EL PERFIL

FEDERICO MAYOR ZARAGOZA Nuestro hombre en París

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ederico Mayor Zaragoza, director general de la Unesco durante trece años ininterrumpidos hasta 1999, constituye un caso misterioso de granadino a distancia. Aunque nació en Barcelona hace 66 años, y ha vivido en París y Madrid principalmente, en Granada se le dispensa el trato correspondiente a un paisano ilustre e incluso a un padre espiritual. Mayor, por su lado, ha guardado fidelidad veraniega a la ciudad donde comenzó su trepidante biografía intelectual y su carrera política. De hecho el único componente de la jet-set de Granada es él. Cuando asoma el verano, y las revistas comienzan a desmenuzar los nombres de los tipos famosos que llegan a raudales a las costas andaluzas, Mayor es el único bañista de Granada, después de la muerte del rey Balduino de Bélgica, capaz de contrarrestar el imponente censo de personajes populares que se apretujan en las playas de Marbella. La entrevista que el diario local hace a Mayor Zaragoza cada mes agosto es un suceso semejante a la festividad de la Virgen del Carmen.

Una relación tan estrecha sólo se explica por su antigüedad. El futuro director de la Unesco obtuvo la cátedra de Bioquímica de la Universidad de Granada en 1963, con sólo 29 años; en julio de 1968 fue nombrado rector y, como consecuencia del puesto académico, procurador de las Cortes franquistas. Granada fue el trampolín que le llevó a ocupar la vicepresidencia del Centro Superior de Investigaciones Científicas y a formar parte, como subsecretario de Educación y Ciencia, de uno de los últimos gobiernos de la dictadura.

Su carrera no se detuvo ahí y dos años más tarde, en las primeras elecciones de la democracia, fue elegido diputado por Granada por la Unión del Centro Democrático. En esa época comenzó su despegue internacional y su alejamiento físico de la provincia. En julio de 1978 accedió al puesto de director general adjunto de la Unesco, cargo que mantuvo hasta 1981 en que fue nombrado ministro de Educación y Ciencia por Leopoldo Calvo-Sotelo.

Lo que vino después, hasta su elección como director de la Unesco en 1987 por un primer periodo de seis años, aconteció fuera de Andalucía, pero en Granada su memoria siguió vinculada estrechamente a las querencias ideológicas que frecuentó en sus comienzos. Mayor siguió siendo para algunos el procurador de Cortes, el científico precoz y el diputado del partido de centrista.

Su biografía posterior no ha mermado esta imagen antigua. De hecho, durante su dilatada y definitiva ausencia, Mayor fue una especie de patrón espiritual del ala conservadora de la cultura de la ciudad, el nombre que se pronunciaba en los casos extremos, el juez a quien la derecha confiaba todas sus dudas.

¿Se está cayendo el Albaicín? Pues que avisen a Mayor Zaragoza. ¿Los socialistas están vilipendiando la Alhambra? ¡Ya se enterarán cuando lo sepa Federico! ¿Qué no tiráis el edificio del restaurante Rey Chico? Pues que intervenga el juez supremo e imponga los correctivos necesarios.

Este gobierno espiritual del paisano ilustre, sin embargo, fue más iluso que real. Desde París, el director de la Unesco respondió a casi todos los casos que le planteaban desde la remota provincia pero no siempre con los matices políticos que suponían sus viejos amigos. Cuando la Unesco, en un informe, apostó por mantener el polémico restaurante del Rey Chico y darle un uso cultural en lugar de derribarlo, hasta el propio alcalde, Gabriel Díaz Berbel, percibió una suerte de traición. ¿Es que Mayor se había transformado? ¿Se había convertido en otro? El científico que comenzó su carrera en el centro experimental del barrio del Zaidín, en efecto, había cambiado mucho. La experiencia internacional no dejó indiferente al asesor de Adolfo Suárez. En cierta Granada, sin embargo, la vida había permanecido estática, asida a sus viejas fidelidades y a sus problemas obtusos.

El amigo Federico (nuestro hombre en París) andaba en plena lucha por el respeto a los derechos humanos, por el bienestar de la infancia y por el pacifismo. Criticaba las estrategias de la OTAN y arremetía contra el Fondo Monetario Internacional por olvidar a los pobres. "Lo único que se globaliza de verdad es la miseria", dijo. Pero aquí nadie se había enterado.

Hace pocos meses, después de dejar la Unesco en medio de acusaciones de corrupción reproducidas en España por el diario Abc, una periodista le preguntó: "¿Es usted el último baluarte de la izquierda anticapitalista?". Respondió entre risas: "Soy el último mohicano". ¿Qué pensarían de él en Granada?

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 23 de enero de 2000.

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