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Y si el Atlético…

El equipo de Simeone es el único que aguanta a un Barça inaguantable y se ha ganado el derecho a soñar

Saúl y Griezmann, los dos mejores ante el Sevilla, se felicitan tras el quinto gol.
Saúl y Griezmann, los dos mejores ante el Sevilla, se felicitan tras el quinto gol. GETTY

Agazapado se había mostrado hasta ahora el Atlético, al calorcillo de sus victorias por la mínima, benditos y adormecedores como eran esos 1-0 o 0-1 que la defensa más fiable que puebla el fútbol europeo, e inclúyase en ella a un portero gigantesco, convertía en un tesoro. Así transitaba el Atlético por la Liga, sin una voz más alta que otra, hasta que el domingo al equipo le dio por el despendole allá en el Sánchez Pizjuán, feudo del Sevilla, una plaza de complicada conquista. Independientemente de los errores del Sevilla, que los tuvo hasta el sonrojo, el grupo de Simeone ejecutó un partido fabuloso, en el que a su habitual solidez táctica añadió una clarividencia atacante de la que, pensaba el más común de los mortales, carecía. Fue Griezmann quien abanderó el desmadre y Diego Costa quien abrió la caja de los truenos, aprovechando un fallo grosero de Banega para inaugurar la goleada.

Y eso que Costa, como es habitual, se las tuvo tiesas no ya con la defensa (o algo así) del Sevilla sino con el árbitro. Es el delantero del Atlético y de la selección algo pendenciero y los jueces no le perdonan una, con o sin razón. Su situación contrasta con la de Luis Suárez, a cuyo lado Diego Costa es Heidi, y que suele irse de rositas incluso cuando, como ocurrió en el partido entre el Barça y el Girona, hace lo imposible para que le saquen una tarjeta. Pero estábamos con el Atlético, no con bulas ajenas. Más allá de la labor de Diego Costa, en el Pizjuán se jugó a lo que quiso Saúl, con Griezmann en el papel de francotirador. El francés ha puesto la directa y lejos quedan los tiempos en los que el Metropolitano la tomaba con él por aquello de que flirteara (y lo de flirtear se queda corto) con otros equipos o, sencillamente, porque se limitara a obedecer a su entrenador en el césped. Hasta hace unos días el (no) juego del Atlético era tan noticioso como el duelo de símbolos que parecía haberse establecido entre Simeone y Fernando Torres. La afición, incapaz de elegir entre papá y mamá, dictó combate nulo. Pero no lo es. Porque esa refriega la gana Simeone. Y no por camorrista, papel que ha adoptado en sus últimas manifestaciones sobre El Niño, sino porque él tiene el poder, todo el poder, y lo va a seguir teniendo. Por no hablar de que su hoja de servicios no tiene parangón en la historia del club.

El caso es que el Atlético es el único que aguanta a un Barça inaguantable y en esa tarea, y como una nueva muestra de que el fútbol hace extraños compañeros de cama, tiene el apoyo incondicional del madridismo, si no en pleno, casi. El próximo fin de semana acude el Atlético al Camp Nou con la idea, y contando con que antes haya superado al Leganés en el partido del miércoles, de frenar a los azulgrana, que acumulan la friolera de 32 partidos seguidos sin perder en la Liga. Y es que el Atlético, tras su fiasco en la Champions, se ha ganado el derecho a soñar. Sobre todo si, una vez recuperado el fútbol, no lo vuelve a abandonar a golpes de 1-0 que, contra el Barça, le serviría de bien poco mientras Messi no se jubile. Y se ha ganado ese derecho el Atlético porque le avala un dato insólito, del que ningún otro puede presumir: es el único equipo de Europa que en los últimos cuatro años ha sido capaz de birlar un título de los importantes a Madrid o Barcelona. Han leído bien: el único.

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