y recluido en un cuartucho hospitalario sin televisor.

Domènec Font es profesor de Comunicación Audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de noviembre de 2001