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Una sátira feroz

La notable facilidad de George Tabori para introducir matices de envergadura en un texto siempre en riesgo de desflecarse por su enorme poder verbal ha sido muy bien vista por la puesta en escena de Carme Portaceli, que subraya con pausas de actuación los momentos más delicados de la obra, sobre todo en lo que respecta a la figura del judío -representada con todos sus atributos por Jordi Costa. Este encuentro entre un joven y ya fracasado Hitler, que derivará hacia el histrionismo político la venganza de su resentimiento, y un judío que será obsequioso con un estrafalario enemigo al que se resiste a tomar en serio, que sucede en un albergue vienés de menesterosos, podría ser todavía de más envergadura si Tabori no se hubiera dejado llevar en cierto modo por algún que otro cliché, ya que, sin duda, de los miles de austriacos que sufrieron parecidos desengaños en el periodo de entreguerras, no todos se entregaron alegremente a la ridícula pasión del genocidio. Que en la versión ofrecida en Espai Moma se incluya algún que otro chiste sobre Eduardo Zaplana, no hace sino subrayar los aspectos más débiles de un texto que no debería permitir alegrías semejantes.

Mein Kampf

De George Tabori, en versión de Maurici Farré y Victor L. Ollé. Intérpretes, Pep Armengol, Josep Costa, David Bagès, Laura Jou, Lluïsa Castell, Francesc Pujol. Vestuario y espacio escénico, Antoni Bueso. Iluminación, María Doménech. Banda sonora, José A. Gutiérrez. Dirección, Carme Portaceli. Espai Moma. Valencia.

Aparte de la peligrosa manía que se va desarrollando en el Hitler joven, el sujeto real de la obra es Herzl, un judío culto y resabiado, irónico en su sabiduría, que no encontrará el modo de evitar el servilismo hacia quien habrá de ser su verdugo simbólico. Es éste el aspecto más interesante de un autor que conoce bien a los suyos y que tal vez sospecha que actitudes de esa clase también contribuyeron a la consumación del Holocausto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0029, 29 de enero de 2001.