Austria venga los goles a patadas

España arranca una importante victoria en Viena tras un partido de más agresividad que juego

El traductor tenía toda la razón. La promesa austriaca de juego duro se refería exactamente a una actitud agresiva, casi violenta; en ningún caso, como se trató de corregir cuando se conectaron las alarmas de la FIFA, a una cita difícil. El aviso de violencia era completamente cierto. Austria repartió entradas de todos los colores, castigó tobillos, marcó espaldas, tatuó con tacos varios muslos, pisó, empujó y arrolló a cualquier cuerpo que se le puso por delante. La selección anfitriona le envió un mensaje nítido al combinado español: jugáis mejor, sois buenísimos, superiores, pero en esta portería no volvéis a dejar nueve goles. Con semejante panorama, España hizo lo único que podía: ganar y punto. La bandera de la patada al enemigo la ondearon principalmente Winklhofer, el gigantón con más pinta de boxeador que de futbolista que se encargó de la tortura de Raúl; Hatz, el vigilante de Morientes, pero también Kirchler y Mählich. Tanto ardor pintó de color local el primer tramo.

AUSTRIA 1 ESPAÑA 3

Austria: Manninger; Winklhofer, Streiter, Hatz; Ibertsberger, Cerny, Mählich (Schop, m. 60), Kühbauer, Kirchler (Weissenberger, m. 67); Vastic y Mayrleb.España: Cañizares; Salgado, Hierro, Paco, Sergi; Etxeberria (Mendieta, m. 80), Guardiola, Valerón (Engonga, m.71), Luis Enrique; Raúl y Morientes (Guerrero, m. 87). Goles: 0-1. M. 23. Hierro lanza en largo, Luis Enrique amortigua y Raúl remata de volea. Manninger rechaza y Raúl marca. 1-1. M. 49. Kirchler saca un libre indirecto, Luis Enrique se abre de la barrera y Hierro marca en propia puerta. 1-2. M. 55. Hierro de golpe franco. 1-3. M. 88. Luis Enrique, de cabeza. Árbitro: Piraux (Bélgica). Amarilla a Kirchler, Hatz, Guardiola y Engonga. Estadio Ernst Happel 30.000 espectad

Más información

España bastante tenía con sobrevivir, con escapar de la camilla. Pero le costó apoderarse de la pelota. Y hasta sufrió, especialmente por su banda derecha, donde Michel Salgado y Etxeberria volvieron a insinuar problemas de convivencia. Fue por ese costado, con las carreras de Kirchler y las apariciones por sorpresa y en solitario de Mayrleb, por donde Austria hizo soñar a la grada. También hizo daño Kühbauer por el centro, aprovechando las carencias defensivas de Guardiola y su propio plus de motivación. Pero entre el palo (desvió un precioso remate curvado de Mayrleb, minuto 18) y Fernando Hierro, enorme ayer en todas las suertes del juego, aliviaron a los españoles en los instantes de mayor complicación.

Y fue justo después de los mayores sudores cuando España se ajustó el partido a la bota. Sucedió segundos más tarde de que el colegiado castigara a los austriacos con la primera amonestación y de que otra irrupción de Mayrleb hubiera situado a su equipo a escasos centímetros del gol. Hierro golpeó en largo, Luis Enrique dejó la pelota suelta dentro del área y Raúl probó por primera vez a Manninger, que hasta entonces sólo había pasado miedo en los lances a balón parado. Fue el propio Raúl el que se aprovechó de la pasividad de los zagueros rivales -sólo preocupados de tumbar zamarras rojas, jamás del balón-, agarró el rechace del portero del Arsenal y marcó.

Fue suficiente el gol para que Austria enseñara toda su debilidad. No volvió a aparecer el grupo de Otto Baric ni sus patadas. España se apropió al fin de la pelota, y aunque mantuvo su inoperancia por los flancos, por donde nadie fue capaz de desbordar, agarró el mando. Lo hizo por el centro: Hierro desde atrás, Guardiola y Valerón en el medio, y Raúl en punta convirtieron la última media hora del primer tiempo en un monólogo de balón. Aburrido, inofensivo, sin ninguna ambición (sólo vestido de peligro en una sublime vaselina de Raúl con la derecha), pero monólogo al fin y al cabo. Una fórmula eficaz para mantener, al menos, a salvo el resultado.

Justo cuando se rozaba el descanso, dos poderosas arrancadas de Kühbauer despertaron a su selección, que volvió al campo en el segundo tiempo con el traje de pirata puesto. Sin embargo, España no perdió el gobierno. Tampoco tras el tempranero empate, que llegó tras una interminable cadena de errores a la salida de un golpe franco. Otra vez, en una acción a balón parado, el apartado por donde la selección de Camacho parece sangrar más. Pero no tuvo consecuencias, lo dicho, el 1-1. Hierro redondeó su partido con un gol magistral de libre directo, y su equipo, a partir de un simple intercambio de posiciones - Luis Enrique se fue a la derecha y Etxeberria a la izquierda-, conquistó al fin las bandas y la profundidad de su juego. Fue por la que corrió Etxeberria por donde España arañó el mayor peligro.

La cortedad del resultado, y algunas contras de los austriacos, más cargadas de entusiasmo que de artillería cierta, insinuaron que la contienda estaba todavía en el aire. Pero no. España tenía los puntos bien guardados ya en el bolsillo. No se repitió el 9-0, pero sí el triunfo hispano, agrandado a última hora por Luis Enrique. Y, efectivamente, la anunciada venganza austriaca se consumó: no se trataba de llenar de goles a los españoles, sino de cardenales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 04 de septiembre de 1999.

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50