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Alienación Indebida
Opinión

Rüdiger y el choque con Diego Rico

Lo único que hizo el jugador del Getafe fue poner la cara y aguantar un trastazo que, viniendo del defensa del Madrid, delata más un patrón que una imprudencia que ha sido mirada con lupa en Alemania

Antonio Rüdiger se encara con el colegiado Muñiz Ruiz tras la expulsión de Mastantuono.JUANJO MARTÍN (EFE)

Si existe un deporte con tendencia a perdonar ese es el fútbol, quizás por aquello de que cada aficionado maneja su propio código de justicia. El mismo codazo puede ser intencionado o sin querer, dependiendo de los ojos que lo juzguen, y una entrada violenta se puede quedar en un simple lance “a destiempo” porque, en el fondo, todos queremos creer que ningún futbolista se lanza al suelo con intención de hacer daño a un compañero de profesión. Se perdona el insulto cuando es en caliente y se admite la amenaza de ampliar la tangana al túnel de vestuarios porque el fútbol se rige por códigos antiquísimos, algunos grabados en piedra, donde al guerrero se le perdona casi cualquier exceso en pos de un bien mayor: la victoria.

El lunes, en el Bernabéu, volvió a ocurrir aquello que en los bares se lleva despachando desde la aparición de los televisores con un simple “si llega a ser al revés”. La infame agresión de Antonio Rüdiger sobre Diego Rico puede no serlo desde una óptica partidista, ya se sabe: la tecnología solo ha servido para aportar más ángulos a la misma sensación de siempre, que es la de observar algo evidente y escuchar al de al lado diciendo que no es para tanto. No lo fue, por ejemplo, para los comentaristas de DAZN. Ni para los encargados de preparar los rótulos con que se adereza el postpartido, que decidieron titular la acción como “el choque entre Rüdiger y Diego Rico”. Es una opción respetable que, extrapolada a cualquiera de los grandes sucesos de la historia, podría arrojar enfoques tan extravagantes como “el choque entre Lee Harvey Oswald y JFK”. O “el choque entre Gengis Khan y sus vecinos”. Maravillas de lo neutro, más allá de algún que otro detergente.

Hay algo injusto en el mérito que se le concede al futbolista del Getafe en todo esto, en ese 50% del incidente, accidente, choque, agresión... Cada cual puede elegir la palabra que más le apetezca o con la que se sienta más cómodo, menos interpelado. A fin de cuentas, lo único que hizo Diego Rico fue poner la cara y aguantar un trastazo que, viniendo de Rüdiger, delata más un patrón que una imprudencia. Así se lo reconocen desde Alemania, donde algunas voces denuncian su reincidencia en actitudes que exceden, por mucho, cualquier límite de lo que debiera parecernos tolerable. “Rüdiger simplemente no puede controlarse en situaciones críticas y por eso no debería ir al Mundial”, denunció esta misma semana Henning Feindt, editor deportivo del diario Bild.

Que sean los alemanes quienes empiecen a mirarlo con lupa tiene algo de irónico dado su extenso historial, pues aquí, en España, hemos preferido observar esas mismas escenas como quien ve la erupción de un volcán o una tormenta lejana: con cierto respeto, incluso con algo parecido a la admiración ante la belleza del desastre y la estética del rayo. No es casual que la marca deportiva que lo patrocina decidiese explotar esa vena bronca y a la vez romántica que tantas veces se ha asociado a la figura del defensa central. “Sé el problema”, proclamaba una de las campañas protagonizadas por el futbolista del Madrid. Y es que todo puede sonar a un buen anuncio de zapatillas hasta que el respeto empieza a confundirse con el miedo y la dureza con impunidad.

Es un debate que nunca termina porque el fútbol admite muchas versiones de la realidad, aunque solo exista una verdad física: uno golpea, otro recibe. Hay jugadas que no admiten relato ni perdón, solo repetición. Y quizás -aunque esto ya sería para nota- algo de vergüenza.

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