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EL JUEGO INFINITO
Opinión

Hinchas que jugaron

Jugar es homenajear a la infancia, ser hincha es prolongar a nuestros padres, hablar de fútbol, otro modo de amarlo. Cuando el balón no bota cerca, la palabra lo sustituye

La copa del mundo es mostrada a los fans durante un entrenamiento de la selección alemana de fútbol.PATRIK STOLLARZ (AFP)

El fútbol es un producto de consumo más y el Mundial, su marca más célebre. Una cuestión de orgullo nacional dirimida en un campo de 100 por 70 con un balón de por medio. Resume y exhibe las novedades que el fútbol incorporó en los últimos cuatro años. En esta ocasión con más velocidad que nunca. Su condición de objetivo máximo y de contenido televisivo lo convierten en un lugar de encuentro de jugadores de todos los tiempos.

Convocado por Telemundo, coincidí con un buen número de internacionales de distintos países y comprobé, una vez más, lo que el fútbol tiene de lenguaje universal. Existe entre todos nosotros una complicidad que nos hace admirar las mismas cosas, reír por los mismos giros de guion y preocuparnos por los mismos “inventos” que alejan al fútbol de su esencia popular. A algunos los veía en persona por primera vez, pero esa complicidad está muy por encima de viejas rivalidades. Pertenecemos a la patria del fútbol.

Intentaré ordenar las conclusiones que fueron dejando aquellas charlas informales.

Dentro de cuatro años se cumplirán 100 del primer Mundial. Primera conclusión: es un juego demasiado viejo y callejero para ser inocente. En casi todas las anécdotas subyace el amor al juego salvaje y la admiración hacia la astucia, ese atajo que desafía al reglamento en busca de la eficacia.

La segunda está emparentada con la anterior y no habla bien de nosotros: es demasiado humano para ser ético. Ninguna anécdota inmoral escandaliza, todas provocan risa en la comunidad futbolística, como si fueran soluciones ingeniosas que ennoblecen a su autor. El fútbol moderno intenta civilizarnos a través del VAR, una trampa para cazar a estos ladinos que durante mucho tiempo lograron disfrazar de arte la picardía.

El amor al juego está en la base del futbolista y también del exfutbolista. La siguiente conclusión parece obvia: es demasiado emotivo para ser frío. Todos los comentarios parecen envueltos en una pasión que es difícil de encontrar en otro ámbito. Jugar es homenajear a la infancia, ser hincha es prolongar a nuestros padres, hablar de fútbol, otro modo de amarlo. Cuando el balón no bota cerca, la palabra lo sustituye.

En esas conversaciones también habita el asombro, porque el fútbol es demasiado juego para ser lógico. Cualquier partido sirve para demostrarlo. Por cercanía, vale la última final de la Copa del Rey, preparada hasta el agotamiento por los entrenadores y abierta con un gol a los 14 segundos tras una plaga de errores infantiles. Termina con un penalti fallado por Julián Alvarez, la gran figura del partido. Quien evita el gol y se viste de héroe es el portero suplente de la Real Sociedad que, unas horas antes, ni siquiera sabía si sería titular.

Finalmente: demasiado moderno para ser libre. Y ahí la nostalgia de todos adivina un peligro; el jugador convertido en un instrumento del método. Llegó en auxilio del juego colectivo, sí, pero al precio de apagar la iniciativa individual. El jugador empezó obedeciendo y ya reclama estas soluciones precalentadas. El sobrediagnóstico que traerá la IA agravará el problema. El fútbol, sin embargo, se defenderá con su fuerza primitiva, permitiendo que, en medio de un escenario hiperprofesionalizado, aparezca un gol de pueblo a los 14 segundos.

Así fue cómo un uruguayo, un portugués, un ecuatoriano, un mexicano, un español y un argentino, de distintas edades y con diferentes experiencias, pusieron en común sus amores y preocupaciones mientras compartían un café. Quien nos miraba desde afuera habrá pensado que hablábamos de fútbol desde una sofisticación profesional. Nada más lejos. Éramos un grupo de privilegiados que alcanzamos cierta notoriedad jugando. Hinchas que, en lugar de mirar el fútbol desde las gradas, lo vimos desde el césped.

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