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EL JUEGO INFINITO COLUMNA i

El atropello de los grandes

La FIFA, la UEFA y la ECA (Asociación de Clubes Europeos, en sus siglas en inglés) se disputan los días para vender el producto. El producto es el partido, la pelea es por el negocio y faltan días para tanta ambición

Andrea Agnelli, en una conferencia en Bruselas.
Andrea Agnelli, en una conferencia en Bruselas. REUTERS

Aplaudiendo el despojo. La FIFA, la UEFA y la ECA (Asociación de Clubes Europeos, en sus siglas en inglés) se disputan los días para vender el producto. El producto es el partido, la pelea es por el negocio y faltan días para tanta ambición. Se está modelando un futuro en donde los clubes grandes, conscientes de su poder, lleguen a ser grandísimos. Una voracidad que no respeta ni la tradición ni la salud de los jugadores ni los intereses de los clubes medianos. Se entiende mal que, precisamente los medianos, sean funcionales a las ambiciones de los grandes y contribuyan a darle estatura moral al atropello participando en organismos que, como la ECA, no se caracterizaran por su piedad. Ya que primero perderán a sus mejores jugadores, luego los fines de semana y finalmente la relevancia deportiva y la capacidad económica, al menos no aplaudan. En cuanto a los jugadores, no hablan. Los anónimos porque no tienen voz y los consagrados porque tienen la boca llena.

Cómo perder el tiempo. Hay muchas maneras de demorar la madurez futbolística. La más dolorosa es la que se hace por elección. Hay buenos jugadores jóvenes que se estancan de un modo lamentable por apresurarse a llegar a un gran equipo. Ignoran que se evoluciona compitiendo, no entrenando. El noruego Odegaard es un caso testigo. Los representantes tienen una seria responsabilidad en el error, pero lo paga el jugador. Giovani Lo Celso supo rectificar. Dos años en el PSG, jugando poco y fuera de su posición, fue el castigo a su impaciencia. Perdió el tiempo. En el Betis se le ve como un jugador interesante que en el último cuarto hace pesar su pureza técnica de esgrimista con los pies y su claridad creativa para ver lo que los demás no ven. Jugando cuarenta partidos por año, el puente hacia un grande está asegurado.

De cómo el ejemplo le ganó al error. Jaime Mata le dedicó su vida al fútbol y el fútbol decidió recompensarlo. Tarde, pero de un modo espectacular. Con treinta años debutó en Primera División y se ganó el derecho a ser seleccionado. De la irrelevancia al éxito y, sobre todo, al reconocimiento personal que merece aquel que no se rinde nunca. Mata hizo su parte divinamente. Puso su pasión al servicio de la tenacidad y su inteligencia al servicio de la mejora continua. Decir “que el fútbol es así”, no explica el caso. El fútbol es gente que juega, gente que mira y gente que toma decisiones. Algo falló si no supimos ver antes el potencial de un jugador de selección que vagó por el fútbol pobre sin que identificáramos su talento. Habrá más casos de jugadores notables que tienen algunos defectos. Solo necesitan un entrenador que se enamore de sus virtudes. Y de la entereza granítica de Jaime Mata.

Ben Yedder. Se mueve con soltura por todo el frente de ataque, con sentido del desmarque por despliegue e inteligencia. Tiene un cuerpo fibroso, más ligero que rotundo, con un culo bajo, panza saliente y extremidades cortas. Todo en su arquitectura juega a favor del equilibrio. Esa razón, más su exquisitez técnica e instinto depredador, explican sus frenos secos, sus giros ágiles, su capacidad para sacar el tiro desde cualquier posición y a gran rapidez. Por la maniobrabilidad de su cuerpo, y sus hábitos de fútbol sala donde se inició, cuanto más pequeño es el espacio más grande es Ben Yedder. En el área su fútbol deja de ser lógico y se vuelve astuto, lleno de amagues y con la atractiva habilidad de los zurdos. Un buen rematador, pero también un jugador capaz de fabricar peligro desde la nada. Uno de esos delanteros invisibles a los que hay que saber mirar.

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