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El Rayo-Cádiz, un compendio de desaciertos

Sobraron diez minutos y un fuera de juego para que el Cádiz lograse su objetivo: empatar el partido. Diez minutos porque cuando faltaba ese tiempo para finalizar el encuentro Uceda marcaba el único tanto que subiría al marcador. Un fuera de juego porque Urruchurtu lograba un minuto después introducir el balón en el portal de Alcázar; pero el árbitro anularía el gol, a instancias del linier por encontrarse Quetglás en posición antirreglamentaria. El Rayo, así, hacía un regate a la impenitente sombra de los negativos.Si portero, guardameta, arquero y cancerbero son sinónimos, es éste último un término de uso relativo. Pero conviene recordarlo para plasmar una idea de lo que fue el partido. El can Cerbero era un perro mitológico de tres cabezas que guardaba la puerta de los infiernos de forma muy, eficaz. Alcázar fue en Vallehermoso guardián diligente en su trabajo: evitar que los balones remitidos por Tanco, de forma especial, y Mariéno voltearan un resultado y un partido que elRayo pudo ganar con relativa facilidad, pero que necesitó ochenta minutos para resolver a su favor.El Cádiz, con cinco zagueros en línea, contuvo en la primera parte a un Rayo Vallecano medroso, tímido,* cobarde ante la aventuría del juego ofensivo. Las tres puntas ' de ataque, Alvarito, Salamanca y Potele estaban clavadas en los alrededores del área gaditana. por obra y

gracia de Rocamora, Díaz y Puíg, respectivamente. En el centro del campo, Alcalá y.Felines, éste sobremanera, eran dos espectadores de excepción. Y Fermín no lograba hacerse con el timón de aquella nave encajada entre escollos defensivos. Tendría que empujar Uceda desde atrás para que la línea de retaguardia gaditana cediese terreno . Este tiempo, no obstante, sólo puso a prueba las habilidades de Alcázar, que en el minuto cinco, detenía, no sin esfuerzo, un potente tiro de Tanco desde casi el centro del terreno de juego.

La segunda mitad del encuentro sin embargo, sería más pródiga en disparos a puerta. Salamanca y Potele -minutos cincuenta y cinco y setenta- forzarían a Bocoya a despejar a córner dos remates. Mané y Tanco -sesenta y. siete y setenta y nueve- harían lo-propio con Alcázar. Para Rayo y Cádiz ya no existía el ecuador del centro del campo. La pelota iba corí facilidad de una a otra área. Los vallecanos, no obstante, rondaban con. más insistencia los aledaños del portal de Bocoya. Mantener cinco defensas en línea era, a la postre, dar demasiadas ventajas a los locales. Privilegio éste que el Cádiz pagaría caro.

El Rayo, aún obcecado en un pobre juego, peleó con tesón para despedirse -quizás, quizás, como la canción- de un estadio que le cobijó durante tres temporadas. Desperdició balones por buscar la cabeza de Salamanca, un hombre que debía enfrentarse a dos tories como Díaz y Marfil, Erró al pretender abrirse camino por la banda de Potele, que sostenía un duelo particularmente agresivo con Puig. Y se resquebrajó en una línea de medios en que sólo Fermín mantenía el tipo. La entrada al campo de Benito y Francisco en la segunda parte tiñó el partido de color local. Pero seguía sin enderezarse el juego, sin forzarse una vía de libre acceso al marco de Bocoya. Sólo el coraje puesto en la contienda haría caer la fruta madura de los dos puntos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de mayo de 1976

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