Qué queda de ti, que queda de mí

Han transcurrido 56 años desde que nació en Bruselas en 1929. Treinta y dos desde que llegó a París en 1953 y grabó su primer disco. Veintiocho desde Quand on n'a que l'amour, su primer éxito. Dieciocho desde que en 1967 anunció su retirada de la canción para dedicarse al cine protagonizando la película Les risques du metier, de André Cayatt, y lanzarse a su última experiencia sobre los escenarios poniendo en pie El hombre de La Mancha, la adaptación del Quijote, una obra que le apasionaba. Catorce desde que dirigió su primera película, Franz. Ocho desde que volvió, ya enfermo, a París para grabar el que sería su último disco, del que se vendieron más de un millón de copias en tan, sólo unas semanas. Han transcurrido, en fin, siete años y algo menos de dos meses desde que el 9 de octubre de 1978, tras pedir una cocacola y anunciar, citándose a sí mismo con irónica lucidez, "no os abandonaré", el cáncer de pulmón que le acompañaba desde hacía tiempo se decidió a cortar los cables que le conectaban con la vida.Es una buena ocasión para preguntarnos qué queda ahora de Jacques Brel y, también, ¿por qué no?, qué queda de uno en la confusión, de un tiempo que soñábamos de otra manera.

De Jacques Brel queda bastante más. En primer lugar, sus discos. Y no me refiero a los que cada cual pueda tener en su discoteca, sino a los que todavía se encuentran en cualquier tienda. Un hecho nada casual en un arte aparentemente efímero como la canción, con una industria alicorta que cada temporada descataloga los discos del año anterior para dejar sitio a las nuevas modas.

Y es que Jacques Brel es, sobre todo, la demostración de que la canción es un arte que sobrevuela el tiempo y el espacio, que se instala en la historia como recordatorio de que, frente a los mitos de polivinilo mojado que periódicamente se inventan, existen los cantantes que, como corredores de larga distancia, llegan a la meta que se proponen: la obra bien hecha, inspirada y perdurable.

Queda el, retrato del puerto de Amsterdam, con sus marineros borrachos que mean en las esquinas y sus putas; la soledad de las grandes llanuras del Plat Pays; los amores irrenunciables de Ne me quitte pas; el cariño tierno de Les vieux o el desprecio sarcástico de Les bourgeois.

Tal vez al fin y al cabo el cáncer fue misericorde con él y se lo llevó para no permitirle asistir a la vergüenza de cómo Mitterrand, presunto representante de una izquierda que él admiraba, volaba por los aires el barco ecologista que pretendía impedir que la barbarie atómica contaminara el aire de sus queridas islas del Sur, en una de las cuales vivió sus últimos años y está enterrado.

"Una isla cálida como la ternura, esperanzada, como el desierto que una nube de lluvia acaricia. Ven, amor mío. Allá no existirán estos locos, que no nos dejan ver las largas playas". Cantaba en Les Marquises, la canción con que cerraba su último disco. No tuvo suerte. Los locos llegaron a las limpias playas del Sur.

Jacques Brel: el país de la ausencia, el arte de la ternura se emite hoy, jueves, a las 17.30, por TVE- 1, en El arte de vivir.

Jacques Brel.

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