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NECROLÓGICAS

Semblanza de José Vergara Doncel

Su familia, sus numerosos amigos de una amplia gama de opiniones, Alianza Editorial, a la que dirigía con iniciativa y prudencia, y EL PAÍS mismo, del que era consejero y en cuya concepción cooperó desde un principio, acaban de perder a José Vergara Doncel, a quien conocía desde hace cerca de cincuenta años. Es un irrealizable deseo comunicar en unas líneas la bondad y rectitud de su naturaleza, que he podido apreciar, con la profundidad a mi alcance, en su relación entrañable con la familia que formó y con sus raíces mismas, con su madre y hermanas, todo vivido por él con una contenida pasión que me parece uno de los rasgos distintivos de su carácter.He de ceñirme, pues, a señalar someramente lo que distingue su »actividad profesional, pública. Lo que la define, desde la adolescencia, es una clarísima vocación intelectual, que destaca de por vida en todas sus actividades y que realiza con un disciplinado estudio y con el cultivo de personas de valía con las que se ayuda a encontrar su camino. Aún muy joven, hacia 1930, liga estrecha amistad con Antonio de Lemus, que poco después le propuso para la dirección, encomendada a él, del departamento de economía del entonces llamado Instituto Serrano. En 1947 y 1948 estudia en la Universidad de Chicago, donde enseñaban investigadores tan eminentes -como Knight, Friedman y Wiener. Hasta 1960 estuvo muy interesado en teoría económica.

De hecho, él forma parte del contado número de economistas de formación rigurosa que introducen el estudio de estas disciplinas en España en los años treinta. Con Valentín Andrés Álvarez y con Miguel Paredes fundó la Biblioteca de Ciencia Económica, donde aparecen los mejores tratados de la época en traducciones impecables. El mismo fue un gran traductor del alemán y del inglés, con un escrupuloso dominio del tema y del idioma. Era un incansable perseguidor de la obra bien hecha. Todo lo contrastaba con una exhaustiva información y lo sometía a minucioso estudio. Así, durante la República, entre sus veinticinco y sus treinta años, estuvo empleado en la sección de Reforma Agraria del Ministerio de Agricultura y publicó unos excelentes trabajos sobre el tema en El Sol, que firmó y eso es característico apellido.

Hay que destacar su labor docente de economía en su cátedra de la Escuela de Ingenieros Agrónomos, primordial para él. Fue un gran profesor, con una enorme capacidad de motivar vocaciones y, por su dominio de la ciencia mundial, de orientar la formación de sus alumnos en el extranjero, lo que puede hacer desde 1960.

Su insaciable curiosidad intelectual le hizo desde los quince años un competentísimo bibliófilo que llegó a reunir muchas decenas de miles de libros. Inicialmente adquiría principalmente literatura que encuadernaba en réplicas en piel de modelos clásicos de los siglos XVIII y XIX. Poseía libros muy valiosos -en una ocasión, en que se hizo público que la Editorial McMillan encontró otro, me mostró un ejemplar del primer libro editado en América, un diccionario azteca español-. Comienza a adquirir libros de economía hacia 1932 y en sus dos estancias en Estados Unidos (1947 y 1948 y 1952-1960) amplía extraordinariamente este fondo con libros y colecciones de revistas. En 1952 se suma su adquisición de libros de arte.

Tardíamente, hacia sus 55 años, comienza su interés por la pintura. Pienso que la ocasión inicial de esta afición, a la que aplicaría la pasión y continuidad que a todo, fue servir, estando de agregado en la Embajada española en Washington, de introductor de jóvenes valores en Norteamérica.

En fin, en los últimos años de su vida ha estado absorbido en la dirección de Alianza Editorial, en la que ha amenizado una prudente gestión económica con su vocación de intelectual, que ha sido el leitmotiv de su vida. En este momento de su muerte pienso que. del mismo modo que lo contenido de la expresión de las emociones profundas era un matiz de su carácter que lo abrillanta y lo hace más entrañable, análogamente, el bagaje de seria reflexión, en cierto modo ajeno a la época y al lugar 3 del que tanto necesitamos, ha impedido que saquemos todo el fruto que incansablemente acumulaba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de marzo de 1983