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"Quiero ver a mi hijo entre rejas"

El padre de Poli dice que el famoso púgil es un peligro para la sociedad

Su rostro todavía está amoratado. Nicolás Díaz, de 60 años, padre del boxeador Poli Díaz, de 27 años, regresó anteayer, lunes, a su domicilio de Vallecas. De allí había huido en la noche del 31 de julio tras denunciar a dos de sus hijos -al famoso púgil y al menor de los varones, Angel, de 17 años- por haberle propinado una brutal paliza. Desde el día en que salió del hospital, Nicolás no había aparecido por su casa, y ha estado viviendo con su hermana Emilia en el barrio de Moratalaz. Ayer accedió a hablar con una periodista de EL PAÍS y dejó que se le hicieran las primeras fotos tras el suceso."No le tengo miedo a Poli. Ojalá me matara para que lo metieran entre rejas y no saliera nunca más. Sólo quiero verlo entre rejas. Es un peligro para todo el mundo". El padre de Poli hablaba así sentado en una silla de su salón-cocina, en la vivienda prefabricada que se construyó en el patio contiguo al piso familiar.

"Mira cómo tengo la cara. Todo esto sigue morado [señala la nariz y el cuello]. Todavía echo sangre por la boca. ¡Y dicen que me caí! Menuda caída de puñetazos". Con las lágrimas a punto de reventar, Nicolás -que vive de las 47.000 pesetas del paro- recordó los golpes que le regalaron sus hijos el día de su 60º cumpleaños. "Yo había entrado en mi casa a por un botellín. Entonces, por la ventana, me llamaron mis hijos. Me asomé y, sin mediar palabra, me pegaron varios puñetazos en la cara. Salí a la calle a pedir auxilio. En la escalera escupí una bocanada de sangre".

Hace cinco años que Nicolás Díaz decidió romper con su familia. Lleva una vida independiente. Sólo tiene trato con tres de sus seis hijos. "La culpa de que la familia esté rota la tiene mi mujer. El triunfo de Poli los ha subido a las nubes".

Antes de despedirse, Nicolás añade: "En estos días que he estado fuera mi mujer me ha quitado el televisor [el que le había regalado Poli Díaz junto con la lavadora]. Qué venganza más pobre".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de agosto de 1995