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Crítica:25º FESTIVAL DE JAZZ DE VITORIA

Fin de fiesta fraternal

Paco es Paco, y no hay más que hablar. Lo saben los flamencos y lo intuyen los seguidores de otros géneros hermanos. Sale de gira cuando le apetece y todo el mundo se apresura a reservar fechas cuando se produce circunstancia tan extraordinaria. Sobra decir que en los festivales de jazz siempre es bienvenido desde sus ya lejanas experiencias con el trío de guitarras junto a John McLaughlin, Larry Coryell y Al DiMeola. Es muy posible que fuera uno de los pocos invitados al festival vitoriano que no sabe leer música, pero cuando se tiene un conocimiento tan innato y cabal de los sonidos, recurrir al papel pautado parece un despilfarro de celulosa.

Vitoria estuvo muy atenta a esta inusual salida del guitarrista y le situó, a modo de guinda reluciente, justo en la jornada de clausura. Paco de Lucía tiene tanta mano en el mundo de la música que hasta el tiempo, desapacible durante todo el festival, recuperó la sensatez para que se sintiera a gusto, casi como en su casa del sur. Por supuesto, sin cámaras de televisión y bien respaldado por su grupo de confianza: Ramón de Algeciras (guitarra), Jorge Pardo (flauta), Carles Benavent (bajo de cinco cuerdas) y compañía.

A pesar de tan selecta nómina de colaboradores, Paco salió, serio y reflexivo, dispuesto a refrendar en solitario su eterno romance con esa idea de guitarra flamenca imprevisible y libre de prejuicios que le animó a cultivar Sabicas. Cumplido el rito de la afinación, en su tocar hubo drama y misterio en los pasajes más hondos, y luz y calor cuando se arrimó a los aires festeros.

Genio

La temprana confirmación de genio supo a poco porque, enseguida, se fueron incorporando palmeros, percusionistas, cantaor y bailaor. Un cuadro nutrido, con los oficiantes sentados en semicírculo en sillas andaluzas de respaldo alto y decoradas a mano; sólo faltaba la hoguera en el centro. Y no hubiera estado de más ese complemento porque, quizá por la distancia física que separaba al grupo de la audiencia, la temperatura emocional tardó en alcanzar las cotas esperadas. Rafael de Utrera lució una voz de juvenil autoridad y Joaquín Grilo se dejó el alma y los tacones en la tarima, pero daba la sensación de que sobre el escenario flotaba cierta impaciencia. Convenía abreviar para hacer hueco al encuentro con Chick Corea.

Lógicamente, las cosas tomaron otros derroteros, y Paco incluso esbozó sus primeras sonrisas. Tras una primera pieza tentativa, marcada por miradas interrogantes y ajustes sobre la marcha, las fuerzas al completo afinaron la sintonía estilística para atacar con garantías la ya clásica alianza entre el Concierto de Aranjuez y el Spain, de Corea. En la primera parte del concierto de despedida, Corea había brindado un denso muestrario musical con su nuevo trío, completado por Avishai Cohen al contrabajo y Jeff Ballard a la batería. Seguramente porque se sentía moralmente obligado en ocasión tan señalada, empezó españoleando, pero después pasó a mostrar las virtudes de algunas composiciones de su disco más reciente, Past, present & futures, una especie de recapitulación general que acoge desde ciertos rasgos abstractos de su ya lejana etapa con el grupo de vanguardia Circle al clasicismo de los tríos consagrados a recrear standards. En su habitual línea virtuosa y erudita, Corea encontró en Cohen a un solista espectacular que se ganó los aplausos con facilidad y en Ballard a un espléndido batería, tan cooperativo y bondadoso que hasta permitió a sus compañeros tomar al asalto los tambores para sumarse al aquelarre percusivo final.

En el cierre de Jazz del siglo XXI intervino el magnífico pianista sueco Esbjörn Svensson.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de julio de 2001