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Crítica:

"El pelícano" de Strindberg, en televisión y en teatro

Televisión Española tiene previsto emitir mañana, en su espacio de teatro, la obra de Strindber El pelícano, en una versión de Francisco Abad -realizador también y con un reparto atractivo: Irene y Emilio Gutiérrez Caba, Manuel Galiana, Tina Sainz y Paloma Pagés.El día 23, en el teatro Benavente. se estrena El pelícano, versión y dirección de Joaquín Vida. Para este estreno en Madrid, para la gira por provincias de la compañía que lo representa, la coincidencia de la misma obra en Televisión puede ser catastrófica. Puede restarle un número de espectadores muy importante.

Todas las gestiones que desde la primavera pasada viene realizando Joaquín Vida para que por lo menos la versión televisada se hiciera mucho antes o mucho después no han dado resultado: la coincidencia de fechas se ha producido, y de forma que parece deseada para hacer entrar en concurrencia los dos medios: el de la televisión y el del teatro.Siempre ha parecido -y se ha dicho, y se ha mostrado como doctrina- que la utilización del teatro por parte de Televisión Española tenía un propósito generoso para el arte escénico directo: el de acostumbrar a los espectadores a la expresión teatral. Nunca se ha podido pensar que, por el contrario, se trataba de hacer un daño al teatro, como sucede en esta ocasión concreta.Es indudable que hay una moda Strindberg, en España y fuera de ella, que ha podido producir la coincidencia de la idea en un realizador de televisión y en un director de escena, y que el carácter de dominio público de la obra deja toda libertad de traducción -o adaptación- y de representación a quien lo desee y por el medio que lo desee. Pero probablemente Televisión Española tiene muchos recursos para evitar esta coincidencia sin perjudicar a un medio débil y de aventura como es el teatro, y sin perjudicar tampoco a los creadores en televisión de esta obra.

Parece. sin embargo, que en esta ocasión quiere demostrar que esta obra puede verse gratis en casa, con todas las ventajas de lo que puede ser una buena interpretación y una buena realización, y que, por tanto, es inútil salir de casa y gastarse el dinero para verla en un teatro, a menos que se tenga tanta vocación de espectador de teatro, tanta afición a lo vivo, a lo directo, que no importe ver la obra una segunda vez.

No parece que sea así como tiene que actuar la televisión con respecto al teatro. Y se puede lamentar que se produzca esta concurrencia, que perjudica al medio más débil y más arriesgado. A menos que todavía desde la dirección de Televisión se posponga el pase de El pelícano hasta que esté explotada por el teatro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de octubre de 1981