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TENIS | OPEN DE AUSTRALIA
Columna
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La mala educación, lamentablemente, ha llegado al tenis

Ya no basta con acudir y disfrutar un espectáculo. Pareciera, de hecho, que esto es lo de menos. De lo que se trata es de vociferar, de participar y, por supuesto, de llamar la atención

Djokovic interpelaba a un aficionado en la central de Melbourne, el miércoles pasado.
Djokovic interpelaba a un aficionado en la central de Melbourne, el miércoles pasado.ELOISA LOPEZ (REUTERS)
Toni Nadal

Como suele ocurrir en los grandes torneos, nos estamos dirigiendo ya a unas últimas jornadas particularmente atractivas para el buen amante del tenis. Y no digo “buen amante” por casualidad, como explicaré un poco más adelante. Referente a la delegación española, se han acabado confirmando los poco alentadores presagios de contar con suficiente participación más allá de la inaugural primera ronda. De los 11 inscritos sólo consiguieron superar la segunda Carlos Alcaraz y Paula Badosa, y esta última cayó justo después en la tercera. Ojalá este sea solamente un coyuntural bache representativo.

Si bien el cuadro femenino, ahora hablando en términos generales, ha estado cargado de sorpresas (sólo dos de las ocho mejor preclasificadas han logrado acceder a la antepenúltima ronda), algo diametralmente opuesto ha ocurrido en el lado masculino. Habría que señalar, únicamente, la pronta eliminación del jugador danés Holger Rune, (cuya vacante ha quedado suplida por el siguiente preclasificado), con lo cual tenemos en parrilla de partidos altamente tentadores.

El único pase a semifinales definido en el momento en que estoy escribiendo estas líneas es el de Novak Djokovic, que acaba de eliminar al muy potente jugador norteamericano Taylor Fritz en cuatro mangas.

Muy pendientes estaremos, pues, de los desenlaces de los próximos cruces y, sobre todo, del de Carlos Alcaraz, que deberá vencer a Alexander Zverev. Si bien la victoria cayó del lado del tenista alemán en su última confrontación, en la pista indoor del Masters de Turín, creo que para este pase el favorito es nuestro jugador. Y lo pienso no solamente porque Carlos sea mejor en este tipo de superficies; de hecho, en una pista similar en el último US Open se deshizo del jugador germánico en tres cómodos sets, sino que este último lleva acumuladas, además, cinco horas más en pista con el consiguiente desgaste. En dos de sus encuentros ha tenido que superar a sus rivales en apretados tie breaks en el quinto set, lo que indica no solamente acumulación de cansancio, sino también que no debe estar jugando a su mejor nivel.

El murciano, por su parte, y tras unos inicios de torneo poco brillantes, ha ido recuperando forma y nivel tenístico paulatinamente para cerrar sus últimos partidos con creciente soltura y determinación.

Lamentablemente, por ser un tema desagradable que se aleja de lo que nos trae durante 15 días al Melbourne Park, ha dado que hablar el griterío molesto e insultante de una parte del público que ha estado asistiendo a los partidos en directo. Hasta tal punto de mala educación se ha llegado que hemos tenido que presenciar cómo se increpaba directamente a los jugadores que estaban en la pista. El propio Novak Djokovic se vio impelido a invitar a un irrespetuoso espectador a que bajara a la pista a enfrentarse a él.

¿Por qué se ha llegado a esta situación en un deporte que tenía como elemento característico cierta elegancia, silencio y respeto por parte de los muy civilizados espectadores?

Evidentemente, lo que pasa en el tenis no es más que otro reflejo de lo que pasa en la sociedad. Esta ansia de protagonismo, aunque sea inexplicable, chabacano y fuera de lugar, que premonitoriamente ya auguró Andy Warhol —“en el futuro, todo el mundo tendrá sus 15 minutos de fama mundial”— está dejando su patente demostración. Ya no basta con acudir y disfrutar un espectáculo. Pareciera, de hecho, que esto es lo de menos. De lo que se trata es de vociferar, de participar y, por supuesto, de llamar la atención de las cámaras presentes que trasladarán la imagen del grosero o grosera de turno por todo el mundo. Lo más lamentable, sin embargo, no es el caso particular (que lo es suficientemente grave), sino que lo que antes hubiera sido motivo de menosprecio generalizado, a día de hoy es incluso vitoreado e incentivado por una parte del resto del público.

Parece que estamos entrando en el muy desagradable y destructivo escenario en el que la mala educación ni tan siquiera está castigada por una flagrantemente extendida pésima consideración.

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