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Drazen Petrovic: El año en el que el ‘demonio’ se vistió de blanco

Al genio croata le bastaron 11 meses y 61 partidos para entrar en la leyenda del Real Madrid, al que frustró y desquició antes con la Cibona. “Iluminaba la pista cuando jugaba”, cuenta Lolo Sainz

Drazen Petrovic y Fernando Martín celebran junto a Romay la victoria en la Recopa de 1989 Ver fotogalería
Drazen Petrovic y Fernando Martín celebran junto a Romay la victoria en la Recopa de 1989

Las leyendas trascienden el tiempo y hay años que valen un mundo. A Drazen Petrovic le bastaron 11 meses y 61 partidos para dejar una huella indeleble en la historia del Real Madrid. El demonio de la Cibona se vistió de blanco el 9 de octubre de 1988 y, tras una temporada de genialidades y controversias, voló a la NBA dejando la estela de un mito tan inadaptado como incomprendido.

“Petrovic era, por encima de todo, un ganador y los ganadores son casi siempre conflictivos. Pero aportó muchísimo al baloncesto español y al Madrid a pesar de no ser muy querido. Le echo mucho de menos. Iluminaba la pista cuando jugaba”, cuenta Lolo Sainz antes de repasar la intrahistoria de aquel curso, que acabaría siendo el último de los 14 que estuvo al frente del banquillo madridista. “Surgieron problemas y costó trabajo integrarlo porque fue nuestro enemigo a batir en las Copas de Europa del 85 y el 86 y para ganar nos llevó al límite”, prosigue Lolo. “Nada más llegar le cogí por banda y le dije: ‘llegas con el doble reto de consolidarte como el mejor y de ganarte a tus compañeros, porque en este momento no te pueden ni ver. Lo hizo como un profesional”, cuenta el entrenador.

Petrovic en un partido de Liga en noviembre de 1988
Petrovic en un partido de Liga en noviembre de 1988 cordon

La primera llegada de Petrovic a Madrid fue el 27 de octubre de 1986 para firmar, en presencia de Ramón Mendoza y Raimundo Saporta, presidente y vicepresidente del club, el contrato que entraría en vigor dos años después. Semanas antes de aquel viaje, su agente, José Antonio Arízaga, y el mítico Mirko Novosel estuvieron a punto de pactar el traspaso con el Barça durante un torneo amistoso en Puerto Real, pero Aíto García Reneses enfrió el acuerdo. El Madrid aceptó la prorroga y se hizo con la estrella croata a razón de 40 millones de pesetas anuales hasta 1992. La Federación Yugoslava quería impedir que jugara en la NBA y con ello renunciara a la selección y para ello pactó un permiso especial con Drazen a pesar de que la normativa de entonces impedía a todos los menores de 27 años jugar en el extranjero.

Después de los Juegos de Seúl 88, en los que Yugoslavia fue plata, Petrovic comenzó, con 24 años, su fugaz periplo madrista. “Queríamos ver cómo era realmente como persona”, explica Fernando Romay. “Teníamos un recuerdo excelso de los anteriores yugoslavos que habían pasado por el club, como Delibasic y Dalipagic, y queríamos creer que todo lo que le habíamos sufrido con la Cibona era una pose. Quisimos integrarle, pero él tenía una hoja de ruta muy por encima de esa mentalidad. Nosotros éramos muy madridistas y él era muy suyo”, rememora el histórico pívot blanco, con 17 temporadas en el club. "Fue como un duende del baloncesto, revoltoso y enigmático. Un elemento extraño en un club que siempre se había basado en la fuerza del grupo", apunta José Luis Llorente.

En la hoja de servicios de Petrovic con el Madrid figuran 47 partidos de Liga —a una media de 28 puntos por encuentro, con 21 duelos por encima de los 30 y un tope de 43 en Badalona ante el Joventut—; tres de Copa —con 27 puntos ante el Barça en la final—; y 11 de la Recopa, en la que los blancos se alzaron con el título en una final memorable ante el Caserta italiano (117-113). Aquella noche del 14 de marzo de 1989, en el Palacio de la Paz y la Amistad de Atenas, Petrovic firmó su culmen en duelo febril con Oscar Schmidt que acabó con 62 puntos del croata por 44 del brasileño. “Ha sido el mejor partido de mi vida”, resumió Drazen en Atenas. “Hemos jugado mal en ataque y ha sido un partido técnicamente horrible”, sentenció Fernando Martín, que jugó la final con el pulgar de la mano derecha roto.

“Fue un uno contra uno y se vivió como una victoria individual no colectiva”, apunta Romay. “Cuando llegamos al vestuario se palpaba la tensión”, señala Llorente. “Fernando [Martín] estaba muy cabreado, pero Lolo dijo después que él le había pedido que se las tirara todas. Hubo roces todo el año, pero más que por los egos fue por los balones. Solo había uno y siempre se lo jugaba Petrovic”, completa el base de aquel equipo. “Yo siempre tuve la sensación de que era imposible perder con él”, contrapone Quique Villalobos. “Su concepto de ganador pasaba por sentirse superior metiendo muchos puntos. Era obsesivo. Un día falló un tiro libre en un partido en Valladolid y cuando llegamos a las tres de la madrugada quería ir al pabellón a tirar para quitarse ese peso de encima”, confiesa el alero, uno de los pocos que intimó con Petrovic. “Vivía en un apartamento en la calle Alfredo Marquerie en Herrera Oria, cerca de la antigua Ciudad Deportiva. Era tan rata que no tenía teléfono en su casa y cada vez que había algún cambio de horario en el entrenamiento del día siguiente me acercaba yo a avisarle. De esas idas y venidas nació una buena relación con él”, suma Villalobos, que detalla la dualidad del genio. “En la cancha era irritante, provocador… a tu lado le querías con locura. Enfrente, deseabas darle una hostia”, sentencia.

“Fue un año diferente porque teníamos a un jugador especial. Nos divertimos muchísimo pero también sufrimos mucho, porque todos estábamos supeditados a su personalidad”, matiza Llorente. Las consecuencias de la erosión en el vestuario blanco y la polémica actuación del árbitro Juan José Neyro en el quinto partido de la final liguera ante el Barça truncaron el final de la temporada madridista. “Fue una frustración que la Liga de Petrovic la acabara ganando el Barça. Esa decepción abocaba al Madrid a jugar otra vez la Recopa y aquello quizá pesó en la decisión de anticipar su marcha a la NBA”, retoma Villalobos. El 16 de agosto de 1989 se marchó a Portland casi de incógnito para fichar por los Blazers. “Su salida cambió la historia. Fue un punto de inflexión para el club, agudizado con la muerte de Fernando Martín cuatro meses después”, cuenta Sainz. Martín falleció en un accidente de tráfico en la M-30 madrileña el 3 de diciembre de ese año 89; Petrovic murió en una autopista alemana el 7 de junio de 1993 mientras dormía en el asiento del copiloto del coche que conducía su novia. “Fue una pena grandísima que los dos se fueran tan pronto”, cierra Lolo Sainz.

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