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LA JORNADA DEL SÁBADO

Una noche de corriente alterna

Zamorano continúa su racha y marca los dos goles del Madrid al Logroñés

Santiago Segurola

El Madrid conoció los primeros rigores de la Liga. Nada especial, si se mira el resultado y el contenido del encuentro. Fue una victoria sencilla, construida sobre un fútbol de corriente alterna. El equipo perdió y ganó el hilo del partido en numerosas ocasiones, casi siempre sin motivos aparentes. De repente le venía la flojera y se le iba la onda: no tocaba y no pensaba. Pero cuando se encendía la luz ocurrían cosas como el segundo gol, un fogonazo de velocidad y precisión. En esos momentos, el fútbol del Madrid tenía una pureza cristalina, pero el conjunto de su juego fue muy discontinuo.El partido tuvo un valor didáctico. La mayor cualidad del Logroñés es extrafutbolística. Tiene la condición de los supervivientes. Se sostiene por orgullo, por una especie de resistencia moral que impregna al equipo cualquiera que sea su entrenador o sus jugadores. El último desguace se interpretaría como una sentencia de muerte: Salenko, Poyatos, Iturrino, Lopetegui, Romero. Pero el Logroñés se agarra a lo que tiene y flota. Vive con sufrimiento y sobrevive con entusiasmo. Como era de esperar, el Logroñés ofreció en Chamartín ese lado aguerrido, indesmayable. Y por ahí tomó el Madrid la primera lección de la temporada: le esperan muchos partidos de esta clase.

La victoria del Madrid se produjo por la diferencia abismal entre los dos equipos. Uno dispone de excelentes fútbolistas, el otro tiene soldados, o algo parecido. Resultaba admirable la abnegación del Logroñés, su terquedad para admitir el signo de las cosas.

El Madrid, que venía del cielo, fue un equipo terrenal. Dispuso de la pelota menos de lo previsto y jugó con demasiada impaciencia cuando la tuvo. Al equipo le convenía tocar, sentirse cómodo con el balón y llevar el partido a su terreno. Pero eso ocurrió aquí y allá. En medio de las apariciones del Madrid quedó partido muy fragmentado, cercano a la línea vitalista del Logroñés. Quizá por eso salió vivo del Bernabéii.

Como se esperaba, la primera medida del Log roñés pasaba por contener a Laudrup. El poder de intimidación del centrocampista del Madrid es impresionante. Vale por lo que juega y por lo que asusta, Por supuesto recibió una marca individual, un chico que apareció en la cartelera con el nombre de Felipe. Debajo se escondía un apellido más conocido por la parroquia madridista: Herrero. Jugó en el Castilla y Toshack le tuvo fe durante algún tiempo. Pero las lesiones pudie ron con él. Ahora juega en el Logroñés y está sometido a misiones ingratas. Marcar a Laudrup, por ejemplo. La intención del Logroñés era establecer un cortocircuito en el centro del campo del Madrid. Lo consiguió a veces, y no siempre se debió al marcaje a Laudrup, que irrumpió para matar en cinco o seis ocasiones y puso a Herrero en graves aprietos. El Madrid tenía problemas para atar todos los cabos del centro del campo. Michel y Martín Vázquez jugaron por debajo de sus últimas actuaciones. Y Milla estuvo correcto, demasiado correcto. Recuperó y pasó impecablemente, pero le faltó un punto de decisión, de grandeza. De presencia.

Las imperfecciones del Madrid no impidieron que el partido fuera suyo en todo momento. Cualquier arranque de calidad ponía al Logroñés al borde la lona. El gol se hacía inminente cuando se asociaban los centrocampistas del Madrid para elaborar una jugada. El resto quedaba para Zamorano, que vive en un estado de efervescencia. Marcó los dos goles y perdió alguno más por exceso de apetito. Lo último que se le puede achacar a un goleador es el pecado de egoísmo, pero Zamorano da la impresión de estar cegado por la luz. Aquel remate al cuerpo de Vergara hubiera merecido el pase a Dubovsky, libre en el área después de haber realizado una jugada magistral. Pero Zamorano está ahora mismo en una misión. Quiera reivindicarse por encima de cualquier otra cosa. Y busca los goles, las ovaciones, la aprobación de Valdano y la admiración de la crítica. Sin embargo, la impresión es que necesita rebajar un punto el tono abrasivo de su juego para ganar un poco de perspectiva en el área.

En cualquier caso, Zamorano marcó los dos goles del Madrid. Ahora mismo se siente elegido. En esas condiciones cualquier remate vale, como ése del primer gol, un, centro de Michel que buscaba a Dubovsky pero necesitaba a Zamorano para convertirse en gol. El segundo fue otra cosa. Lasa, el madridista menos dotado con la pelota, se soltó el pelo en una jugada sensacional. Para elevar la acción a la cumbre, intervino Laudrup, que tiró una pared impresionante al lateral.. El pase final de Lasa con fundió a todos. Parecía de Michel: raso, bien trazado, con tranquilidad, hacia Zamorano, que empujó. Fue la jugada del partido.

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