SIEMPRE ROBANDO
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

España gana 1-1

Da cuenta de la importancia de la Copa la presencia de jugadores que parecen no importar hasta que alguien repara en su nombre; jugadores como Busquets que salen al campo con Mundiales, Eurocopas y Champions en el bolsillo

Álvaro Morata salta para despejar un balón en el partido entre España y Alemania.
Álvaro Morata salta para despejar un balón en el partido entre España y Alemania.ODD ANDERSEN (AFP)

Meses después de que estallase la pandemia, y de que medio mundo se encerrase en sus casas como hamsters, Ikay Gündogan dijo que esas semanas le enseñaron “definitivamente” a apreciar lo que tiene: la familia y los amigos, “la gente más cercana a mi corazón”. Se le olvidó citar a Sergio Busquets, un catalán larguirucho y veterano, figura indiscutible del corazón pospandémico de Gündogan, por el que el alemán sacrificó lo más importante que tiene: su sentido ofensivo, su llegada al área. Da cuenta eso de la importancia en la Copa del Mundo de jugadores al final de su carrera, de físico sospechoso, de temporadas tristes en sus clubes, que parecen no importar hasta que alguien repara en su número y su nombre; jugadores como Busquets que salen al campo despacio y renqueantes con Mundiales, Eurocopas y Champions en el bolsillo, y barruntan, para que les escuchen los contrarios, viejas batallas de cuando jugaban con Xavi, Iniesta y Messi.

Esos jugadores, colocados en el centro del campo como los peones de ajedrez que pueden moverse un paso en horizontal y diagonal, y un pasito adelante y otro atrás, valen parados lo que otros muchos moviéndose: lo hacen porque los jugadores más jóvenes los admiran y los entrenadores los temen. Son tipos que han ido y han vuelto, que saben cuánto pesan los trofeos más importantes del mundo, que han jugado la prórroga de una final de la Copa y la han ganado. Esa gente, ya en su ocaso, es capaz de tener pendiente a Gündogan, en mucho mejor pico de forma y juego, jugador más entero y más peligroso, un partido entero: anularlo con su sola presencia en el campo, como se paraliza un devoto ante una reliquia. Pero una reliquia que juega.

Busquets tiene el valor de saber jugar no sólo hacia adelante, sino hacia atrás, que a veces es jugar hacia adelante dos veces; es escuela Cruyff, triángulos en los que la base, en este caso Busquets, pivotan sobre defensas y medios hasta que se abre un resquicio de luz. Se vio como nunca en el minuto 61, cuando Busquets hizo las veces de minutero en el centro del campo, mientras Gündogan, desconcertado, iba hacia él y hacia a quien le mandaba la pelota Busquets. Hasta que, con el alemán bufando de nuevo a su espalda, el catalán se la envió al desmarque de Alba. La pilló por el camino Dani Olmo en ese momento infantil en el que paras un balón (porque eres futbolista y si pasa un balón cerca no puedes evitar quedártelo); se dio cuenta de que tenía que reenviarlo al destino original, pues la camiseta 18 seguía en carrera, y su gesto tuvo algo de retención de una presa: un movimiento para que la marea sea más fuerte. Alba, ya con el balón en esprint, vio a Álvaro Morata adelantarse al contrario, que es justo lo que mejor sabe hacer Alba, ponerla en el lugar del campo en el que va a estar el delantero: ver un hueco vacío y mandarla ahí sabiendo que mañana alguien llegará, como nosotros en la vida cuando tomamos decisiones a oscuras que afectan a la gente que más queremos, la que no falla, la que al final siempre aparece.

El gol de Morata, gol de punta total en un equipo que, como Alemania, salió sin delanteros centro, reivindicó algo viejo y cálido, el 9 fuerte que se anticipa a todos como un panzer y agujerea la portería sin decir una palabra de más, sin un soliloquio, sin una conversación a media luz que atemorice al rival como en una noche de Halloween; una palabrota y ya está. Morata levantó la bandera del fútbol de siempre, esa que levantaba antes Alemania y que hoy España, tras disfrazarse primero de España sin resultado, levantó cuando quiso y provocó que el duelo, hasta entonces un duelo de falsas posiciones, se convirtiera en un partido en el que no valía tanto el penúltimo pase como el último, ni el penúltimo disparo como el último. Pero el penúltimo gol valió más que el último. Porque muchas veces importa más lo que hagas en la víspera, por eso España ganó 1-1.

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Sobre la firma

Manuel Jabois

Es de Sanxenxo (Pontevedra) y aprendió el oficio de escribir en el periodismo local gracias a Diario de Pontevedra. Ha trabajado en El Mundo y Onda Cero. Colabora a diario en la Cadena Ser. Sus dos últimos libros son las novelas Malaherba (2019) y Miss Marte (2021). En EL PAÍS firma reportajes, crónicas, entrevistas y columnas.

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