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Tribuna:

Una ventada de lucidez

Tan sólo hace unos días que hablaba con Ernest Lluch acerca de la frustrada candidatura para dirigir el Barça de sus amores, en la que participó, y de la gran oportunidad política que malograba el PP valenciano al rehusar comparecer en el gran proyecto editorial que constituye el Diplomatari sobre la familia Borja. Fue una charla cálida, un reencuentro que cerraba la prolongada frialdad residual condensada en los ya lejanos años de la actividad política compartida en la que, codo con codo, apostábamos y disputábamos por opciones distintas para aquel socialismo primerizo valenciano.No viene al caso volver sobre aquellas diferencias que, de rememorarlas ahora, no revelarían otra cosa que la singular perspicacia y pragmatismo de Lluch para otear el sesgo histórico que se avecinaba, el papel relevante que le aguardaba al PSOE -cuando por estos pagos era poco más que una referencia libresca- y las flaquezas doctrinales y organizativas del colectivo socialista indígena con vocación autóctona, esto es, el PSPV que alboreaba. Él acabaría llevándose el gato al agua, aun cuando en el empeño forzase hasta el límite amistades entrañables, como la que le unió a Vicent Ventura, de quien puedo asegurar que sangró el distanciamiento personal hasta que, felizmente, se saturó con un abrazo propiciado por la estima y admiración mutua que se profesaron.

Un episodio que evoco en tanto que expresivo del rigor y coherencia de aquel joven profesor que, en 1974, sacudió el embrión de un partido político -el mentado PSPV- que se nutría ideológicamente de Joan Fuster y dosis vagas e indeterminadas de nacionalismo, marxismo y fabianismo. El joven profesor, con su ventada de lucidez y su más densa experiencia a cuestas, comenzó por cuestionar algunas tesis fusterianas, la misma praxis política y el esquema orgánico al que nos ateníamos los adoctrinados por el pensador de Sueca liderados por Ventura. Metabolizar estos cambios provocó tensiones y chirridos, que no eran sino el tránsito a la incipiente madurez partidaria, exenta hasta entonces de debates internos y pugna por el control de la dirección. En este aspecto tiene razón Fabián Estapé cuando resalta en sus memorias el papel revulsivo que su discípulo preferido desempeñó en el socialismo valenciano.

Con Lluch y su exquisita guardia pretoriana, formada por una docena de docentes universitarios (los llamados Socialistas Independientes, remisos a toda disciplina que no fuese la de su líder natural), hubo que modificar las pautas de conducta política en el sentido de abrir el diálogo a otros grupos y dejar de lado las improvisaciones. Su proverbial información, fruto de su vasta curiosidad y la inteligencia que traslucían sus propuestas, nos instaló en la dimensión de la política como dedicación y profesión. Fue otra manera de marcar la diferencia, y siempre a su favor.

Mientras residió en Valencia estuvo en el vórtice de los acontecimientos políticos y culturales, empapado de nuestros problemas como uno más de nosotros, aunque señero. Con los Deu d'Alaquàs y en muchos otros frentes. Con su saber y su humor, tras el que se emboscaba una humanidad tímida y tierna. Sus asesinos no saben hasta qué punto nos han empobrecido, ni cómo han acrecido la rabia y el desdén hacia todos ellos. Canallas de mierda.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 23 de noviembre de 2000