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Crítica:TEATRO | CRÍTICA

Una tragedia americana

A estas alturas, el texto de Eugene O'Neill -una especie de drama psicológico acerca de la conducta humana que juguetea con algunos mitos de postín- corre peligro de situarse más en la línea de la ampulosidad del culebrón televisivo que en la tragedia de fuste, y eso debido a un curioso afán poetizante que oscila entre la exactitud de la metáfora y la pesadumbre del redicho. Un triángulo clásico en la alta y la baja literatura -madre, hijo, nuera, y las derivaciones perfectamente imaginables- se fusiona aquí con el turbio mundo de los capitanes de empresa en la Norteamérica del segundo tercio del siglo pasado, de modo que la ambición personal y el engaño al competidor se entreteje con la borrascosa historia familiar de una madre absorbente, un hijo que olvidó a su pesar las ilusiones de juventud y una nuera de origen proletario que suspira por una vida mejor.

Una espléndida mansión

De Eugene O'Neill, en versión de Álvaro del Amo. Intérpretes, María Luisa San José, Angela Castilla, Pep Sellés, José Montesinos, Joan Gadea. Vestuario, Francis Montesinos. Iluminación, Josep Solbes. Escenografía, Manuel Zuriaga, Josep Simón. Espacio sonoro, Joan Cerveró. Dirección, María Ruiz. Teatro Rialto. Valencia.

Indeterminación

Es muy difícil decir con propiedad un texto que sobrevuela constantemente la caracterización de los personajes que lo sirven hasta el punto de resultar inverosímil muchas veces, en su perpétua oscilación entre lo que debe decirse para información del espectador y la manera de alta tragedia en que trata de expresarse. Es posible que esa oscilación esté en el origen de una cierta indeterminación de montaje que lleva en ocasiones a despistar al espectador, quien no siempre entiende el motivo de la conducta de los personajes, a lo que se añade aquí un problema de dirección, al menos en el sentido de que tampoco siempre los personajes acogen en su actitud o en su conducta la enormidad de lo que dicen, y también en el de que los acontecimientos, más que verse, se relatan.

Eso hace que algunos momentos álgidos de tensión dramática discurran como sin dejar el poso que cabría atribuir a la gravedad de lo que en ellos se manifiesta. Es probable que el cambio de registro de los protagonistas en el interior de una misma escena tenga en O'Neill la doble función de ahorrarse apartes y soliloquios así como de potenciar sin interrupción alguna de situación la ambigüedad de intención que les atribuye, pero lo cierto es que en esta puesta en escena ese tipo de matices llegan al espectador antes como recurso a lo arbitrario que como exponente de impulsos contradictorios en una situación enrarecida. El resumen es una cierta farragosidad grandilocuente, diseminada en escenas que algo deben a la narración cinematográfica, incluso en sus elipsis, que parece demasiado como crónica de una desaforada ambición personal y demasiado poco como recreación de los mitos clásicos a que alude.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de octubre de 2001