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Instruir deleitando

Cruyff encuentra en el 'rondo' una forma ideal de no aburrir en los entrenamientos

"¡Mal, Nadal, siempre hay que dar el pase de cara!", grita un enfadado Johan Cruyff a su jugador, que acaba de enviar la pelota a un contrario. El mallorquín reconoce su error y lucha para recuperar el balón perdido. La frase del entrenador no se escuchó en un partido de fútbol. Esta acción puede observarse cada día en un entrenamiento del Barcelona. El lema es: divertirse entrenando y, para ello, si hace falta, Cruyff incluso cruza apuestas con Stoichkov.

Los jugadores azulgrana no se aburren en los entrenamientos. Lo que más odia un futbolista es el entrenamiento físico y las charlas tácticas. Lo que quieren es el balón, y Cruyff se lo da. Algún mal pensado afirma que Io que busca el holandés no es que sus jugadores no se aburran, sino divertirse él mismo. El holandés resume todas las necesidades físicas, tácticas, estratégicas y psicológicas para una buena puesta a punto en una sola pieza: el rondo. "Todo lo que es un partido, excepto el remate, está concentrado en el rondo", asegura Eusebio, "cómo jugar cuando se tiene el balón y estás presionado; cómo evolucionar cuando el rival tiene la pelota para recuperarla; el aspecto competitivo, la lucha por los espacios, el ejercicio..."

Un rondo se juega en un cuadrado de unos 15 metros de lado. En un lateral se coloca Cruyff y en el contrario, su ayudante Charly Rexach; en medio, 12 jugadores divididos en dos equipos. Los que tienen el balón se distribuyen ocupando todo el cuadrilátero: cuatro en las esquinas y dos en el centro, de forma rotativa; su juego es pasarse el balón, moverse, apoyar al que lo lleve y desmarcarse. Los rivales deben quitarles el balón; para ello tapan huecos, cubren y presionan. El premio, la posesión del balón, y vuelta a empezar. Los futbolistas se lo toman en serio. A veces hasta se producen entradas duras.

El técnico holandés todavía da muestras de su calidad y deleita a las decenas de espectadores con su maravilloso toque. Aunque, como dice un jugador, "lo tiene más fácil, no se mueve". Cruyff y Charly no luchan por la pelota ni cambian de sitio, siempre van con el que tiene el cuero.

Apuestas

Cruyff debe conocer la anécdota de aquel técnico argentino que al llegar a un nuevo equipo anunció su intención de efectuar entrenamientos por la mañana y por la tarde. "No podrá", le dijeron los periodistas, "esta plantilla está muy mal acostumbrada y le harán la vida imposible". "Déjenme hacer a mí", les respondió el entrenador. A las pocas semanas, los reporteros contemplaban boquiabiertos cómo los jugadores más vagos no sólo se entrenaban seis horas diarias, sino que lo hacían contentos. "¿Cómo lo ha logrado?", preguntaron sorprendidos al entrenador. Y éste, zorro viejo, les contestó: "Muy sencillo. El primer día que les propuse continuar la sesión por la tarde los veteranos me dijeron: 'míster, déjelo, estamos muy cansados', pero entrené con sólo cuatro o cinco jóvenes. Al día siguiente, éstos dijeron a los viejos: 'lo que os habéis perdido, hemos hecho una parrillada para comer aquí, en el campo, han venido nuestras mujeres y novias, y nos hemos divertido de lo lindo'. Al día siguiente, ya tuve a los 20 jugadores todo el día".

Para practicar otra faceta fundamental del partido, el remate a gol, Johan Cruyff suele recurrir a veces a una práctica similar: jugarse el dinero, él, personalmente, frente a quien le retara. "Hace años, cuando estaba Onésimo", recuerda Eusebio, "era normal que Cruyff hiciera apuestas con los jugadores para comprobar su habilidad: por ejemplo, quién tira más veces seguidas el balón al poste".

La práctica se mantiene, pero de forma mucho más esporádica. De vez en cuando alguna apuesta peculiar salta a la luz, como las 5.000 pesetas que se jugó Cruyff la pasada semana con Stoichkov por balón que, lanzado con el pie a 15 metros de distancia, chocara con el larguero. El búlgaro de la izquierda de seda lanzó el primero: agua. El profeta del gol, sin tomar carrerilla, tiró con la derecha, blanco. Así, hasta seis disparos. En el séptimo, el holandés, aburrido por la falta de alicientes, se permitió el lujo de chutar con su pierna mala, la izquierda: también larguero. Stoichkov bajó la cabeza y se marchó resignado, recordando un baño parecido, cuando en otra apuesta en la que el objetivo era lograr gol desde el banderín de córner, Cruyff le endosó otro tanteo de escándalo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de abril de 1992