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Tribuna:

Ante el XIII Congreso deI PCE, ¿continuidad o refundación?

El congreso del PCE que se celebrará desde hoy, jueves, hasta el próximo domingo es el primero que se produce tras las revoluciones democráticas que han arrasado las sociedades del llamado socialismo real. Los dos textos que se incluyen tratan de examinar las distintas posiciones que, en todo caso, corresponden también a dos conceptos del papel de la izquierda en una sociedad democrática. Un congreso que previsiblemente tendrá en las relaciones con Izquierda Unida una de las piezas esenciales del debate entre quienes se niegan a aceptar la disolución e integración del histórico partido en la coalición y quienes ven en ello la última oportunidad de actualizar el legado.

No considero necesario recordar el origen histórico del PCE, así como su progresivo distanciamiento, desde finales de los sesenta, respecto del PCUS. Pero esta afirmación debe ser completada con otra que, sin embargo, suele pasarse por alto: pese a su heterodoxia, el PCE nunca se concibió a si mismo —ni objetivamente podría ser concebido— al margen de esa realidad que se ha hundido en toda Europa en estos dos últimos años. En relación con esto, es necesario poner de relieve, aparte de otros argumentos que podrían aducirse, un dato fundamental, como es el carácter limitado de la crítica dirigida a los países del socialismo real: es una crítica "desde dentro" y básicamente circunscrita en su formulación a los elementos que, en el lenguaje del marxismo vulgar, llamaríamos superestructurales: el PCE defendía un socialismo en libertad y democracia, pero sobrentendiendo que el socialismo real, construido sin libertad, seguía siendo al fin y al cabo socialismo; más o menos imperfecto, pero con unas relaciones de producción socialista a las que era necesario vitalizar con una reforma democrática de la sociedad y sus aparatos de poder.

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De esta manera se comprende también la forma en que el PCE alineó, desde los primeros momentos, con la perestroika de Gorbachov, concebida como un movimiento de reestructuración o reforma del comunismo, pero sin renegar de sus presupuestos fundamentales: se habían invertido los papeles y, con cierta ingenua presunción, se afirma que Gorbachov había venido sencillamente a convalidar como justa heterodoxia del PCE.

En estos momentos, parece evidente que los intentos de reforma o regeneración del comunismo desde dentro han experimentado un clamoroso fracaso, puesto de manifiesto en los procesos electorales que han tenido lugar en los países ex comunistas en los desarrollos que, tras el fallido golpe de agosto, vive la antigua Unión Soviética. El más importante y prestigioso de los partidos comunistas de Europa occidental, el PCI, por su parte, ha cambiado de nombre y abandonado sus señas de identidad originales.

A la vista de este panorama, cabe preguntarse: ¿tiene algún sentido el empeño en mantener la denominación de comunista y una estrategia de cambio social acorde con la misma? No se trata de negar las contradicciones que continúan existiendo en la sociedad actual y la necesidad de combatir por superación. La cuestión en sí: para este combate siguen siendo válidos los instrumentos —incluyendo los símbolos y los mitos— propios de una ideología desacreditada por la historia y que, como explicaba en estas mismas páginas Santos Juliá, sobrevive precisamente como ideología en el sentido marxiamo del término, es decir, como falsa conciencia.

El temor que albergamos muchos —o algunos— de los que, pese a todo, hemos continuado hasta el presente en el PCE es que lo que bajo este nombre sur de este XIII Congreso sea, no una formación comunista —-inviable a estas alturas de la historia—, sino una especie de izquierda anónima, dispuesta a pasar del rojo al verde, según vayan pintando las diferentes manos de la partida, en el bien entendido de que ésta se juega, en todo caso, a la contra, como corresponde a un partido antisistema o de resistencia que, so pretexto de reclamarse poseedor de estrategias y programas alternativos, se sitúa en una posición marginal, tanto en el escenario nacional como en el europeo o, general, internacional.

Por mi parte, entiendo que el PCE hubiera debido emprender hace ya algún tiempo —pero, en cualquier caso, no más allá de este congreso un proceso que le condujera a dar vida a una nueva formación de izquierda, dotada de un programa democrático y reformista que, manteniendo su propia autonomía política y organizativa, se alineara en el campo del socialismo democrático, desarrollando una estrategia de colaboración y convergencia con los partidos integrados en la Internacional Socialista.

Conscientemente he procurado razonar, a lo largo de las anteriores consideraciones, partiendo de una lógica interna al propio PCE. Existen, sin duda, razonamientos ulteriores que podrían aducirse para sostener la conveniencia de orientar las energías del viejo PCE hacia el área o espacio político del reformismo democrático. Me refiero, naturalmente, a la cuestión de las relaciones entre el PCE y los restantes componentes de IU. Estos razonamientos serían aún de mayor peso —al menos desde el punto de vista táctico—, pero en todo caso parece que deberían ser puestos sobre el tapete a partir del resultado, previsible, del congreso que se abre el día de hoy.

Fernando Pérez Royo es militante del PCE y eurodiputado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de diciembre de 1991