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Doble guiño a la muerte

En 1980 se salvó de morir, junto con otros 39 hombres, porque saltó sobre las llamas cuando la policía guatemalteca decidió acabar con una ocupación reivindicativa de campesinos guatemaltecos asaltando la misión española en el país suramericano. Además del embajador, sólo hubo otro superviviente, que fue secuestrado del hospital donde estaba ingresado y apareció asesinado.Cajal, convertido en único testigo, se volvió a salvar porque su cama, en el mismo hospital, estaba protegida por la atenta mirada de varios embajadores que se turnaban para acompañarle. El embajador declaró que los asaltantes "pasaban de todo, del embajador y de la madre que les parió". Ahora recuerda que tuvo mucha suerte.

"Aquello fue una vulneración del convenio de Viena sobre inviolabilidad de las sedes diplomáticas. Pero el régimen del general Lucas García, que era genocida, no respetó ningún llamamiento. El régimen quería evitar que los campesinos expusieran lo que estaba ocurriendo en el norte del país. El Gobierno puso fin a esa denuncia pretendiendo que no hubiera supervivientes. El protocolo sólo sirve para los países civilizados o para personas que quieren participar en estas reglas de juego". La pesadilla no acabó para Cajal con el humo. "Como tuve suerte y me salvé, trataron de callarme descalificándome y se instrumentó durante un año una campaña de desinformación contra mí".

El embajador tenía hasta entonces una idea académica de la represión. "En la embajada realizábamos un seguimiento de las violaciones de los derechos humanos. Aquello era una estadística de desaparecidos y actuaciones de los escuadrones de la muerte. Luego, como los 39 que murieron, viví la represión en mi propia carne. Ahora sé que la represión institucionalizada puede llegar hasta límites insospechados".

Posteriormente, en agosto de 1981, y tras una recogida de firmas de apoyo en la que participó un centenar de compañeros, Cajal, en desagravio, fue nombrado cónsul general en Nueva York.

Mantener el tipo

En 1989, 11 años antes de que le llegue la edad de jubilación, dice que ya ha llegado a su techo. "Veo mi futuro sombrío; me gustaría tener una casa fuera de la ciudad, en el campo, y ahí dedicarme a la lectura y los paseos. Tengo pocas ambiciones. La vida hay que llevarla con resignación porque es una película que acaba mal. Hay gente que lo ve con mucha serenidad, pero mi postura es mantener el tipo. Como otros se aferran a la religión, yo me aferro a la profesión. Tengo una visión puritana de la vida, con un amplio sentido de la estética. Hay que caminar con dignidad por el sendero hasta llegar al precipicio".

Cajal no ha estado más de cuatro años en ninguno de los puestos que ha ocupado; su media reconocida son dos años y medio. "Tengo una visión de albañilería de esta profesión: hay que construir sobre lo que ha hecho el anterior y dejar que otro culmine la obra", explica.

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