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El lateral

Su protagonismo se reduce a menudo a ser secundario, miembro de la Guardia de la Noche que custodia el Muro. Qué injusticia.

Filipe Luis es retirado en camilla tras su lesión en Moscú ante el Lokomotiv
Filipe Luis es retirado en camilla tras su lesión en Moscú ante el Lokomotiv REUTERS

Un lateral se asoma a la historia principal de un partido de fútbol por una grieta, con la voluntad de un relámpago, y lanza un pase, o ejerce de pared, y después desaparece de escena. A veces su pase huele a gol. Vive efímeramente, como los solitarios que solo salen a comprar el periódico, la cajetilla de tabaco, y un día, cada dos años, también a cambiar la pila del reloj, que se paró. El lateral se mueve tan pegado a la línea de banda, más allá de la cual el fútbol no existe, que en distintas fases del partido pertenece al mundo de los muertos, del que sin embargo consigue entrar y salir con libertad. En ciertos momentos podría representar el papel de Perico de los Palotes, alguien indeterminado, una persona cualquiera, desconocida, y que, según el Inventario general de insultos de Pancracio Celdrán, aunque "no se sabe quién fue, debió existir".

Calibra cuidadosamente cada movimiento, y a fuerza de escuchar sermones de sus entrenadores se hace con un estilo precavido, de manera que cuando al fin ataca, y la banda echa chispas, ya está pensando en correr hacia la defensa, donde por la puerta que deja abierta puede colarse cualquier clase de desgracia. A algunos laterales la vida los recompensa con un espíritu ligeramente suicida, que aflora en ocasiones muy especiales, cuando sumidos en tareas defensivas, atosigados por un rival que busca su portería con intensiones siniestras, de repente en un balón suelto se suman al ataque alegremente, casi inmolándose. Nadie lo diría a primera vista, pero un lateral también es alguien al que le gustan las sorpresas.

La historia no lo honra lo suficiente. Su protagonismo se reduce a menudo a ser secundario, miembro de la Guardia de la Noche que custodia el Muro. Qué injusticia. En no pocas veces los lances determinantes del fútbol, culminados por un toque de las estrellas, pasan porque irrumpa desde los extramuros un tipo rápido, no demasiado alto, que no aparece en los titulares, y que en cambio permite que la jugada tome otro curso, se envenene e impregne el aire de miedo. Su labor es desequilibrar, y que tras su último pase el escenario quede temblando, en vilo, horrorizado, como cuando golpeas sin querer al camarero que porta una bandeja con copas llenas, y que durante unos segundos, mientras se tambalean, no sabes si se caerán o se salvarán.

El secreto del fútbol estriba en llevar el peligro por donde el rival no se espera, y así trastornarlo. Cómo no va a ser importante, entonces, un lateral del que se venden pocas camisetas, que no hace goles, no tira faltas, no remata apenas. Un lateral es un temor lejano, al que se mira solo de reojo, y que a mí siempre consigue recordarme al dolor de oídos, un sufrimiento que rara vez padeces, en la periferia del cuerpo, que no te matará rápido, como sí harían un paro cardíaco, un derrame, un colapso en un órgano vital, pero que por nada del mundo quieres sufrir; antes la muerte. Por eso entiendo a los aficionados que tiemblan cuando en su equipo faltan Marcelo o Filipe Luis.

 

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