El novillo toreó al novillero
Algunas veces -que nadie se extrañe- son los toros los que torean a los toreros. Ocurre cuando la casta y la bravura de la res superan el mando y la técnica del matador y, en esos casos, terminan llevándolo por los caminos y los terrenos que el toro quiere.
Serafín Marín, un novillero con las lecciones poco aprendidas, fue toreado por el novillo que cerró el festejo. Se llamaba Capitán, era negro salpicado e hizo gala y honor de su sangre de Santa Coloma. Embistió siempre con bravura y sin picante y si, en un momento de la faena, prendió al torero por la pantorrilla y lo levantó del suelo no fue por sus malas intenciones, sino porque Marín no lo llevó nunca toreado y el novillo se fue a buscar la pierna, cuando, si las cosas se hubieran hecho bien, tendría que haber buscado la muleta.
Acudía el novillo con rapidez a los cites del torero y siempre le comía el terreno, se lo llevaba de allá para acá y le hacía rectificar colocaciones. A la faena le faltó mando y acoplamiento. En una palabra: toreo. Como el presidente Colmenarejo parece puesto con la consigna de dar orejas a todo quisque, sacó el pañuelo con cara de guasa y Marín se llevó un trofeo injusto.
Otra oreja cortó Luis Rubias, pero éste sí que sabe lo que se trae entre manos. Sus maneras son impecables: muleta siempre adelantada, cites dando el pecho e inteligencia para entender a sus enemigos.
Martín Quintana, con un novillo flojo, que se acabó muy pronto, anduvo frío y pegando derechazos insulsos y desaboridos. Al cuarto, que no pasaba y calamocheaba, había que saber lidiarlo. No supo hacerlo.


























































