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Reportaje:

Adiós a la aventura vegetariana

Domínguez, Cuesta y Perdiguero se quedan tirados y sin equipo por la desaparición del Linda McCartney

El Linda McCartney era un equipo que caía simpático en el mundo del ciclismo porque llevaba el nombre de la fallecida mujer del beatle Paul, que en realidad es una empresa de comida vegetariana, y porque obligaba, nominalmente, a sus corredores a someterse al credo vegetariano y renunciar a la carne. Era un equipo pequeño y animoso que se ganó el corazón de muchos aficionados al lograr participar en el pasado Giro e incluso ganar una etapa.

Como todos los pequeños, quiso crecer. Buscó copatrocinadores (unas bodegas australianas, Jacob's Creek, y la marca de coches Jaguar pusieron su emblema en el maillot), aumentó su presupuesto y fichó corredores importantes y caros, entre ellos los españoles Juan Carlos Domínguez y Miguel Ángel Martín Perdiguero, libres por la desaparición del Vitalicio, e Iñigo Cuesta (ex ONCE). También contrató a un australiano carismático y medio vasco, Neil Stephens, para hacer de enganche. Eran tan simpáticos que hasta la UCI (Unión Ciclista Internacional) les dio luz verde y les permitió competir pese a que no habían depositado el obligatorio aval (un tercio del monto total de los contratos) para hacer frente a posibles desventuras.

Hace 10 días se fueron a Australia a correr el Tour Down Under, la primera carrera de la temporada y, posiblemente, la última del equipo. La aventura vegetariana, nacida hace un par de años, está a punto de terminar, justamente la víspera de su presentación en Londres. El motivo es bien sencillo: no hay un duro. Los corredores no cobran, nadie cobra, y el mánager, el británico Julian Clark, quien en teoría recibe y maneja el dinero de los patrocinadores, está en paradero desconocido. Corredores, mecánicos, masajistas... todos buscan un contrato de última hora, ahora que todos los equipos tienen el presupuesto cerrado

'Todo empezó a olerme mal al llegar a Australia', cuenta Juan Carlos Domínguez desde Londres. 'Cuando Max Sciandri, un veterano del equipo, nos dijo que aún no había cobrado los atrasos del año pasado me puse nervioso y empecé a preguntar y a verlo todo negro. Me enteré de que Jaguar no había puesto dinero, de que Clark no sabía manejar el negocio y de que Stephens, el director, un buenazo ingenuo, había adelantado dinero propio para comprar material. Pedí garantías de que me iban a pagar y nadie me las pudo dar. Al irme, me tocó pagarme el hotel de la carrera australiana, y también el billete de vuelta. Éramos un equipo majo, con muchas ganas y gente muy buena y nos hemos quedado en la calle. Y como no hay aval en la UCI, ni siquiera podremos sacar un duro de indemnización. Y vete ahora a buscar otro equipo: te darán lo que quieran y no nos quedará más remedio que aceptarlo. Nunca creí que pudiera pasarme esto, y menos en el siglo XXI y en un equipo británico'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 25 de enero de 2001