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CARTAS AL DIRECTOR

Antiamericanismo español

Parece sorprendente la tibia reacción popular española ante los atentados de Nueva York y Washington. Aflora en ella un añejo antiamericanismo en el que confluyen de manera un tanto confusa el viejo resentimiento de la derecha más nacionalista contra el país considerado culpable de habernos arrebatado los últimos restos del imperio colonial y el más reciente de una izquierda que no puede olvidar el apoyo de Estados Unidos a la dictadura franquista. Del primero cabe decir que se fundamenta en una culpable ignorancia de la política seguida en Cuba por España. Mil veces se ha hablado del sospechoso hundimiento del Maine, pero pocos españoles saben del muy anterior fusilamiento de los tripulantes del Virginius, acusados de proporcionar armas a los cubanos insurrectos o de las medidas, lindantes con el genocidio, adoptadas en la isla por el español general Weyler. En cuanto al segundo, es preciso recordar que si en muchos países europeos los estadounidenses pueden presentarse como los amigos sin cuya intervención difícilmente hubiera terminado la pesadilla nazi, para los españoles fueron los sostenedores de un régimen autoritario. A esto se añade la mitificación que ha hecho creer que quienes se opusieron al franquismo lucharon por la democracia, cuando en realidad muy a menudo perseguían la sustitución de una dictadura conservadora por un régimen totalitario. Sólo en España han podido pasar por demócratas los admiradores de Stalin o de Mao. Con estos antecedentes nada de particular tiene que muchos condenen en nombre de la paz cualquier intervención estadounidense o internacional contra el terrorismo. Son los mismos que aún desean dialogar con ETA. A viejos admiradores de Pol Pot y de otros genocidas no les preocupa que en Afganistán las mujeres tengan prohibido el acceso al trabajo, a la educación o a la asistencia sanitaria, o que su Gobierno respalde acciones terroristas o favorezca el tráfico de drogas. Para ellos, los norteamericanos siempre serán culpables y tendrán bien merecido lo que les ocurra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de septiembre de 2001