El esnobismo culé y el Mundial de Clubes
Los torneos se reinventan, porque no reinventarse es la mejor manera de morir, y eso lo saben bien un Joan Laporta y un Hansi Flick que no acostumbran a manejarse en las excusas


Es casi una tradición que, cuando un nuevo torneo nace, desde el entorno más próximo al Barça se tarde un minuto en despreciarlo y varios lustros en desearlo, club centenario y al mismo tiempo adolescente. Ocurrió en su día con la Copa de Europa, aquel invento desclasado de Santiago Bernabéu y los franceses para competir con la Copa de Ferias, el santo grial de las vitrinas azulgranas del siglo pasado. Para cuando quiso actualizarse y reaccionar, el máximo rival político y deportivo ya había ganado cinco, un error de cálculo que podría repetirse con el nuevo Mundial de Clubes auspiciado por la FIFA mientras desde Barcelona se insiste en catalogarlo como torneo de verano, competición sin sentido o, directamente, timo de la estampita.
Habrá que decir, en honor a la verdad, que no parece el sentir mayoritario de la afición ni de las personas que dirigen el club. Y comenzando por un Joan Laporta que se revolvió cual jabato cuando su entrenador de entonces, Don Xavier Hernández Creus, decidió poner en riesgo la participación del Barça tomándose a chufla aquel partido de la Liga de Campeones contra los belgas del Amberes que otorgaba la clasificación en caso de victoria. No fueron pocas las voces que se alzaron contra la apatía del técnico, algunas contestadas por el propio Xavi desde la sala de prensa: si a los periodistas no les gustaba que su equipo tirase por tierra la posibilidad de jugar el Mundial, a él no le gustaban las columnas de dichos periodistas. Empate. Y aquí paz y después gloria, pero para otros, no para el Barça.
El nuevo torneo, una versión más ambiciosa, con más equipos, más dinero en premios y mejor marketing que la última Copa Intercontinental rebautizada, ha despertado un sentimiento parecido al esnobismo entre una parte del entorno culé que siempre parece ir a remolque de sus propios tropiezos, a menudo contra las mismas piedras. Se dice que el Mundial de Clubes carece de prestigio y que algunos de los participantes no tienen el nivel exigido para que el culé pueda concederle su particular certificación de calidad. Sería cruel recordar que la mayoría tienen el mismo nivel, o superior, que el Shakhtar Donetsk. O que el anteriormente citado Royal Antwerp, también conocido como Amberes, equipos que tumbaron al Barça en aquella Liga de Campeones que empezó como oportunidad de redención y terminó casi como un sketch del Polonia.
Ocurre, además, que los clubes en liza sí se lo están tomando en serio. Muy en serio, de hecho. El PSG, campeón de campeones, se ha plantado en EE UU como una locomotora incandescente y Luis Enrique se ha ocupado, por activa y por pasiva, de avisar a navegantes de que su equipo quiere levantar esta copa como quiso todas las demás: así se construye un proyecto ganador, no desde el apetito selectivo y la complacencia. Manchester City y Real Madrid han sacado la chequera para reforzarse de cara a la cita y tampoco van de paseo, gigantes hambrientos que, cuando ven un galardón a mesa puesta, lo quieren. Y, claro, cuando lo quieren, suelen llevárselo.
El fútbol moderno se mueve a lomos del cambio: se adapta, crece. Los torneos se reinventan, porque no reinventarse es la mejor manera de morir, y eso lo saben bien un Joan Laporta y un Hansi Flick que no acostumbran a manejarse en las excusas. No serán ellos los que participen de esta corriente cuasi filosófica que, promulga, lo importante es no jugar el nuevo Mundial de Clubes para luego explicar por qué es mejor así: arrea.
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