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Entrevista:

Julián Gorkin, un libertario en las filas del Partido Socialista

Julián Gorkin, español de 78 años, ex comunista, ex revolucionario profesional, es un libertario que ocupa hoy su espacio político en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). El descubridor del asesino de Trotsky; el crítico más feroz de Stalin; el dirigente del POUM durante la guerra civil; el enemigo ideológico más constante del eurocomunista Santiago Carrillo, no considera extraña la presencia de un libertario en un partido como aquel en el que la anarquía no parece ser precisamente una divisa. Informa Juan Cruz.

El señor Gorkin, que vive en París y ha pasado ahora unos días en Madrid, considera positiva la vigencia del anarquismo en España, «siempre que los anarquistas actúen contra todos los que se oponen al reconocimiento de los derechos de los individuos y a favor de las libertades humanas». Julián Gorkin, ex revolucionario profesional que viste con la misma precisión que habla, considera que dentro del PSOE, del que es militante de base desde hace ocho años, puede desarrollar esos ideales libertarios, que comparte con un amigo suyo, Diego Abad de Santillán.A lo largo de sus 61 años de lucha, cincuenta de los cuales los ha pasado en el exilio, Julián Gorkin ha llevado a rajatabla su convicción libertaria: «Jamás estuve en ningún cargo. No fui ni concejal de pueblo. Al entrar en el PSOE expliqué que nunca aceptaría puestos ejecutivos o de responsabilidad.»

En el PSOE se halla Julián Gorkin más cómodo que en las diluidas filas anarquistas, porque en aquel partido no se dan los elementos que él deplora de la actitud de sus amigos ácratas. «Una crítica que yo hago del anarquismo en España es que esa corriente niega la acción política y electoral, y yo creo que en el período histórico que vivimos debemos responder a las necesidades de una doble democracia: la democracia política, que se expresa por medio del voto popular, y la que yo llamo democracia funcional, porque se produce en función de los problemas reales que sufre la sociedad. En ese marco, lo que el ácrata debe hacer es utilizar su espíritu libertario para defender aquellos valores del hombre sin los cuales todo puede degenerar, burocratizarse convirtiendo a los políticos en politicastros. El papel del anarquista debe ser el de la aplicación de una ética absoluta, haciendo de la política y la lucha una moral de acción.»

A Julián Gorkin no le preocupan los aparatos de poder ni la maquinaria de producción. «Lo que es importante es saber a dónde va lo producido. Lo esencial es que los individuos sean solidarios para crear la base de una fraternidad auténtica, de la que parta una síntesis libertaria de los valores humanos. »

Julián Gorkin considera que es «un saldo de la historia». Por eso piensa que debe utilizar su experiencia para salvar un grave problema de la presente historia de España. «Entre mi generación y las generaciones posteriores se produjo un vacío, acrecentado por la tardía muerte de Franco. Había que llenarlo. Creo que nuestra participación política en la España de ahora puede contribuir a acortar esas distancias. »

Julián Gómez y García Ribera, el verdadero nombre de Gorkin, nació en Valencia, hijo de un carpintero y nieto de un pastor de ovejas. Antes de cumplir los veinte anos ya era lo que él llama «un revolucionario profesional», que vivía del internacionalismo comunista organizando partidos, asociaciones obreras, dirigiendo revistas y viajando de un lugar a otro de Europa. En esta capacidad fue uno de los fundadores del Partido Comunista de España, a cuyos dirigentes actuales no profesa simpatías. Su desagrado ante la figura de Stalin le aconsejó el abandono del comunismo oficial en 1929. A partir de entonces, Julián Gorkin estuvo más cerca de los anarquistas de la FAI y la CNT que de sus antiguos correligionarios. Como líder del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) hizo la guerra y huyó por igual de franquistas y comunistas cuando se vio acorralado en la cárcel del Estado, en Barcelona. Comió bellotas y castañas en enero de 1939 en el Pirineo de Lérida y se dedicó a recordar su etapa soviética.

«En mis tiempos de revolucionario profesional -dice Gorkin, como quien informa del estado del tiempo- me dediqué a contemplar a Stalin. Mirándole, en Moscú, me dio la impresión de estar ante un domador de animales. Discerniendo sobre su personalidad me di cuenta de que el dictador tenía perfil de monstruo. En efecto, preparaba la monstruosidad de liquidar a Trotski. para instaurar una tiranía personal. Lenin lo había advertido en su testamento, al que yo tuve acceso en 1925. Lenin reconocía que Stalin era "demasiado brutal y grosero" y que llevaría al Partido Comunista soviético a la escisión y a la catástrofe.» Stalin obligó a la viuda de Lenin y a Trotski a silenciar este mensaje póstumo que sólo se dio a conocer en 1956, cuando Kruschev hizo el ataque contra el culto a la personalidad protagonizado por Stalin.

Gorkin dejó de ser un revolucionario profesional hasta que Trotski fue al exilio. «Entonces comprendí que la revolución en manos de Stalin llevaba al fracaso.» Ahora analiza aquella larga profesión suya con simpatía: «El revolucionario profesional no practicaba el terror, sino que se dedicaba a la organización de grupos obreros e intelectuales. El terrorismo, por otra parte, es nihilista, no conduce a ninguna parte.» El alejamiento del comunismo fue progresivo y rapidísimo en Gorkin. Hoy considera que «para los comunistas todo se ha convertido en estrategia y táctica». ¿Cree usted que Santiago Carrillo no ha demostrado suficientemente en España que es sincero en su deseo de querer la convivencia democrática? «El pide la convivencia pacífica como la pide todo el mundo. Para mí, el comunismo y su secuela, el eurocomunismo, usan una estrategia y una táctica que les conducirá al poder. Sobre Santiago Carrillo soy más que escéptico.» Gorkin no creerá en el dirigente comunista español «hasta que no se autocritique por la carta que le envió a su padre y a Largo Caballero por no haber comprendido al genial Stalin».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de enero de 1979

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